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Piñas, mate y compromiso, la historia de Howard Wilkerson

Llegó a Uruguay en 2008 y vivió una descomunal batalla en un Aguada-Goes, se enamoró de la cultura rioplatense y montó en su ciudad un club para niños

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20 de septiembre de 2020 a las 05:02

Corría el año 2008 cuando el teléfono de Howard Wilkerson sonó en Arizona. Tras jugar en Francia, donde le detectaron hipertensión arterial, y en Alemania, donde se rompió los ligamentos de la rodilla, el básquetbol le dio una nueva oportunidad: Uruguay.   

“No tenía idea que había un país llamado así. Solo me dijeron que era en Sudamérica. No lo busqué ni en Google. Solo quería volver a jugar después de una recuperación tan larga”, cuenta a Referí en la casita que la dirigencia del básquetbol de Danubio le consiguió para traerlo como refuerzo para El Metro 2020. 

Doce años después, Wilkerson se convirtió en uno de los estadounidenses más uruguayos. Come asado, toma mate y cada vez que quiere graficar sus ideas acude a frases rioplatenses típicas.

“Empecé a tomar mate con un paraguayo en Argentina. Al principio no me gustaba, pero ahora me encanta. Eso sí, siempre con yerba uruguaya, la argentina se lava enseguida”, confiesa.

“La forma en que me recibió la gente de Goes me enamoró de Uruguay. La hinchada estaba loca. Cada partido perdido tenía un 90% de chances de terminar en pelea”, dice con una carcajada.

La charla deriva inmediatamente a lo que vivió en la final del Metropolitano de 2008 contra Aguada. Su equipo perdía por uno y le dieron la última bola con menos de dos segundos por jugar. Giró y metió un tremendo triple. Pero por una fracción de segundo fuera de tiempo. Aguada ganó y una infernal batahola se desató entre jugadores, técnicos, hinchas y la Policía. “Fue un quilombo”, dice a las risas en español. 

Cuando se le pregunta si alguna vez había estado en una escena así de dantesca gritó: “¡Pero ni cerca! Aquello fue una locura. Me tomé un tiempo de más para lanzar el tiro. Salí corriendo porque pensé que habíamos ganado, crucé la cancha y ahí me di cuenta que no lo convalidaron. El lío empezó en el otro lado. Piñas, policías a los bastonazos, sillas que volaban, humo. ‘Ni te metas’, me dijeron”.

Recientemente, en El Metro, en el partido entre Danubio y Cordón le tocó vivir un episodio insólito: un lío en partido disputado a puertas cerradas. Wilkerson se encoge de hombros para explicarlo: “Solo en Uruguay”. Y vuelve a soltar otra estridente carcajada. 

Pero algo tendrá este pintoresco destino. Después de jugar en Goes su agente lo llevó a Israel. Al tiempo Wilkerson no quiso saber nada: “Quiero jugar en Sudamérica”.

Desde entonces forjó su carrera entre Argentina y Uruguay donde ha jugado la Liga Uruguaya (Sayago y Tabaré), Metro (Yale, Capitol, Urunday Universitario, Unión Atlética y Danubio) y en el interior (Pacaembú de Mercedes y Touring de Salto).

Wilkerson tiene 37 años. Nació en Eden, un pueblito de 12 mil habitantes ubicado en el estado de Carolina del Norte.

“Es un lugar donde no hay nada para hacer. Una escuela, un liceo y más nada. Por eso ahora está infestado de drogas en las calles”.

“Vivía en una casita como esta, un poco más grande. Éramos mis padres y tres hermanas mayores. Mi madre era ayudante escolar y mi padre trabajaba de limpiador en una escuela. El deporte, para mí, fue la posibilidad de acceder a una beca de estudio”, recuerda.

Wilkerson jugaba al fútbol americano y al básquetbol, pero se decantó por esa segunda posibilidad. “El fútbol americano es duro y se juega al aire libre. A veces hace mucho frío y otras hace tanto calor y vos estás adentro de un equipamiento sofocante”.

A nivel liceal llegó a ser seleccionado para jugar la liga AAU donde llegó a compartir equipo con Chris Paul, J.J. Redick y Carmelo Anthony. “Jugué contra Amare Stoudemire y LeBron James que era dos años menor y ya era un fenómeno. Pero le ganamos”, dice y vuelve a reír. 

La Universidad de Wafford le ofreció una beca. “El año costaba US$ 45 mil, sin contar libros ni comida ni nada más. Sin el básquetbol no hubiera tenido esa posibilidad”.

Obtuvo dos títulos: uno en Negocios Económicos y el otro en Ciencias de Computación. Cuando se le pregunta si piensa trabajar en esas áreas cuando termine su carrera, entrecierra los ojos y le sale el uruguayo que lleva dentro: “¡No! Siempre digo que tengo dos títulos al pedo”.

Lo que ya montó es un club deportivo en Edén donde va a darle clases de básquetbol a los niños: “Es una manera de darles una oportunidad, de que tengan la posibilidad de acercarse al valor del deporte”. Carismático, pero también comprometido.  

 

 

EL RACISMO Y EL ROL DE TRUMP

“El racismo nunca se termina de ir de Estados Unidos. A veces se esconde, pero siempre está. Con el presidente que tenemos está más vivo que nunca”, dice sobre Donald Trump. Cuando aborda el problema que atraviesa su país su rictus cambia y se pone serio. “El presidente les da la oportunidad a ciertas personas de manifestarse abiertamente como racistas con el ejemplo que da. Pero ahora tenemos celulares y la gente puede ver lo que pasa. Cada video que vemos con incidentes racistas tal vez sean cientos de casos que no vemos o que no hemos visto en el pasado. Tengo amigos blancos que ahora lo ven y piensan que es terrible pero antes no creían que estas cosas pasaban”, agrega. “El racismo está en todos lados, incluso en Uruguay. Está en las canchas con los insultos de los hinchas pero también en las calles donde se puede palpar con ciertos actos. En Uruguay lo veo a un bajo nivel comparado con lo que pasa en otros países, no lo he sentido directamente pero siento que el problema igual está. Necesitamos educar a las personas para combatir el racismo y eso empieza por casa”. 

 

 

LAS CIFRAS

17,4 puntos promedió en sus primeros ocho partidos de un joven equipo de Danubio: “Queremos llegar a los playoffs y ser un equipo difícil”.  

10 equipos defendió en Uruguay: Goes, Sayago, Yale, Urunday Universitario, Capitol, Tabaré, Pacaembú, Touring, Unión Atlética y ahora Danubio. 

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