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4 de diciembre 2021 - 5:03hs

Vivimos en un mundo en el que la crispación es la regla, la discusión es hábito y los diálogos constructivos son una rareza”, escribe Julián Kanarek en su nuevo libro Trascender el reactivo. Concentración discursiva, indignación y respuesta en la democracia contemporánea. Su ensayo toca varios puntos que intentan explicar esta polarización que por un lado preocupa, pero que al mismo tiempo a veces inmoviliza, “en un momento social en que el diálogo no tiene rédito electoral, la sensatez tiene poco marketing y la moderación, pocos defensores”.

En todo este mar de enfrentamientos, en este griterío que se transforma en barullo en el que nada se escucha o nada se retiene, ¿qué papel juegan las redes sociales?, o, más bien, ¿qué papel jugamos los ciudadanos que usamos estas plataformas? Tal vez podamos ponernos de acuerdo en algo (tal vez...): las redes sociales fueron y son herramientas de gran valor a la hora de exponer ideas y hechos y debatirlos positivamente. Así lo fueron sobre todo en sus inicios, y hasta hace menos de una década. Antes aprendíamos de Twitter (hablo por mí) porque allí encontrábamos el último libro de fulano, la investigación de mengano, el punto de vista interesante de sultano. Y hasta teníamos tiempo para darle clic al link y leer efectivamente lo que habían escrito, lo que te permitía un ratito de reflexión y, tal vez, un debate más o menos ríspido pero casi siempre enriquecedor.

Esas eran las redes sociales de la inocencia, como las llamo yo, que personalmente disfrutaba y agradecía por la cantidad de ventanas al mundo que me abrían desde este pequeño país. Eran las herederas del internet de la inocencia, el que había sido concebido en los 70 y en los 80 para conectar al mundo, compartir conocimiento e intercambiar lo mejor de la raza humana. Pero la inocencia casi siempre llega a su fin. Ahora las redes sociales son algoritmos sofisticados y bien tramposos, que nos encierran aún más que antes en burbujas empobrecedoras en las que nos relacionamos casi siempre con los que piensan igual que nosotros y nos enfrentamos violentamente con los que piensan diferente, incluso si sus ideas no suponen ningún riesgo o violación de ningún derecho. 

Lo anterior tiene muchas explicaciones, pero tal vez las más sencilla –y evidente– es la que se relaciona con el dinero, la rentabilidad y la búsqueda de más recursos. Los algoritmos son sistemas de inteligencia artificial que aprenden de nosotros, de nuestros gustos y disgustos, de lo que nos entusiasma y nos da miedo y de aquello en lo que no estamos dispuestos a transar. 

Aprenden de nuestros Me gusta, “entienden” con creciente sofisticación las palabras que usamos, las expresiones que repetimos, registran los perfiles que miramos (aunque nunca le hayamos dado Me gusta) y hasta lo que hablamos en casa o con amigos, que algunos cautos jamás nos atreveríamos a expresar en redes. “Las redes sociales están diseñadas algorítmicamente para retenernos la mayor cantidad de tiempo posible y para ello han encontrado en la polémica, el debate y la crispación una dinámica funcional a su negocio”, escribe Kanarek y así expone parte de la razón que azuza la polarización en redes.

La semana pasada conversé con la investigadora y docente argentina Natalia Aruguete sobre este tema; ella considera que la polarización es real y problemática, pero que no puede explicarse solamente por las redes. Tiendo a coincidir y por eso me parece interesante el planteo que hizo el también investigador y docente uruguayo Juan Bogliacini (Departamento de Ciencias Sociales de UCU), sobre el manejo que cada uno de nosotros hace, o no hace o debería hacer, de las redes sociales. Solo podemos ser limitados por los algoritmos si permitimos que nos envuelvan en sus burbujas, de las que –convengamos– es difícil escapar. Una burbuja siempre da una falsa sensación de confort y seguridad, pero casi siempre explota y cuando lo hace quedamos a la intemperie. 

“Todo el mundo puede comunicarse en redes, pero muy pocos pueden ser oídos”, dijo en el encuentro “Redes sociales ¿La grieta en Uruguay?”, organizado por La Máquina de Aprender. Bogliaccini es uno de los autores del libro Twittarquía. La política de las redes en Uruguay, publicado en 2019. Las redes nos dan plataformas para expresarnos, pero no siempre esa expresión llega a algún destino. Algunas de las expresiones que sí tienen alcance, que incluso pueden ganarle la partida al algoritmo por un rato, y llegar hasta tu Twitter o Facebook o Whatsapp, son las más polarizadas, lo cual es un reflejo ya no de lo que pasa en redes sino en la vida real, en la política real y en la ciudadanía real.

En este estado de cosas, las elites políticas pero también los ciudadanos que las elegimos, tendemos a estar más polarizados, explican los expertos, en lo que denominan “polarización afectiva”, un fenómeno por el cual se deja de lado el debate de ideas para discutir a los gritos sobre características personales en clave negativa, pura denostación. A lo anterior también colaboran los discursos de odio en redes que provienen de los propios políticos.

Ante todo lo anterior, ¿es posible imaginar algoritmos filtrados por nosotros mismos, impulsados ya no solo por las ideas que nos resuenan como coherentes –diferentes para cada persona– o los debates escandalosos que se convierten en tendencia? Con este nivel de desarrollo de la inteligencia artificial resulta –de nuevo– inocente pensar que podemos escapar del algoritmo o retorcerlo a piacere, pero creo que hay lugar para un uso y consumo de redes un poco más personal y al mismo tiempo abierto a expresiones que no condicen con el núcleo duro de nuestras creencias más profundas, algunas de las cuales ni siquiera somos capaces de identificar con claridad.

Un experimento interesante que propuso Bogliacini es comenzar a seguir a políticos y militantes de todos los espectros políticos, incluso los que jamás consideraríamos votar y que nos generan urticaria solo de escucharlos hablar. Es una medida interesante desde el punto de vista democrático, aunque ciertamente no suficiente para “engañar” a algoritmos como los que he descrito. En la literatura científica se habla del Daily Me, algo así como un periódico virtual a medida que es creado por los algoritmos de las redes sociales a partir de nuestros consumos y gustos. El Daily Me puede resultar atractivo porque parecería que todo está ahí, resumido y filtrado, pero en realidad es un librito muy constreñido, que deja afuera de nuestra burbuja una cantidad de hechos, posturas y debates que nos enriquecen como ciudadanos. Las posturas de “los otros” desaparecen. El fenómeno es anterior a las redes, pero ahora se amplifica: la creencia de que todos piensan como uno, o de que todos los que son gente de bien piensan como uno. 

Polarización no es sinónimo de discusión ni de debate (incluso a los gritos) sino de irracionalidad y odio en la discusión y el debate. Lo primero se condice con una democracia saludable y lo segundo con el caos. Hay una responsabilidad colectiva a la hora de tomar conciencia de que hay polarización y de que podemos reducirla. Las redes suman sesgos, que ya tenemos muchos sin necesidad de ninguna plataforma mediadora, pero no todos los que usamos redes tenemos ni las herramientas ni la educación ni la voluntad para identificarlos e intentar ganarle, al menos por un rato, al algoritmo. Es hora de que empecemos a entender y a reaccionar. Las redes polarizadas, como todo lo que pasó antes, tampoco son para siempre.

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