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Por el Camino de Santiago: Elogio de la bicicleta

Pedalear entre los Pirineos y Galicia es una prueba física de largo aliento, pero todavía más una prueba moral

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02 de enero de 2019 a las 05:02

Un recorrido en bicicleta de casi 800 kilómetros, entre los Pirineos y Galicia, es una prueba física de largo aliento, pero todavía más una prueba moral. La cabeza sostiene a un cuerpo cansado y eventualmente lesionado.

Hice esfuerzos con mi bicicleta cargada, trepando sierras, cruzando caminos polvorientos y hasta tierra arada, como no hacía desde mi juventud, cuando pescaba, cazaba o navegaba en canoa, durante días, por algunos ríos del norte de Uruguay.

Entonces nos guiábamos a lo sumo por algún mapa, una brújula y el sol. Era un mundo no del todo conocido, aunque casi siempre amigable. Y ahora lo es mucho más: un teléfono móvil dice al instante dónde estamos, cuánto falta para el próximo bar, cuánto cuesta el albergue, a qué hora pasa el ómnibus, qué temperatura habrá en la tarde, de dónde soplará el viento.

Ya no nos movemos sin el enorme cúmulo de información que ofrece un teléfono inteligente. Estamos perdiendo habilidades básicas.

Los peregrinos medievales se movían por una fe y una determinación fanáticas. Portaban una dudosa credencial, expedida por algún párroco o señor, para tratar de sortear los territorios de reyezuelos tempestuosos. Comer era un milagro, sin dudas, como llegar a Santiago, superando privaciones y esquivando pestes, salteadores y abusadores de todo tipo.

La vida hoy es mucho más fácil y llevadera, tanto como para que el Camino sea casi un deporte. Sabemos siempre por dónde debemos seguir. La tecnología ha matado la incertidumbre, y con ella sus tremendas presiones y emociones.

Los primeros kilómetros por el Camino de Santiago pueden ser difíciles. Demasiados años de fumador, demasiadas horas de oficina. Sin embargo, de a poco, la vieja maquinaria de músculos y huesos entra en calor y responde bien. A los 20 o 30 kilómetros de recorrido en bicicleta, el cuerpo parece eufórico y capaz de andar muchas más horas, sin obstáculo que pueda paralizarlo. 

Después de hacer los primeros 50 kilómetros por el agreste terreno de Navarra, supe que podría hacer todo el trayecto. Sólo debería cuidarme de los accidentes o enfermedades: una torcedura, un tajo, una gripe.

En el Camino se ven ciclistas de todo tipo, y bicicletas de todas las categorías y marcas: relucientes, reforzadas y tecnológicas. Cada año sale un modelo nuevo. Incluso vi a dos señoras holandesas de edad provecta que se desplazaban a gran velocidad en soberbias bicicletas eléctricas.

Mi veterana Specialized que llevé desarmada desde Montevideo es tan básica como confiable. Simplemente anda, anda y no rompe. Pinché sus dos neumáticos de un solo golpe, al meterme neciamente en un matorral de espinas, y los arreglé con rapidez, sentado en un bar. De no haber cometido ese error, habría llegado a destino sin siquiera un pinchazo.

Mateo Bugna, un mecánico de la calle José María Montero, en Punta Carretas, que revisó mi bicicleta antes del viaje, me había asegurado: “Ella no rompe… Tiene su andar, un poco lerdo y pesado, pero es tan confiable como un viejo Mercedes”.

Eso era exactamente lo que yo deseaba. 

Soy un ciclista espartano, que ando lento y largo. Para mí la bicicleta es solo un medio, no un fin. No uso guantes, ni lentes, ni ropas ajustadas y coloridas, ni zapatos especiales, ni programas de ruta, salvo mi teléfono conectado a Google Maps y un sencillo odómetro digital. Esas herramientas son más que suficientes para llegar a cualquier parte.

No dudo de la eficacia de los frenos de discos que lleva mi automóvil, pero no los necesité en mi bicicleta, aunque bajé montañas. Una cosa menos para cuidar.

Llevé dos alforjas y una pequeña mochila. Cargué muy poca ropa, porque se lava cada día en los albergues; pero en cambio transporté una computadora, mate, termo, yerba, libros y algunas herramientas y repuestos.

De cómo conocí a José Antonio

Cierto día, después de andar 26 kilómetros hacia el oeste de Ponferrada, en vez de tomar un tramo de una carretera local, me metí por error en la autovía A-6. Como las autopistas están cercadas, no es fácil salirse. Tampoco quise regresar, por lo que anduve algunos kilómetros contramano, por una delgada banquina, buscando una puerta. Algunos automovilistas me tocaban bocina.

Cuando iba a meterme en un gran túnel, contramano, juzgué que lo mejor era salir de la autopista como fuera, aunque sin volver atrás. Descargué la bicicleta, la levanté en brazos, la pasé por todos los carriles de la autopista y sobre sus guardrails, y luego retorné por las alforjas y la mochila. Después crucé la bicicleta y la carga por encima de un alambrado, pero me topé con un matorral cortante y con un profundo canal de riego, por suerte sin agua. Bajé la carga y la bicicleta al foso, las subí por el otro lado, y a continuación crucé un segundo canal de riego, más pequeño aunque con agua. Salí a la quinta del fondo de la casa de José Antonio, nombre franquista si los hay, quien me ayudó a llegar a terreno despejado.

El anciano José Antonio, nacido en 1938, en plena guerra civil española, no mucho después que los republicanos fusilaran al fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, me convidó con agua, me habló de su soledad y me contó su vida. Había sido un pobre campesino, criador de vacas, hasta que un buen día se fue a trabajar a la fábrica Citroën de París, con lo que reunió unos pequeños ahorros. Y ahora, ya jubilado, trabajaba su huerta. Mientras hablaba, cortó más y más uvas de su pequeño viñedo, que metió en una bolsa. “¡Llévelas para refrescar la boca!”, insistió.

Retomé por fin el Camino y me senté en un bar de Villafranca del Bierzo, un lindo pueblo de aire medieval, a tomar un jugo de naranja y a descansar. Al salir me encontré con los dos neumáticos de la bicicleta pinchados con las enormes espinas del matorral que rodea a la autopista. Desarmé las dos ruedas, emparché las cámaras, las volví a armar, las inflé a mano, comí uvas y di pedal durante otros 21 kilómetros hasta Las Herrerías, una linda aldea al pie de O Cebreiro, la montaña que marca el ingreso a Galicia. Fuera de eso, todo normal.

Próxima nota: La larga odisea de los maragatos: de Astorga a San José y a Rio Grande do Sul

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