Te lo vas a acordar toda tu vida. Vas a saber exactamente donde estabas en ese momento, y cual fue tu reacción a cada instante. Cuando seas viejo, y putees a las nuevas generaciones juveniles que visten la aurinegra, jurando que antes se jugaba mejor, le vas a contar a tus nietos cada una de las instancias de un partido que para ellos parecerá mitológico, como esas exageraciones de veterano que gusta de agregarle color a la historia.
Pero claro que no iba a ser tranquila. No hubiese sido digno de la historia de Peñarol en la Libertadores. Por eso había que errar goles claros. Por eso había que sentir, como con Santos o Estudiantes en la década del 60 o contra Independiente en el 87, que el juez empezaba a pechar con ellos. Entonces llegó el asedio del final del primer tiempo, y el gol de Vélez que dejaba todo casi como al principio.
Le vas a decir a tus nietos que en el segundo tiempo ellos vinieron, levantaron centros, jugaron por abajo, jugaron por arriba. Buscaron de todas las maneras posibles, pero Darío parecía siempre para cerrar antes, Guillermo anticipaba siempre, Valdez ganaba y la reventaba para cualquier lado.
Claro, todavía faltaba material para el libro de historia. Entonces Silva, ese muchacho querendón y de clase, metió el segundo. Ellos se agrandaron. El Estadio se venía abajo. Eran más locales que nunca. Y el tercero parecía una cuestión inexorable, dirás.
Y de tan inexorable llegó el penal. El silencio. Las plegarias, las promesas. La sensación de que el sueño se acababa. Quizás le digas a tu nieto que tenías la convicción de que la pelota no iba a entrar. Que Sosa, a pesar de no haber atajado nunca un penal, iba a volar de palo a palo para sacarla, como si hubiese sido Mazurca, Máspoli o Eduardo Pereira. Y que le erraste, porque el tiro del Tanque se fue por arriba del travesaño, cuando justo Silva se resbaló. Sí, se resbaló. Sé que tu nieto no te va a creer. Y vos le vas a decir que no se resbaló ni por el paso, ni por los zapatos. Se resbaló por la camiseta de Peñarol.
Después sí, hubo que sufrir más hasta el final. Sentiste que el cuore no te daba, que no lo ibas a soportar. Pero, seguro, le vas a decir a tu nieto que en el fondo tenías la convicción de que ya estaba. Que la historia había hablado. Y que cuando aparece la camiseta de Peñarol en un grado tal, ya nada podía pasar. Hasta era lógico: iba a aparecer una pierna, una cabeza, un cierre, hasta un error de Vélez. Lo marcaba la historia. Ese que dice que, ahora, hay que ir por la Sexta.
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