Milongas y Obsesiones

Un tributo a mis mayores

El Camino de Santiago (parte I)

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07 de noviembre de 2018 a las 05:02

En mi hogar de la niñez, en los desiertos campos de Río Negro, a la vera del arroyo Tres Árboles, se rendía culto a un Dios, que era el de los cristianos, y se atesoraban relatos de viejas gestas, siempre contra los gobiernos, o de antiguos inmigrantes venidos de los Pirineos. Todo eso era dado: un legado sencillo y natural, como que el sol sale cada mañana, y que el pan se gana con el sudor de la frente.

Ahora, muchos años después, cuando ya no tengo un Dios, y cuando parece que nada ha sido dado, aún conservo sin embargo muchos rasgos de aquella cultura, como las historias de los ancestros venidos desde las antípodas en busca de un destino mejor. 

Y aquí estoy, sentado en un muro de piedra, mirando el puente románico de Saint Jean Pied de Port, punto de partida de la familia de mi madre. A menos de diez kilómetros está Saint Étienne de Baïgorry, cuna de mis ancestros paternos.

Y, aunque importe más hacia dónde se va que de dónde se viene, la vida puede ser circular; o, mejor aún, una línea continua que se pierde en el fondo de los tiempos.

No soy yo quien te engendra. Son los muertos.
Son mi padre, su padre y sus mayores

Saint Jean Pied de Port, una preciosa aldea de 1.500 personas, situada al pie de un puerto o paso de montaña entre Francia y España, vieja ruta de ejércitos, contrabandistas y pastores, es también la bandera de largada del Camino de Santiago francés: un largo sendero que miles de peregrinos siguen cada año hasta Santiago de Compostela, en Galicia.

Yo también pasaré los Pirineos y empezaré a andar los 781 kilómetros del Camino de Santiago francés. Será un poco de aventura, una variante rústica de turismo. O tal vez, sin consciencia y sin motivo aparente, ande en busca de la punta del ovillo de Ariadna que conduce a la salida del laberinto. “El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también”, dice el poema de Jorge Luis Borges. “Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo”.

El Camino de Santiago

Es imposible no verlos. En el sur de Francia y el norte de España hay peregrinos por todos lados, vestidos para excursión, animosos y sufridos. Son personas de todas las edades, procedencias y condición, la mayoría fieles cristianos aunque no todos, que caminan rumbo al oeste, hacia Santiago de Compostela. 

Desde alrededor del año 1.000 de la era cristiana, el Camino de Santiago es una de las grandes rutas de peregrinación católica, junto a las que conducen a Roma y Jerusalén. 

Se supone que los restos de Santiago el Mayor, también llamado Jacobo o Jacques, uno de los doce apóstoles de Jesucristo, ejecutado en el año 44 de la era cristiana, yacen bajo la catedral de Santiago de Compostela. No hay muchas pruebas de ello, pero las leyendas pueden convertirse en realidad y objeto venerable, a salvo de toda duda.

El Camino de Santiago es, en realidad, una multiplicidad de caminos. El Camino Francés, el más concurrido y tradicional, recorre el norte de España a partir de un paso o puerto en los Pirineos: la hermosa población vasca Saint Jean Pied de Port (San Juan al Pie del Puerto). Tras ingresar a España, el Camino Francés se desvía un poco hacia el sur, para esquivar las montañas del País Vasco y la cordillera Cantábrica, y durante casi 800 kilómetros atraviesa Navarra, La Rioja, Castilla, León y Galicia.

El año pasado más de 300.000 personas se presentaron en la Oficina del Peregrino, en Santiago de Compostela, el fin del viaje, incluyendo a 456 uruguayos. 

Sólo el 40% de los viajeros eran españoles: los locatarios. El resto —en orden según cantidad— procedía de Alemania, Italia, Estados Unidos, Portugal, Francia, Gran Bretaña, Irlanda, Polonia, Australia y casi todos los países del planeta. 

Hay una cantidad extraordinaria de coreanos en el Camino de Santiago. La comunidad católica es fuerte en Corea del Sur.

La mayoría de los peregrinos sólo recorre los últimos 120 kilómetros, desde Sarria, Galicia, que habilitan a recibir la Compostela: el comprobante de que se fue viajero. Para ello es necesario presentar una libreta con una serie de sellos que se obtienen en albergues e iglesias del camino. 

Sólo 11% de los peregrinos que arriban a Santiago inician su aventura en Saint Jean Pied de Port, en territorio francés, entre ellos 50 uruguayos el año pasado: menos de uno por semana.

En la oficina Amies du Chemin de Saint Jacques, en Saint Jean Pied de Port, dicen que el número de peregrinos creció mucho luego que en 2010 se conociera la película The Way (El Camino), de Emilio Estévez y Martin Sheen.

Las páginas web y las tiendas europeas del tipo Decathlon han hecho que los peregrinos casi siempre vistan igual: zapatos de senderismo, pantalones desmontables, sombreros de ala ancha, mochilas coloridas, bastones extensibles. 

Todos ellos dan vistosidad y sentido a esa larga caravana de locos a la que me integro.

El Camino de Santiago parece la aventura favorita de la tercera edad. Uno de cada cuatro peregrinos son personas mayores de 60 años, en general habituados a la actividad física, y con todo el tiempo del mundo. 

Diego, un andaluz de Córdoba de 70 años, es el típico reincidente. Hace algunos años él caminó de León a Santiago de Compostela, un trayecto de 300 kilómetros. Ahora se propone hacer los más de 400 kilómetros que median entre Roncesvalles, en la cima de los Pirineos, hasta León, para completar el Camino francés.

También hay muchos jóvenes, en especial mujeres, pero parecen faltar personas de edad intermedia. Ellos son más numerosos en verano, pero ahora, a principios del otoño, están trabajando y criando hijos.

Yo, de alguna manera, también estoy trabajando, aunque lo disimule. Una parte muy importante de la ética profesional consiste en que parezca que nunca trabajas, dice un periodista en una de las novelas de Ernest Hemingway.

Próxima nota: El País Vasco y la emigración a América

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