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Por el Camino de Santiago: La diversidad española y las huellas de la guerra civil

Por el Camino de Santiago (VII)

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19 de diciembre de 2018 a las 05:01

Cada rincón de España tiene mil historias. Si no fueron los romanos, fueron los íberos, los visigodos, los celtas, los judíos o los moros. Abundan las memorias del gran imperio que un puñado de hombres conquistó en cuatro décadas, entre Colón, Cortés Magallanes y Pizarro, o de la guerra civil española. 

La patria de los ancestros de una buena parte de los uruguayos se bañó en sangre entre 1936 y 1939, en el más enconado conflicto imaginable, una contienda poderosamente simbólica. La guerra entre ultraconservadores y nacionalistas por un lado, y republicanos, anarquistas y marxistas por otro, cada cual con sus respaldos internacionales, provocó cerca de medio millón de muertes y dividió la opinión de buena parte del mundo, entonces en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.

Los sublevados de derecha, los “nacionales”, se apropiaron rápidamente de toda la mitad norte de España, con excepción de Asturias y el País Vasco, que conquistarían a lo largo de 1937; en tanto el gobierno republicano retuvo la mitad sur, junto a Madrid y Cataluña.

La guerra civil puso de manifiesto todas las tensiones sociales, políticas y regionales, incluido el secesionismo vasco y catalán, de un país anarquista enamorado de la sangre, al decir del francés André Malraux, quien lo describió en su clásica novela “La esperanza”.

Muchos lugares de España conservan símbolos y homenajes a los “nacionales” y su caudillo, Francisco Franco; o al fundador de la Falange, un partido fascista liderado por José Antonio Primo de Rivera, quien fue fusilado por los republicanos en 1936. Pero desde la apertura liberal de fines de los ’70 son más abundantes los reconocimientos a los héroes republicanos, como el monolito que encontré en la cima del monte de la Pedraja, provincia de Burgos, que recuerda a centenares de ejecutados por los “nacionales”, o el que homenajea cerca de Palas de Rei, Galicia, a Camilo Díaz y Sixto Aguirre, dos fusilados republicanos. Cada tanto se intercalan también los homenajes a las víctimas del grupo terrorista vasco ETA, que este año entregó sus últimas armas después de 40 años de violencia nacionalista. 

En un claro de la sierra de la Demanda, entre Villafranca Montes de Oca y Burgos, almorcé con dos funcionarios del servicio de Incendios Forestales de la Junta de Castilla y León, quienes se desplazan en un camión Unimog amarillo.

Bosques abigarrados de robles, pinos, hayas, acebos y abedules se extienden por las serranías hasta donde da la vista. “La zona fue reforestada”, me explica Antonio, un bombero de 56 años, “pues los árboles fueron arrasados por completo en un centenar de kilómetros, hasta Soria, para construir la ‘Armada Invencible’”.

La “Armada Invencible”, una flota de más de cien barcos creada por Felipe II a fines del siglo XVI para invadir las islas británicas, fue vencida por una estrategia estúpida, el mal tiempo y la pericia de los ingleses en el mar. El desastre de Trafalgar en 1805 fue menor en comparación, aunque sus efectos políticos de mediano plazo acabarían siendo tal vez más significativos. 

Regionalismos y nacionalismos en España

Cuando comencé a viajar, hace muchos años, tendía a tomar a España como un destino secundario. Era una escala; el Paraíso siempre estaba más allá. Con los años comencé a ansiar el regreso a España: al fin no era un destino menor sino uno agradabilísimo y central. 

Muchas geografías y culturas conviven en el mismo Estado. En tres españoles hay cuatro opiniones. El país siempre está dividido en muchas facciones. 

El cronista holandés Cees Nooteboom, en su ensayo “El desvío a Santiago”, cita al hispanista inglés Gerald Brenan: “España es el país de la patria chica. Cada pueblo, cada ciudad, es el punto central de una intensa vida política y social. Como en la época clásica, la lealtad se dirige antes que nada al lugar de nacimiento, familia o grupo social al que se pertenece. Sólo después viene el país y el gobierno”.

Los nacionalismos y regionalismos sobreviven tozudamente a la modernidad y la globalización, aunque tal vez suavizados. Y no sólo en el País Vasco, Cataluña o Galicia. En cada rincón de España hay un puñado de secesionistas. En Mansilla de las Mulas, un pueblo de León, hallé un grafito: “León sin Castilla ¡Ya!”.

No fue casual que en Cataluña y otras partes de España se montaran en 1936, en los inicios de la guerra civil, algunas de las pocas repúblicas anarquistas de la historia, tan puristas como efímeras. “Para alguien que procediera de la endurecida y burlona civilización de los pueblos de habla inglesa, había algo casi patético en la literalidad con la que aquellos españoles idealistas interpretaban los gastados lemas de la revolución”, escribió el inglés George Orwell, quien fue herido en una trinchera de Aragón. 

El bando republicano gastó tantas energías en reñir entre sí como en el combate contra los sublevados. Y la guerra civil acabó con anarquistas y comunistas, formalmente aliados, matándose entre sí en Madrid, con las tropas del “caudillo” Francisco Franco esperando el desenlace.
 
Próxima nota: Los campos agrícolas del norte de España, y unas aldeas que parecen de juguete


 

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