Su padre se enfermó de cáncer de páncreas en 1988. Él, médico veterinario, se sintió capaz de salvarlo y buscó “de todas las maneras posibles” una fórmula que lo curara. Ese mismo año su padre falleció, pero Edelmar Siqueira ya se había embarcado en un viaje de ida.
Entre 1988 y 1995 trabajó “de pura fe”. No dio con la fórmula “probando” sino “con la mente”. Recopiló información e hizo experimentos en animales. Cuando creyó haber encontrado la clave, inoculó tumores a vacas y caballos, y les inyectó el producto en forma de tinta. “Los resultados fueron estimulantes. Compré una filmadora para registrar los casos que aparecían y los filmaba cada 10 días. Por lo general se tardaba alrededor de 25 días en curar tumores externos y otros más tiempo”, cuenta Siqueira en una carta abierta disponible en su sitio web.
Ahí se “complicó”, advierte: la gente empezó a “ver la película” y a reclamar el tratamiento para sí. Siqueira asegura que hizo contactos con la Facultad de Química, el Ministerio de Salud Pública y la Comisión de Salud del Parlamento. Como no tuvo éxito, recurrió a la Homeopatía Francesa y llamó al producto gotas GS.
Desde entonces ha producido, entre frascos y geles, unas 80.000 unidades mensuales que ha distibuido “sin interés comercial” en locales de venta de homeopatía. De los $ 180 que cuesta cada frasco, unos $ 20 o $ 30 son de ganancia. Con el dinero recaudado ha colaborado contratando una médica para algunos pueblos del interior. Nunca hizo publicidad. Las gotas se hicieron conocidas por el boca a boca. Asegura que su motivación en estos 25 años ha sido “que el jubilado pueda salvarse, sobre todo de cáncer de mama y próstata, que son los más frecuentes”.
Siqueira tiene hoy 70 años. Vive entre Lavalleja, Rocha y Treinta y Tres, donde tiene estancias de miles de hectáreas. A El Observador dice que no revelará con qué materia prima produce las gotas “Pregúntele a Coca Cola su fórmula”, ironiza. A algún conocido le ha permitido saber que la clave de las GS está en la tierra de sus campos.
Ahora que las gotas están prohibidas, él entiende que el gobierno lo está “trancando” por “intereses que se sabrán”. Y aunque tiene esperanzas de volver a vender, también sufre en silencio porque ninguno de sus cuatro hijos planea continuar su camino. Simplemente lo ha aceptado: “Cuando me muera, esto morirá conmigo”.