Milongas y Obsesiones > Milongas y Obsesiones - Miguel Arregui

Por el Camino de Santiago (XI): La maravillosa vida de los albergues

En cierta forma, la verdadera vida del Camino está en la camaradería con desconocidos

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16 de enero de 2019 a las 05:00

Matías regentea el albergue San Javier, en Astorga. Tiene aspecto de fraile viejo. “Pasa, hijo mío”, dice a los peregrinos que buscan posada. Él ha caminado hasta Santiago muchas veces, habla varios idiomas y arenga a sus huéspedes como un predicador. “¡Con pan y vino se hace el Camino!”, dijo un día de éstos a cuatro franceses que bebían agua en la cena. Luego les regaló una botella de tinto de su bodega. 

El albergue de Matías es una cruza de taberna medieval con caballeriza. En los dormitorios colectivos de sus dos plantas se acomodan decenas de peregrinos. Los viejos pisos de madera crujen todo el tiempo. Nadie puede dormir hasta que el último se acuesta; nadie duerme después que el primero se levanta —siempre que haya logrado dormir por el festival de ronquidos.

El viejo monasterio de San Juan de Ortega, a unos 25 kilómetros de Burgos, está junto a una iglesia desmesurada, con esa desmesura típica de las iglesias españolas. El albergue en el monasterio tiene mucho de vida cuartelera, con grandes dormitorios colectivos y duchas en serie. Allí se cena en largas mesas, con botellas de vino barato que pasan de mano en mano. Los peregrinos conversan cada vez más animadamente, hasta semejar un griterío.

En cierta forma, la verdadera vida del Camino de Santiago —una larga deriva por el norte de España— está en los albergues, en la camaradería con desconocidos.

Los peregrinos en viaje a Santiago de Compostela se hospedan en una interminable cadena de albergues, muchas veces de inspiración católica aunque no siempre. La variedad es asombrosa: desde hospedajes modernos y funcionales, como el San Marcos, en Palas de Rei; hasta los que evocan una fonda medieval o viejos cuarteles, como el San Javier, en Astorga; o lugares fabulosos, como el monasterio de San Zoilo, cerca de Carrión de los Condes, ahora un hotel; o los que se parecen a hoteles baratos, como el albergue San Francisco de Asís, en León. 

Hay albergues municipales y eclesiásticos, de bajo rango, con donativos a voluntad; y hay muchos otros privados, con precios que oscilan entre los cinco y diez euros la noche en habitaciones colectivas, en las que se mezclan mujeres y hombres. Todos tienen facilidades para lavar ropas y tenderlas; se secan rápidamente en el clima del norte español. Unos cuantos ofrecen cenas —abundantes aunque sin arte— por otros ocho o doce euros, y desayunos por dos o tres. De todos modos, en España siempre hay un lugar magnífico a la vuelta de la esquina para comer y beber. 

Los albergues tienen algo de hospital de campaña. Tras varias horas de caminata, los peregrinos ansían darse una ducha y luego tirarse en una cama a descansar, antes de la cena. Entonces sacan a relucir ungüentos y vendas, como la infantería tras una larga marcha.

Las personas caminan hasta más allá del agotamiento, sufren, rompen sus pies y sus rodillas. Y luego, en el albergue, mientras esperan la cena, sonríen beatíficos, cual miembros de una secta. 

Los peregrinos suelen llevar una vida austera, aunque no siempre. Hay caminantes notoriamente pobres, e incluso hay mendigos profesionales que viven en el Camino. Hay muchos peregrinos espartanos, aunque lleven equipos caros. Gringos robustos, notoriamente ricos, se matan caminando bajo un sol inclemente, jugando a ser pobres, en un viaje que tal vez no valga la pena terminar. Y hay grupos de excursionistas con servicios que les llevan las mochilas de pueblo en pueblo, y que tienen reservas en hoteles o pensiones.

El Camino puede ser una rara aventura mística, una prueba deportiva, una corrida de amigos, o un tour turístico mediocre y previsible, como tantos otros, para luego decir: “Yo hice el Camino”. Habría que ver cómo y cuánto. 

En realidad, el Camino se ha vulgarizado. Parece que media Castilla viviera de sus servicios. Chiringos, bares, hostales, pensiones, kioscos… Un anciano sentado en su coche sella pasaportes de peregrinos a la salida del monasterio de San Antón, una ruina lúgubre en la madrugada, a cambio de algunas monedas. Pero también es posible apartarse un poco de todo eso y hacer un peregrinaje decente.

Próxima nota: Galicia abrupta, boscosa y húmeda

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