Si las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre se realizan con transparencia, Venezuela tiene la oportunidad de empezar a librarse de la doble maldición de absolutismo e ineficiencia que la castiga desde hace 16 años, impuesta primero por Hugo Chávez y luego por su sucesor, Nicolás Maduro
Si las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre se realizan con transparencia, Venezuela tiene la oportunidad de empezar a librarse de la doble maldición de absolutismo e ineficiencia que la castiga desde hace 16 años, impuesta primero por Hugo Chávez y luego por su sucesor, Nicolás Maduro. Cuando el actual presidente fue electo hace dos años, con exiguo margen de votos sobre el candidato opositor Henrique Capriles, menudearon denuncias de fraude oficialista. Si así ocurrió, un régimen que ha destrozado la estructura institucional del país puede intentarlo de nuevo para contrarrestar el favoritismo que tiene la oposición.
Una encuesta de Datanálisis concluyó que el chavismo perdería su mayoría en el Parlamento unicameral, por primera vez desde su acceso al poder en 1999. Le asignó a la oposición una intención de voto del 45,8% contra un magro 25% del oficialismo. La explicación está en las opresivas condiciones de vida que enfrentan los venezolanos, con una inflación del orden del 70% y una pavorosa escasez de alimentos y otros elementos esenciales de consumo. Se le agregan, como descréditos adicionales, la mayor inseguridad pública de América Latina, una generalizada corrupción y la represión de derechos humanos y libertades civiles en todos los órdenes.
La ejemplifica el encarcelamiento arbitrario de tres de los principales líderes opositores, entre otros muchos dirigentes que el gobierno sostiene que no son presos políticos sino, eufemísticamente, “políticos presos”. El más prominente, Leopoldo López, levantó 30 días de huelga de hambre, durante la que perdió 15 kilos, después que el gobierno, a regañadientes y bajo creciente presión internacional, fijó la fecha de los comicios legislativos. Además de López, están encarcelados los populares exalcaldes Antonio Ledezma y Daniel Ceballos. El exjefe del gobierno español Felipe González y varios expresidentes de países latinoamericanos intentaron vanamente en Caracas reunirse con los dirigentes presos. Y una delegación de senadores brasileños, que había viajado a esa ciudad con igual propósito, no pudo siquiera salir del aeropuerto al ser bloqueados por manifestantes oficialistas, que los sometieron a pedreas e insultos.
Para empezar a terminar con la ignominia de autoritarismo y pobreza en que el chavismo ha sumido a una nación con enormes riquezas petroleras, es necesario que la oposición deponga sus diferencias. Votó en bloque bajo la candidatura de Capriles, pero actualmente la dividen dos tendencias. Mientras Capriles insiste en la vía electoral para desalojar a Maduro cuando complete su período, quienes responden a López y otros dirigentes de primera línea exigen que el presidente abandone antes el cargo.
Si impera el sentido común, lo que sería deseable, los partidos opositores volverán a estrechar filas en la Mesa de Unidad Democrática (MUD) para tomar el control de la Asamblea Nacional, primer paso para frenar los desmanes de Maduro, y derrotarlo más adelante en una elección presidencial. El asediado mandatario tratará de evitarlo como sea, pero le será difícil remontar el derrumbe de la popularidad que una vez tuvo el chavismo. Por otra parte, para asegurar un proceso ordenado y evitar convulsiones internas y probables manotazos de Maduro y su entorno, será fundamental una estricta supervisión de las elecciones legislativas por intachables veedores internacionales.