Ocupados en liberarse de los yugos de portugueses, españoles y británicos, los gobernantes de esta banda recién empezaron a prestarle mayor atención al imperio norteamericano ya bien entrado el siglo XX. Y en el correr de la historia, la relación entre Uruguay y Estados Unidos se ha balanceado entre la estrecha complicidad y la distancia casi extrema, entre la mano tendida y el mutuo desapego.
Extrañamente, algunos de los gestos más amigables hacia los residentes de la Casa Blanca fueron protagonizados por los presidentes Tabaré Vázquez y José Mujica, representantes de una fuerza política que hizo del “yanquis go home” una de sus consignas favoritas.
Los presidentes de Estados Unidos miraron con interés su patio trasero cuando en la década de 1940 buscaron aliados en su guerra contra la Alemania nazi. En Uruguay encontró algunos escollos en las tradiciones nacionalistas del opositor Luis Alberto de Herrera quien protestó contra la intención de Franklin Delano Roosevelt de construir bases militares en este lado del Río de la Plata. “Ni en las filas rojas del comunismo, ni una estrella más en la bandera de ningún imperialismo”, dijo Herrera quien pretendía que el país asumiera una actitud más neutral en la batalla.
Con el correr de los años, las relaciones bilaterales se inclinaron cada vez más hacia el lado de la amistad y la colaboración mutua. Ese vínculo se estrechó hasta la vergüenza cuando en la década de los años 1970 Estados Unidos respaldó los golpes de Estado militares que ellos mismos ya habían sembrado en casi toda latinoamérica. Uruguay no fue la excepción y también por aquí abundaron los asesores militares, y algunos expertos en torturas como Dan Mitrione quien finalmente fue ejecutado por los tupamaros.
Las cosas cambiaron cuando en 1977 Jimmy Carter llegó a la presidencia de los Estados Unidos y le cortó la ayuda militar a la dictadura tras denuncias realizadas por el exiliado Wilson Ferreira Aldunate. El general Luis Vicente Queirolo hizo gestiones para que le restablecieran el suministro, pero se quedó con las manos vacías.
Con el retorno de la democracia, las relaciones se hicieron más o menos estrechas –Julio Sanguinetti miró más a Europa, Luis Alberto Lacalle priorizó al imperio repudiado por su abuelo– hasta que llegó Jorge Batlle.
“¡We are fantastic!”, exclamó el presidente colorado luego de recibir una ayuda millonaria en dólares por parte de Washington para que pudiera capear la crisis económica de 2002. Batlle había tejido amistad con el presidente George Bush (padre) y George Bush (hijo) no se olvidó de eso cuando Batlle le pidió una mano.
Los que en Uruguay se demoraban en darse cuenta de la caída del muro de Berlín, comprobaron sus efectos el sábado 10 de marzo de 2007 .
“¡Mister president!”, exclamó con una amplia sonrisa el primer presidente de izquierda de Uruguay, Tabaré Vázquez. “It’s just a wonderful day”, le respondió George Bush y se abrazaron efusivamente en la estancia de Anchorena en donde compartieron un asado. “Si necesitan colaboración mía, no tienen más que levantar el teléfono y llamarme”, dijo el mandatario a quienes los militantes de izquierda acostumbran a tildar de genocida.
Vázquez tomó nota y, según reconoció después, llegó a llamar a Bush para pedirle ayuda militar ante la posibilidad de que se desatara un conflicto bélico con Argentina por la pastera sobre el río Uruguay.
Y llegó José Mujica y, empujado tal vez por “la barra” del Movimiento de Participación Popular (MPP), las migas con Estados Unidos ya no fueron tan buenas. Hasta que Barack Obama decidió desagotar Guantánamo y se acordó del viejo guerrillero que gobierna en aquel país chiquito que queda en el sur.