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Paul Thomas Anderson: un repaso por las películas que lo convirtieron en un genio del siglo XXI

El cineasta californiano cumplió 50 años y es la excusa ideal para repasar sus ocho trabajos y las razones por las que se convirtió en uno de los grandes directores de las últimas décadas

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04 de julio de 2020 a las 05:01

Hay quienes son categóricos. Lo llaman el hombre de la filmografía perfecta. O el mejor director estadounidense vivo y en ejercicio. Él se lo toma con calma. Piensa sus películas con paciencia. Sabe que el detalle no marida con el apuro, que la envergadura de sus historias no sería tal si se hubiese dejado llevar por el frenesí de una industria que lo rodea desde el comienzo. Es posible que sus seguidores más acérrimos, aquellos que lo llaman por sus iniciales y que se deleitan con cada uno de los planos que componen su historial cinematográfico, desearían tener más de sus obras en la estantería, más pruebas de que esa genialidad no es episódica, sino total. Pero por ahora la muestra es de ocho. Ocho películas inclasificables, que merecen múltiples revisiones, que coronan a Paul Thomas Anderson como uno de los grandes maestros del cine contemporáneo.

Hace algunos días cumplió 50 años. El medio siglo lo encuentra preparando una película que lo llevará a sus raíces, una película que si el coronavirus quiere veremos en 2021. Cuando decimos sus raíces, estamos hablando del Valle de San Fernando, una localidad de Los Ángeles que en la pantalla estará anclada en la década de 1970, y que no es otro que el escenario que lo vio nacer, crecer y fermentar las pasiones artísticas que, desde niño, se desataron en su interior. Porque, hay que aclararlo, el pequeño Paul Thomas maduró entre dos tensiones bien claras que le dejaron hondas huellas: por un lado, Hollywood estaba muy cerca y los gases renovadores de la época se olían desde lejos; por el otro, el propio valle se había convertido con el tiempo en el refugio de un estilo cinematográfico que calaría hondo en él y que terminaría intrínsecamente relacionado con sus comienzos en el cine: el porno.

Así, el día que PTA consiguió una cámara de video y empezó a rodar, lo primero que se le ocurrió fue pensar en eso. En los recreos de uno de sus últimos años de liceo filmó The Dirk Diggler Story, un corto sobre un joven actor que aspira a ingresar en la emocionante industria pornográfica. La puerta grande del cine, sin embargo, la tocó con Cigarettes and Coffee, otro corto que lo metió en la programación del festival de Sundance del año 1992 y lo terminó dejando en la línea de largada de su primer largometraje: Sydney, juego y prostitución (Hard Eight, 1996).

Por esa época, Hollywood se estaba reinventando otra vez. La era del blockbuster, apuntalada por Spielberg y compañía en los 80, le dio paso a una generación de hijos del VHS que prefirió bajar la pelota y apuntar a otro tipo de historias, unidas, básicamente, por el bajo presupuesto y una melancolía posmoderna, callejera y de videoclub. Es así como la década de 1990 está marcada por los debuts de Quentin Tarantino, Kevin Smith, David Fincher, Richard Linklater y varios más. Obviamente, entre ellos también estaba Anderson. 

Después de Sidney, la carrera de PTA se eyectó. Primero llegó Juegos de placer (Boogie Nights, 1997), en la que volvió a jugar con Dirk Diggler, la industria del porno y su Valle de San Fernando. Mark Whalberg y Julianne Moore aprovecharon para hacer despegar sus nombres; Burt Reynolds regresó del ostracismo y terminó nominado a un Oscar. Pero el director solo necesitó dos años para pasar de la complejidad de las pornográficas noches de California a los entramados sociológicos de Magnolia, una obra gigantesca que todavía sorprende por su dimensión y que mostraba, ya en 1999, que Anderson apuntaba alto. Magnolia es la cohesión total entre sus historias, el pulso milimétrico de su guion, un trabajo que se asemeja a un rompecabezas en el que nada sobra, ni siquiera la extraña lluvia de ranas del final. El director ha dicho varias veces que Short Cuts, de Robert Altman y basada en cuentos de Raymond Carver, fue una de sus inspiraciones más inmediatas y poderosas para hacerla. Incluso, en un momento pensó en enfocarla como una remake. No sucedió.

Una de las cualidades más reconocibles de Anderson es su capacidad para exprimir a sus elencos hasta sacarles un jugo que ni siquiera ellos sabían que tenían. Wahlberg no es ningún prodigio de la interpretación y, sin embargo, en Juegos de placer está fantástico. Lo mismo pasa con Tom Cruise, a quien Anderson transforma en Magnolia y con pocos minutos en pantalla le arranca una de sus mejores actuaciones. Quizá el paradigma esté en su apoteosis con Adam Sandler, un rostro asociado a la comedia más burda y escatológica, que a muchos les hace rechinar los dientes y que tiene en Embriagado de amor (Punch-drunk love, 2002), una de las mejores interpretaciones del amanecer del tercer milenio. 

Después de esa extraña aproximación al drama romántico con Sandler, PTA se tomó un descanso. Repensó su cine. Se alejó de sus influencias anteriores y se puso a leer a Upton Sinclair. Se acercó al actor Daniel Day-Lewis. Abrazó el cine de época. Abrazó a la Norteamérica de los antepasados. Y, de la galera, sacó la que por muchos es considerada la mejor película del siglo XXI: Petróleo sangriento (There will be blood, 2007). Con ella, apuntó su consagración.

¿Cómo seguir después de algo así? Es difícil, porque Petróleo sangriento parecía un pico inapelable. La avaricia desatada del Daniel Plainview de Day-Lewis, sus choques épicos con un Paul Dano de sotana, los terrenos yermos, áridos guardianes del oro negro que todo lo corrompe, el descampado suelo y sueño americano que cae por su propio peso; la película contiene múltiples ideas en bruto, y hace gala de una exuberancia cinematográfica que demanda varias revisiones. Es uno de los grandes monolitos cinematográficos de nuestra época y no es raro, entonces, que Anderson fuera llamado “maestro” después de su estreno. Apenas tenía 37 años.

¿Qué sigue después de Petróleo sangriento, entonces? ¿La caída? ¿Un pozo creativo impulsado por el poder solar de la película anterior? No, lo que siguió, por suerte para él y para nosotros, es la confirmación. Siguió The Master (2012), una exploración de los recovecos de la cienciología de la mano de un raquítico Joaquín Phoenix y del enorme y malogrado Philip Seymour Hoffman. Aplacada, hondísima, por momentos siniestra, The Master juega con la capacidad que tiene el ser humano para someter y controlar a otros, con las fronteras de la influencia del personaje de Lancaster Dodd, con la figura del padre ausente y su sustituto. Es otro hito de PTA, otra muestra de calidad de Phoenix, una despedida por todo lo alto de Seymour Hoffman.

Pero después, sí, un pequeño pozo. PTA decidió adaptar la extraña literatura de Thoman Pynchon al cine y Vicio propio (Inherent vice, 2014) fue el resultado. De nuevo con Phoenix, de nuevo en San Fernando y tomando los atajos del género negro, el director entregó la que para muchos es su película menos lograda. Que, en su propio canon, quiere decir mucho.

La recuperación fue instantánea. PTA convocó a su viejo amigo Daniel Day-Lewis, y juntos le dieron las puntadas a un top 3 de su carrera: El hilo fantasma (Phantom thread, 2017). La película vuelve a presentar uno de los trabajos más finos de Day-Lewis –de paso, el actor se despidió del cine con ella–, al tiempo que muestra la obsesión de Anderson por los detalles en estado de gracia. La historia de un diseñador de modas en extremo puntilloso y con una relación tortuosa con su obra y su esposa es casi un reflejo del vínculo que tiene el cineasta con su arte. El hilo fantasma es, cuando se estrenó y tres años después, sublime.

En estas ocho historias, todas tan diferentes como vinculadas, PTA ha depositado sus intereses, sus manías y ha pautado una modalidad de hacer cine que resulta, además de espectacular, muy certera: con sus obras, él da en el clavo que quiere, cuando quiere y como quiere. Incluso lo ha hecho en proyectos paralelos, como Anima, el cortometraje que filmó junto a Thom Yorke de Radiohead para Netflix, o los videos musicales para la banda Haim.

Así, su legajo evidencia una capacidad increíble para amalgamar la excelencia técnica y estética –el uso que hace de los planos secuencia o de las tonalidades de los colores es prodigioso–, con un entramado narrativo enorme, lleno de ideas, que muta permanentemente, que funciona como un río caudaloso lleno de desembocaduras y afluentes. Pero, aun con todo eso, sigue siendo muy difícil definirlo, encasillarlo, y allí también radica su fuerza. PTA ha demostrado ser una caja de sorpresas que no se atiene a géneros, pero que mantiene siempre la vara en alto. Y es por eso que, con su trabajo y sus logros a la vista, las categorizaciones del principio de la nota ya no suenan tan alocadas. No lo hacen porque Paul Thomas Anderson es de verdad un genio. Un maestro contemporáneo. La muestra de que las generaciones pasan y, de alguna forma, siempre aparece alguien para recordarnos que el cine es grande, muy grande, gigantesco. 

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