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Por la ruta textil argentina

Un camino que comienza en sembrados y rebaños, y llega a locales discretos y coquetas pasarelas. En este reportaje les contamos cómo se inicia esa cadena de valor en Argentina, bajo el privilegio de la naturaleza y las fricciones por los recientes cambios económicos

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24 de noviembre de 2017 a las 05:00

[Por Pablo Donadio]

A diario, los hilos de un mundo invisible se despliegan en nuestra vida cotidiana. Si el alimento es la primera y mayor demanda de la humanidad, la indumentaria y sus derivados ocupan un lugar irreemplazable desde nuestro primer día de vida. O incluso antes. Como habitantes de un mundo industrial, acaso sin saberlo, a cada hora recurrimos a algún producto de la industria textil. Y no se trata solo de la ropa: los escarpines del recién nacido, las sábanas de nuestra cama, el mantel sobre la mesa, las alfombras y cortinas de la oficina, el tapizado del auto, las mochilas y cartucheras de los niños, y hasta la bandera que izan en la escuela, son producto de una inmensa maquinaria que trasciende fronteras simbólicas y geográficas. ¿Dónde nacen esas telas? ¿Cómo se fabrica la ropa? ¿Cuántas personas están involucradas en la producción de nuestros vaqueros?

Todo tiene un origen

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La historia textil es tan fascinante como inabordable. Ya desde el Neolítico, en consonancia con el surgimiento de la economía agrícola, se asegura que había actividad textil documentada, y Oriente fue el precursor en la materia como en tantos otros rubros. Hay registros de que los fenicios empleaban un telar que luego se trasladaría a la península ibérica y que algunos siglos antes de Cristo tanto teñidos como estampados comienzan a ser notables en Europa, como lo demuestra La mariegola dell'arte dei tintori, un libro italiano de 1429 que revela secretos de la tintura del tejido. A su vez, la llegada a América demostró que ya los aztecas y los mayas en Yucatán teñían con maestría usando la cochinilla como colorante, el palo campeche y el palo achiote, llevado luego a Europa. Así, el paso del tiempo, la mano de expertos maestros y tecnologías que fueron incorporándose al mundo dieron como resultado una ruta donde el arte y la sabiduría, el comercio y la aventura se fusionaron a la perfección. Desde los campos esclavos del algodón a las grandes industrias potenciadas con maquinaria moderna, cada región del planeta se especializó en el trabajo de fibras o hilado, de confección y moda, hasta llegar a nuestros días. En Argentina, desde hace cientos de años, su desarrollo ha permitido interactuar a pequeños productores con comerciantes del norte y del sur, de la cordillera andina y los llanos de Buenos Aires, y posteriormente con empresas que supieron combinar prácticas ancestrales con tecnologías de última generación. En ellas, hombres y mujeres, de grandes urbes o parajes perdidos, con más o menos calificación, han revitalizado una cadena de valor cuyos eslabones son insustituibles. Todos y cada uno han sido capaces de generar una trama compleja y fascinante, donde unos pocos centavos de lana o algodón terminan por convertirse en prendas de miles de dólares que los diseñadores de renombre internacional colocan en las más refinadas —y muchas veces excéntricas— vidrieras de la moda. En todos estos actores habita el talento, que no es solo fruto del ingenio o la creatividad, sino también del esfuerzo, del conocimiento heredado y de las ansias de progreso.

Esa ruta, por momentos difusa y multiabordable, se inicia con los puesteros y productores del campo, como en la mayoría de lo países. Allí entran en escena las cosechas del noroeste argentino, trabajo que en muchos lugares sigue siendo a mano. Aun más al sur, una pieza importante la constituye la Patagonia y sus animales, donde la esquila es imprescindible para el negocio. Y qué decir de los hilados que llegan a las grandes urbes desde La Rioja y Tucumán, junto a polos textiles de la provincia de Buenos Aires (hoy un tanto depreciados), como los de Luján, Pergamino o Mar del Plata, célebre meca de los sweaters de bremer. Pese a coyunturas económicas desfavorables, el mercado textil ostenta un potencial que crece y se diversifica en el mundo, desde pequeños emprendedores a grandes cadenas, y que tiene entre sus eslabones a lo artesanal, asociado al turismo y los saberes heredados. No es extraño que muchas casas de moda realicen sus compras de materia prima (y muchas veces de prendas completas) en pueblitos olvidados para vender a precios siderales en las calles porteñas o concluir en exclusivas pasarelas de Tokio, París, Milán o Nueva York.

Las materias primas

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Los tejidos pueden ser de fibra natural, además de las sintéticas y artificiales. Las fibras naturales se dividen en vegetales (algodón, lino, ramio, sisal), minerales (como la fibra de vidrio o la llamada lana mineral) y animales (lanas de oveja, cabra, camélidos). Las fibras sintéticas son las producidas generalmente por síntesis del petróleo, como el poliéster, el nailon, la poliamida, el acrílico, el nomex, el kevlar. Las fibras artificiales, en tanto, poseen similitud con las naturales, pero están "hechas" artificialmente, como la celulosa.

La gran materia prima natural, utilizada hace más de 5.000 años con fines textiles, es el algodón. Es la fibra de mayor importancia para la fabricación de tejidos, y eso se debe a su gran absorción y fácil hilado. El algodón se extrae del fruto maduro de arbustos pequeños de la familia de las malváceas, y en muchos lugares del mundo esta tarea es manual y delicada. En su floración, el capullo se abre y descubre una serie de semillas negras envueltas en una masa de pelos blancos. Al madurar por completo, los pelos se secan y se convierten en fibras individuales, que oscilan entre 2 y 6 centímetros: un tesoro blanco que será en adelante el hilo del algodón. Hay varias especies que se cultivan con fines comerciales y requieren un clima muy regular, con abundante sol y agua para crecer, así como sequedad para la recolección. En Argentina, Chaco, Formosa y Santiago del Estero se destacan como principales productoras, pero lejos aún de los porcentajes de Estados Unidos, China e India, líderes de ese mercado junto con algunos países africanos. Aunque la selección y recolección solía hacerse a mano —tarea que sigue existiendo—, hace años se incorporaron cosechadoras mecánicas que aceleran la productividad.

Por su parte, la cadena productiva de la lana comienza con el productor y sus rebaños, criados y engordados hasta la primavera, cuando da inicio la esquila. Esta separación de la lana del propio animal es realizada con modernas máquinas, aunque pequeños productores siguen haciéndolo a mano. A ello, sigue la clasificación del producto según la parte de la oveja de donde provenga. La del lomo, lana larga y limpia, es la mejor; la de la panza, finita pero sucia, es la de segunda calidad; y la de las patas, fuerte pero corta, la tercera. Clasificada, el productor suele venderle a un acopiador que, al igual que con los granos, agrupa cosechadas de varios criadores y les da dos posibles destinos: o la vende sucia (lana virgen) o la lleva al lavadero antes de entregarla, con lo que da inicio al primer proceso industrial. De una oveja se extraen de 18 a 25 kilos de lana y de este número se utiliza el 60%, teniendo en cuenta que desde la cría hasta la esquila de la oveja puede haber variaciones: cómo ha sido el invierno (cuánto ha crecido su pelo), el tipo de pastos que consume o su vejez (a determinada edad ya no puede ser esquilada). Muchos proyectos innovadores y miniemprendimientos apoyados por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, el Instituto Nacional de Tecnología Industrial y la facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires han incursionado en "otras lanas", como la del conejo de Angora (criado en la provincia de Entre Ríos) y en la cría del gusano de seda, o llevado adelante programas de rebaños de vicuña o llama, cuyo pelo tiene valores altísimos en los mercados internacionales. Pero aún son proyectos de baja escala.

En cadena

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Hilado y lavado son los dos primeros procesos industriales. La hilatura de fibras sintéticas y artificiales sigue un proceso similar, aunque no son necesarios los pasos de limpieza ni homogeneización de fibras. Cuando el algodón llega a las fábricas se lo "desmonta", abriendo sus fibras compactadas y eliminando impurezas para dejarlo plegado en forma de cinta. Se buscan luego hilos de mayor calidad, utilizados en camiserías, sábanas y prendas finas. Un proceso más ocupa la "máquina mechera", que estira las fibras y las tuerce, para dejar resistentes hilados. Tras el lavado, la lana es enfardada y clasificada de acuerdo a su longitud, diámetro y resistencia. Se encarecerá cuanto más fina, larga y resistente sea, y luego se dará la hilatura, según el uso final a que sea destinada. Los vellones también son teñidos y separados en una carda que deja la materia prima ideal, por ejemplo, para un sweater. También se lo "peina", en busca de hilos de mayor calidad, requeridos por ejemplo para la confección de trajes. Este proceso es relativamente corto pero bastante complejo, no solo por los pasos que lleva sino por la tecnológica infraestructura puesta en función.

Llega entonces el tiempo del diseño textil y de indumentaria, que entra en escena para transformar todo esto en ofertas de mercado, y, muchas veces, proponer nuevas tendencias. La posta es tomada por la imaginación del diseñador, imbuido por infinidad de catálogos y algún viaje para cursos de diseño y estampado. Allí nacen las ideas para mezclar colores, formas, texturas, estilos, dibujos y calidades que habrán de constituirse en los enormes rollos de tela "listos para usar". Esos distintos géneros serán el comienzo de la moda, aunque no hay que olvidar que el diseño textil comprende otros campos, como los tapizados, las alfombras, la construcción, la decoración, las telas ignífugas y hasta los tejidos para la medicina y la salud. El proceso continúa con la tejeduría, distintas formas de urdimbre, cuadros, trama y peine, tanto de tejidos planos como de punto. Y con el teñido, que puede darse primero a los hilos (como el tartán escocés) o bien sobre las fibras después de tejidas, por medio del sistema de tintorería y estampado, lo que suele ser más clásico.

Crisis a la moda

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Aunque algunos diseñadores se jactan de participar del proceso de la moda desde la elección de las materias primas, lo cierto es que la mayoría recién empieza a partir de la elección de las telas para el corte e inician allí su confección. El diseño de indumentaria, por ejemplo, aporta su moldería original y bocetos sobre papel para los talles. Allí hay dos caminos: el de las tendencias masivas que generalmente se reflejan en las marcas y en las empresas que llegan a mayor cantidad de personas imponiendo una moda, por ejemplo en rubros como el denim (vaqueros) o textiles para el hogar; o el llamado diseño de autor, que responde a la personalidad de cada diseñador, tanto para indumentaria como para accesorios. En este rubro todo es posible: así, un vaquero Momotaro Jeans Gold Label llega a costar casi €2.000, tarda en fabricarse un año y utiliza el algodón que se cultiva y recoge a mano en Zimbabue.

Más allá de estos casos singulares, la paradoja argentina es sorprendente. Pese a ser privilegiada en términos naturales y productivos, la mayoría de las prendas llevan un alto costo. "Basados en márgenes promedio de empresas de las distintas fases de fabricación y comercialización, logramos determinar cómo se forma el precio que termina pagando el consumidor final y explica por qué es tan cara la ropa en Argentina", dicen en la consultora argentina Invecq sobre el mercado de la indumentaria en el país.

La consultora explica que más del 50% del precio de la ropa está afectado por impuestos. En su informe se advierte cómo el mercado local enfrenta una gran encrucijada, ampliada ahora por políticas nacionales de apertura de importaciones. "La elevada presión impositiva ha logrado que, a pesar de la protección que tuvo el sector, toda la cadena de valor se encuentre hoy en crisis por caída de ventas y pérdida económica. La ropa en Argentina ha quedado como una de las más caras del mundo", dicen. Hay que aclarar que, contrariamente a lo que se supone, más de la mitad de la ropa que se vende en Argentina es de origen importado (61% en el 2016, según reciente informe de la Fundación Pro-Tejer). Y 42% del total de prendas importadas, proviene de China. Diversos fabricantes de ropa están con rentabilidad negativa o prácticamente en cero desde hace ya dos temporadas (2016 y 2017). Todos parecen ser perdedores: los empresarios porque pierden dinero los comerciantes porque no venden los consumidores porque pagan la ropa muy cara y el Estado porque deja de recaudar. Esta situación ha llevado a que "la actividad de la industria textil esté cayendo en el acumulado casi 20% hasta julio 2017", según el Estimador Mensual Industrial del Instituto Nacional de Estadística y Censo de Argentina.

En el podio

Junto al vino y las carnes, los tejidos artesanales ocupan el podio de los productos argentinos. Buen ejemplo de ello son los ponchos de Catamarca, los caminitos de mesa de la RN9 de Santiago del Estero y otros pueblos de los Andes, especialistas en tejidos al telar. Camélidos del norte, como la llama, la alpaca y la vicuña, y del sur, como el guanaco, viven mayormente en libertad y son los proveedores de esa materia prima artesanal. Pero no solo los derivados de sus fibras sino las ferias de productos regionales, las fiestas folclóricas provinciales y otros emprendimientos son un llamador para una clase de turismo que lejos del confort de un hotel busca un contacto con la naturaleza y las tradiciones. Las visitas a jornadas de esquila, por ejemplo, proponen fechas específicas donde los rebaños son cercados, pelados y vueltos a liberar, para dejarlos descansar un año hasta que su pelo esté nuevamente largo. Así el ecosistema y la vida salvaje siguen su curso, sin alteraciones mayores —dicen— y con buenos ponchos para lucir en invierno.

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