21 de mayo de 2022 5:01 hs

Peñarol quedó eliminado de la Copa Libertadores. Qué novedad, ¿no? Así pasó las últimas nueve ediciones. Nacional pende de un hilo, aunque aún puede clasificar.

Este año no tuvieron rivales especialmente complicados en la fase de grupos: no están los grandes de Brasil o Argentina. Pero sí hay rivales que, a fin de cuentas, son superiores, como vienen demostrando los resultados en la cancha. Lo mismo le pasó a River, último en un grupo con Melgar y Cuiabá, o Wanderers, pese a que ayer venció a Lanús de visitante en la hora, y a todos los que quedaron fuera en la fase de grupos de ambas copas.

Las explicaciones esgrimidas son muchas. Algunos hablan del fútbol que se practica en Uruguay, de la competencia interna, del planteo de los entrenadores. Pero jugadores y entrenadores luego salen al exterior y se destacan, muchas veces en los rivales de los equipos uruguayos.

No hace falta ser un genio del fútbol para concluir que, con los actuales planteles de Peñarol y Nacional, llegar a las últimas instancias de los torneos internacionales sería un milagro. En el caso de los aurinegros habían armado un gran equipo el año pasado, cuando llegaron a semifinales de la Sudamericana y fueron campeones uruguayos. Pero se desmembró, entre malas decisiones estratégicas de los dirigentes (jugadores que se fueron sin que estuviera previsto, otros que se quedaron, no rindieron y bajaron su valor, incorporaciones de menor nivel que no funcionaron, hasta un futbolista preso por tráfico de armas), pero también la intención de bajar presupuesto y que los números no descarrilaran. 

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A Nacional le pasó a fines de 2020, cuando bajó drásticamente el presupuesto de su plantel, al sacarse de encima varios sueldos altos. No es exactamente la misma situación que los aurinegros, porque los tricolores han tenido actuaciones más dignas en la copa, pero el balance igual es más que insuficiente.

A los dos los guió un principio bastante mediocre: el mejor plantel que armaron en los últimos años fue cuando necesitaban cortarle el tricampeonato local a su rival. Luego, sacaron el pie del acelerador porque las cuentas no cerraban.

Nacional y Peñarol parecen encaminados en un proceso de ordenar sus números, algo saludable e imprescindible en países pobres, salvo los clubes que tienen algún mecenas con billetera inagotable (hasta que se cansa y se va). Es difícil ser ordenado con los números en el fútbol. Los hinchas exigen, no le interesan los presupuestos, y quieren triunfos ya, sin que le expliquen cómo se juntaron los fondos. Los dirigentes sienten la obligación de conseguir resultados y estiran las billeteras como no lo harían en sus negocios particulares. 

Pero eso no es una excusa para los clubes uruguayos: los grandes del mundo se endeudan, sus dirigentes caen en desgracia, algunos cambian de dueños, entran en fases de reorganización, pasan alguna temporada con malos resultados. Pero al final se rearman y vuelven a competir, hasta que se agote el siguiente ciclo.

Sí, el fútbol uruguayo nunca podría manejar los recursos que se mueven en España, Inglaterra, Italia, o incluso Brasil o Argentina. Pero aún así está por encima de muchos otros mercados. De hecho es el segundo país que más jugadores exporta por cápita, solo superado por Croacia, y el 11° que más futbolistas tiene jugando en el exterior. Históricamente se han vendido por precios bajos, pero en la medida en que los clubes dejaron de negociar porcentajes de jugadores a precios irrisorios cuando aún son juveniles, y negocian club a club, los montos obtenidos son mucho mayores. Seguramente el promedio salarial no compite con los grandes de Brasil o Argentina, pero sí con los de Perú, Paraguay o, en algunos casos, con Chile.

Uruguay es el país con menor población de América, y por ende, el que menos abonados de cable tiene, lo que se traduce en números más pequeños para negociar acuerdos de TV, la principal fuente de financiación de los clubes hoy en el mundo. Pero también es cierto que en la Libertadores todos cobran lo mismo, que en el fútbol local los derechos de TV se han malvendido durante mucho tiempo, que la venta de derechos al exterior hoy genera cero ingreso a los clubes (sí a la empresa que los comercializa), y que en general hay margen para mejorar mucho el porcentaje que se llevan los clubes. Esa es la gran batalla de fondo de la política del fútbol, con los cañones apuntados a 2025, cuando vence el actual contrato con Tenfield.

En definitiva, se trata de números. Clubes pobres, que se administran mal, que suelen correr detrás del humor de los hinchas o de los tags de las redes sociales, que negocian sus ingresos corridos por la necesidad, en lugar de la estrategia.

Así y todo, hay una ventana de oportunidad latente. Si ese intento de ordenar los números prospera, si los dirigentes no ceden a la tentación de firmar dos o tres incorporaciones caras cada semestre, si no son presas de las urnas o de las redes sociales, si se amoldan a una estrategia de gastar fuerte y ordenadamente durante un tiempo y medirse en otros años, hay chance de volver, al menos, a competir.

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