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Por el Camino de Santiago: mucho talento para ser viejos sin ser adultos

Por el Camino de Santiago (VI)

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12 de diciembre de 2018 a las 05:04

El terreno es más llano cuando el Camino de Santiago ingresa a la comunidad de Castilla y León, en el centro-norte de España. Predominan las tierras entre amarillas y blanquecinas, más bien resecas, sin embargo destinadas a una preciosa agricultura intensiva gracias a los antiguos canales de riego. 

Tan escasos de agua, los españoles llaman río a cualquier cañada o arroyito. Incluso sus grandes ríos, como el Ebro, el Duero o el Tajo, son modestísimos para la escala americana.

El clima de Castilla a fines del verano es agradable, aunque de gran amplitud térmica. Las noches y las madrugadas son frescas o frías, con 8 o 14 grados, y después del mediodía la temperatura trepa a 30 grados o más.

Ya no hay muchos viñedos en la zona de Burgos, como hay en La Rioja, sino girasol, huertas e interminables campos de trigo, cebada y forrajes labrados para el invierno. A los lejos, hacia el norte, se ve siempre un horizonte de montañas brumosas. Es la cordillera Cantábrica.

Algunas aldeas del color de la tierra, con casas sólidas y viejas, de cara al Camino de Santiago, recuerdan los versos de León Felipe:

Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa.

En esa región se gestó el castellano a partir del latín, legado por los romanos. Esa maravilla ocurrió en un pequeño espacio geográfico, desde el siglo VIII, atesorado en monasterios, en medio de una guerra casi constante contra el Islam.

Burgos, ahora una ciudad mediana de menos de 200.000 pobladores, fue uno de los ejes de la Reconquista: la expulsión de los musulmanes de la Península Ibérica entre los siglos VIII y XV. La trama moderna de la ciudad se estructura en torno a agradables paseos a la vera del río Arlanzón.

El orgullo de Burgos es la enorme catedral y su prolijo centro antiguo, con trozos de murallas y puertas medievales. En las afueras hay otros edificios notables, como el monasterio Cartuja de Miraflores, que se hermoseó desde fines del siglo XV por orden de Isabel la Católica, una soberana cuyo legado pervive en muchas partes de la península ibérica.

Al decir de Federico García Lorca: en España los muertos están más vivos que los muertos de cualquier otro país del mundo.

Libros y música

En charlas de albergues, algunas señoras recomiendan efusivamente ciertos libros clásicos que no deben faltar en la mochila del peregrino, como la novela “filosófica” del brasileño Paulo Coelho, o las divagaciones místicas de la actriz Shirley MacLaine.

Preferí la crónica Bueno, me largo, del actor y presentador de televisión alemán Peter “Hape” Kerkeling, que me pareció ágil e ilustrativo aunque un poco sensiblero e histérico. Ha vendido más de tres millones de ejemplares.

Por fin en Burgos, en casa de un librero escrupuloso, hallé lo que buscaba sin suerte desde Montevideo: El desvío a Santiago, del holandés errante Cees Nooteboom, un poeta y ensayista enamorado de España. Es un libro erudito y algo presumido, que contribuye a explicar “un país que nunca se pondrá de acuerdo consigo mismo porque nunca ha sido una unidad”.

En tantas horas de camino solitario recuerdo una y otra vez algunas antiguas canciones: versos de Antonio Machado cantados por Joan Manuel Serrat, por supuesto; o “Endecha española”, de María Elena Walsh. Pero más aún viene a la mente “Caminito español”, de Athahualpa Yupanqui, en la versión de Cafrune.

Por un camino de España
camina mi corazón,
antes no se conocían,
hoy son amigos los dos.

Como en los libros sagrados,
hay un tiempo de sazón.
Vivían sin encontrarse
hoy son amigos los dos.

 
Echarse al mar por un libro

 

Algunos libros o canciones pueden producir serios daños cerebrales.

Un libro de viajes como el de Nooteboom puede instalar el deseo de recorrer Aragón o Castilla-La Mancha, aunque haya que tragar polvo bajo un sol inclemente. Es casi tan poderoso para describir gentes y paisajes como los grandes poetas españoles de las primeras décadas del siglo XX.

Uno de los libros uruguayos más influyentes es Hasta donde me lleve el viento (Diario de viaje de un navegante uruguayo), de Eduardo Rejduch de la Mancha. Él es un raro personaje nacido en el Cerro de Montevideo en 1952, que con su pequeño velero “Charrúa” se pasó 20 años navegando los mares del mundo.

Eduardo es un uruguayo de pura cepa: cruza de sentimental y demente, caradura e idealista, vivillo políticamente obseso y bont vivant capaz de rebuscarse con cualquier cosa. Así se hizo la patria, y así navegó este charrúa.

Paseó turistas, tocó la guitarra en espacios abiertos y bares de mala muerte y alternó con una variada fauna de desclasados como él. Y, si uno confía en lo que escribe, nunca dejó de comportarse como un caballero de los mares marginales, un almirante del pobrerío, un don Quijote tercermundista, mate en mano y alumbrado a kerosene. 

En África del Sur embarcó a Claudia, una bonita argentina, y entonces la aventura alcanzó un grado superior. Mujer, barco y libertad: ¿qué más se puede pedir? Durante 15 años Claudia corrió con él toda suerte de aventuras, hasta que la perdió, aparentemente en Barcelona, por motivos que no aclara, porque un caballero no aclara ciertos detalles. 

En esas dos décadas el mundo cambió a un ritmo que el navegante y su nave, que permanecieron casi inmutables, no terminaron de aceptar. Aunque navegaran, estaban sentados a la vera del camino. ¿Qué podían hacer entonces? Pues volver a navegar.

Eduardo ahora vive el verano en el “Charrúa” en el puerto del Buceo, a donde voy de vez en cuando a tomarme un café o a cenar con amigos. En invierno él se va a Canadá, a trabajar en la refacción de viviendas, con lo que hace suficiente dinero para pasar el año.

El libro de Eduardo Rejduch ha trastornado a muchas personas. 

Él es escuchado como un gran almirante cuando concurre a algún yatch club argentino. Una amiga atravesó el Atlántico en un velero con su marido, estimulados por las crónicas de Rejduch. Y mi hija conoció en Swansea, Gales, a un estudiante vasco de Donostia (San Sebastián) que quiere comprar un velero y tirarse al mar después de leer Hasta donde me lleve el viento.

El holandés Cees Nooteboom y Eduardo Rejduch vienen a decir, como Jacques Brel, que se necesita mucho talento para ser viejos sin ser adultos.

 

Próxima nota: La diversidad española, los regionalismos y las huellas de la guerra civil

 

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