Opinión > COLUMNA/ EDUARDO ESPINA

Qué año que fue el 1969

Pasó prácticamente de todo, dentro y fuera de nuestro planeta

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04 de mayo de 2019 a las 05:00

El solo hecho de que 1969 comenzara con la toma de posesión de Richard Nixon, el 20 de enero, debería haber servido para avizorar que vendrían tiempos extraordinariamente diferentes en todos los aspectos, parecidos a ninguno otro antes ni después. Así fue. Más allá de lo que había significado 1945, en tanto intervalo temporal bisagra entre una época que terminaba y otra que aún sigue sin haber perdido los rasgos que la definen, por el bien de la objetividad, 1969 exige ser considerado el año con mayor sucesión de realidades trascendentes de los tiempos modernos, a los cuales podemos dar por iniciados en 1900. Destaco este año por lo que representaron esos dos ceros uno al lado del otro, por el cambio de siglo, y por la esperanza colectiva en el progreso que por un tiempo dominó el mundo, hasta que en 1914 la primera guerra mundial hizo trizas los planes del optimismo. 

Más allá de todos los detalles complementarios que aceptan ser leídos como nota al pie de página de algunos de los hechos sucedidos en sus 12 meses, a 1969 lo asociamos con el primer aterrizaje tripulado en la Luna (Apolo 11), con la primera cepa del virus del sida (VIH) en llegar a EEUU a través de Haití, con el festival de rock más multitudinario y contracultural de todos los tiempos, con la creación de internet (por primera vez el hombre alunizó y fue también la primera vez que el software llegó a la Luna), y el inicio del movimiento por los derechos de los homosexuales, además de una avalancha de otras realidades que impactaron al mundo por su novedad y despliegue.

Claro está, entre los tantos acontecidos, un hecho se destaca por sobre los restantes, y es la llegada del hombre a la Luna: hará de esto en julio próximo 50 años. En términos deportivos, fue el triunfo de la tecnología aeroespacial estadounidense por encima de la soviética, la cual meses antes tomó conocimiento, a la manera de certeza, de que la primera bandera en ondear en la Luna sería la de EEUU y no la del martillo y la hoz. Meses antes, el 15 de enero de 1969, desde el cosmódromo de Baikonur, la URSS había mandado al espacio la misión tripulada Soyuz 5, que debía acoplarse con la Soyuz 4, la cual ya estaba en órbita. La misión estuvo repleta de problemas, surgidos incluso desde antes del lanzamiento, pues varias piezas de la nave mostraron fallas graves. 

Sin embargo, los soviéticos, dando muestras de desesperación, ya que debían exhibir al mundo sus avances en la industria aeroespacial (no olvidar que era un momento clave de la guerra fría), decidieron seguir adelante con el muy promocionado lanzamiento. Lo ocurrido con el viaje del Soyuz 5 daría para escribir un largo libro sobre la suma insólita de desperfectos técnicos que plagaron a la misión, poniendo en peligro la vida de los tres ocupantes al momento de emprender el regreso a la Tierra.

Potencialmente fue tan peligrosa la situación, que por un momento (que fue largo), se temió que la cápsula de reentrada se desarmara en el espacio sideral, como si fuera uno de esos autos de origen chino que después de tres años en la calle comienzan a perder las piezas. La nave Soyuz 5 aterrizó en forma violenta en los montes Urales, bastante más lejos del punto de llegada originalmente planeado. Fue tanto el desconcierto que el equipo de rescate tardó varias horas en llegar al lugar, pues las temperaturas eran de casi 40 grados bajo cero. Hubo confusión respecto al lugar exacto donde había caído la nave. Los números indican que la Soyuz 5 pasó 3 días, 54 minutos y 15 segundos en el espacio, y en ese ínterin orbitó 49 veces la Tierra. Los soviéticos pudieron ir y regresar sanos y salvos (apenas), pero la realidad de lo ocurrido les impedía ser optimistas respecto a su verdadero lugar en la carrera espacial. La realidad era irrefutable: solo había dos competidores y ellos no tenían la delantera.

Uno de los discursos políticos más famosos de la historia lo dio John F. Kennedy ante una audiencia de 40 mil personas, el 12 de setiembre de 1962 en Houston. El entonces presidente estadounidense anunció, con un énfasis que sirvió para convencer al mundo, que antes de que terminara la década su país iba a poner a un hombre en la Luna. El discurso fue, conceptual, literaria y políticamente, brillante. Si uno lo compara con los vacuos y atolondrados discursos del presente, podemos concluir que los políticos actuales sin excepción son caricaturas carentes de imaginación y conocimiento de la historia de la humanidad. Kennedy puso en perspectiva lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Dice en una de sus partes (y la cito completa pues vale la pena): “Por el momento, no existe ningún tipo de contienda, ningún prejuicio, ningún conflicto nacional en el espacio exterior. Sus peligros son hostiles para todos nosotros. Su conquista se merece lo mejor de toda la humanidad y la oportunidad que nos ofrece de cooperar pacíficamente podría no volver a presentarse. Pero, preguntan algunos, ¿por qué la Luna? ¿Por qué elegimos esta meta? Y de la misma forma podrían preguntar, ¿por qué escalamos la montaña más alta? O, hace 35 años, ¿por qué cruzamos el Atlántico en avioneta? ¿Por qué [un equipo pequeño como] Rice consigue jugar [en igualdad de condiciones] contra el de la Universidad de Texas [uno de los más importantes]? Hemos decidido ir a la Luna. Hemos decidido ir a la Luna en esta década, y también afrontar los otros desafíos, no porque sean fáciles, sino porque son difíciles, porque esta meta servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y aptitudes, porque es un desafío que estamos dispuestos a aceptar, que no estamos dispuestos a posponer, y que tenemos toda la intención de ganar, también a los demás. Por estos motivos, considero la decisión del año pasado de subir el listón de nuestros esfuerzos espaciales una de las más importantes que se adoptarán durante mi ejercicio en el despacho presidencial”.

En ese día cálido y soleado, Kennedy concluyó diciendo en el estadio de la Universidad de Rice, ubicado a una hora de la NASA: “Hace muchos años, preguntaron al gran explorador británico George Mallory, que murió en el monte Everest, por qué quería escalarlo. Contestó: ‘Porque está ahí’. Pues bien, el espacio está ahí, y lo vamos a escalar, y la Luna y los planetas están ahí, y las nuevas esperanzas de conocimiento y paz están ahí. Así pues, al iniciar esta singladura pedimos la bendición de Dios para la aventura más peligrosa, arriesgada y titánica en que se ha embarcado el ser humano jamás. Muchas gracias”.

Kennedy fue asesinado 14 meses después de hacer la promesa, pero sus palabras recobraron absoluta actualidad el 20 de julio de 1969, cuando las imágenes provenientes del espacio dejaron a la humanidad sin palabras. Neil Armstrong expresó con voz entrecortada, no porque los estadounidenses habían logrado cruzar primeros la meta en la carrera espacial, sino porque la magnitud histórica de lo conseguido superaba los filtros de la razón y alimentaba la emotividad instantánea: “Houston, ehhh, Tranquility Base here. The Eagle has landed (Houston, ehhh, Base Tranquilidad aquí. El Águila ha aterrizado”). Anticipándose a ese “ehhh” que parece venido del alma cuando algo fenomenal la conmociona (eran astronautas, pero también seres humanos), Houston fue la primera palabra que el hombre dijo al aterrizar en la Luna, tal vez para destacar que lo prometido por Kennedy en esa ciudad, siete años antes, había sido cumplido. En 1969, la humanidad descubrió que podía llegar a cualquier lugar que la imaginación quisiera. Y fue lo que hizo. (Continuará) 

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