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Rimer Cardillo: un artista visual con estilo propio

Con más de 50 años de carrera artística y docente consolidada, el artista visual y grabador uruguayo Rimer Cardillo no le da tregua a la creación.

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16 de octubre de 2018 a las 05:00

[Por Andrea Sallé Onetto]

La zona que rodea la esquina de Gral. Flores e Industria ya no es lo que era. Ni siquiera Industria mantiene su nombre, ahora honra a un expresidente y no a la actividad que daba trabajo a sus habitantes. El corredor de ómnibus divide en cuatro la calzada. Los papeles se amontonan en los cordones. Una cadena de supermercados y una iglesia se apoderaron de parte de la cuadra y a lo largo de Gral. Flores varias verdulerías y otros comercios con carteles desgastados luchan por hacerse notar. Unas cuadras hacia adentro, dejando de lado la avenida principal, los motores dan paso a los ladridos. Las casas son bajas y de jardines amplios encerrados entre rejas. Las veredas son anchas y el verde salpica el camino entre el cemento. Allí, cerca de esa esquina, en el límite entre los barrios del Cerrito de la Victoria y Pérez Castellano nació y creció el artista visual Rimer Cardillo (74).

Un barrio de oficios

Cuenta Rimer que su padre y su tío eran propietarios de un bar ubicado en Gral. Flores y Londres, que oficiaba más de almacén de ramos generales que de despensa de alcohol. “Los dos muchachos” se llamaba y en él confluía buena parte de la actividad social del barrio. Allí se reunían los vecinos para jugar al billar o mirar la televisión en uno de los primeros aparatos que llegaron a Uruguay por la década de 1950. “Al lado del bar estaba la bicicletería de Velázquez —que era un gran ciclista en ese momento—, en la esquina había una gran ferretería de la que era muy asiduo, una fábrica de baldosas y de piletas de cemento para lavar ropa, un taller mecánico y en los alrededores había barracas de madera muy importantes, chacinerías, una marmolería, una química. Era una especie de pequeño pueblo toda esa zona”, recuerda.

El pequeño Rimer se paseaba de comercio en comercio absorbiendo el arte de hacer con las manos y se regodeaba en el entorno semirrural del barrio, que estaba en pleno crecimiento. “Era una zona de mucha efervescencia cultural popular, de confluencia de obreros, textiles, albañiles, chapistas. Ahí me eduqué. Para mí fue de un aprendizaje brutal, pude ver cómo se hacían las cosas y cómo se trabajaban los materiales. Esa fue una gran preparación”. Hoy, en Gral. Flores y Londres solo quedan vestigios de ese pasado. Ya no hay bicicletería, ni ferretería, ni el bar de su padre, solo grandes locales cerrados y abandonados con carteles de “Se vende” o “Se alquila”. Su casa de la niñez aún sigue en pie, pero como parte del barrio, también está a la venta.

En esa casa vivió una infancia y una adolescencia feliz. Desarrolló el arte del dibujo, en parte por una predisposición natural y en parte inspirado por los trabajos que su padre hacía en acuarela como hobby. A los 6 años de edad ya “daba clases” a sus compañeros de escuela. “Les hacía copiar al Pato Donald o cosas así y les corregía”, dice entre risas. Las maestras fueron sus primeras clientas por encargo, ya que lo tenían como dibujante oficial para armar los afiches de las actividades escolares. “No me daban tregua ni días libres, eso lo tenía que hacer como deberes o los fines de semana”. En ese momento todavía no se vislumbraba como un futuro artista visual. Sus padres querían que fuera arquitecto —realizaba muchos dibujos de planos de casas— y él hasta llegó a evaluar ser veterinario, atraído por la naturaleza y el entorno agreste de su hogar.

Mientras cursaba en el liceo N°1 José Enrique Rodó, a través de un conocido tomó contacto con la industria textil y comenzó a hacer diseños de telas para la fábrica de Alpargatas y para Sudamtex. Dadas sus aptitudes artísticas y el conocimiento adquirido en dibujo, color y precisión, el camino natural a seguir luego de terminar el primer ciclo de secundaria era la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA), que en ese momento no era universitaria. Allí entró siendo un adolescente y pasó casi ocho años formándose con grandes maestros, entre ellos, Eduardo Díaz Yepes, Luis Mazzey, Octavio Podestá, Julio Marenales y Miguel Ángel Pareja. Y consiguió lo que pocos conseguían en ese momento: egresar de Bellas Artes.

El punto de quiebre

En plena década de 1960, en paralelo a sus estudios, Rimer comenzó a incursionar en otra industria: la publicitaria. Trabajaba como dibujante para una agencia de publicidad, hasta que un día decidió probar suerte junto con unos amigos y abrir su propia agencia a la que llamaron Zenit. La suerte no estuvo de su lado y luego de dos años tuvieron que cerrar, así que Rimer volvió a trabajar como empleado para otra agencia llamada DAM. Al poco tiempo le ofrecieron el puesto de director de arte. “Era un sueldo fenomenal para aquella época. En ese momento estaba en la ENBA y haciendo mi producción personal de obras. Los directivos de la agencia —muy buenas personas eran— vinieron a conversar conmigo y con mi padre, pero cometieron el error de decirme que yo tenía asegurada la jubilación si me empleaba allí. Entonces, en un pantallazo mental me vi envejeciendo en la agencia y yendo a cobrar a la Caja y les dije que no, que prefería tener una vida que no pudiera pronosticar, que estaba decidido a jugar la aventura de mi vida”, narra, “Y fue una gran decisión, porque si hubiera tomado ese puesto con ese sueldo fenomenal a los 24 años, no hubiera salido más de ahí. Ahora no me estarías entrevistando”, señala con la seguridad de quien ve la situación con el diario del lunes. Sus padres apoyaron la decisión y Rimer continuó forjando su camino en el mundo del arte. Trabajó en un taller de serigrafía, se unió al Club de Grabado de Montevideo y empezó a vender sus obras en distintas galerías.

En 1969 le ofrecieron una beca para ir a estudiar a la República Democrática Alemana (RDA). Allí fue en barco, acompañado del también artista Anhelo Hernández. Estudió en la Escuela de Arte y Arquitectura de Weissensee de Berlín y luego en la Escuela de Artes Gráficas de Leipzig. “Estuve más o menos dos años y medio en la RDA —que era la Alemania socialista— y como extranjero podía ir a la Alemania Occidental, así que vi todos los museos de Berlín Occidental y Oriental”. Los fines de semana los pasaba en los museos sacando fotos y dibujando, mientras que el resto de los días se encontraba en la escuela estudiando. “Ese período fue fantástico. Como yo pertenecía al Club de Grabado que tenía contacto con asociaciones de artistas en Polonia, Yugoslavia, Bulgaria, Rumania, estuve viajando invitado por esos países, fue espectacular mi experiencia. También hice viajes a Francia e Italia”. En París, la Biblioteca Nacional le compró algunas de sus obras y en una galería particular de Liepzig realizó su primera exposición fuera de Uruguay. “Me he olvidado de poner eso en el CV, ahora me estoy acordando”, recuerda en voz alta.

El objetivo de su ida a Europa era formarse y absorber conocimientos. “Lo que me interesaba más era ver museos, ver todo lo que no había aprendido intelectualmente. Todo lo que había visto en los libros en pequeñísimas reproducciones podía verlo en originales en el tamaño de gigantescos murales, eso fue lo que me impactó más”, cuenta. En Róterdam y Amberes se acercó a las grandes obras del Renacimiento, de la Edad Media, y del expresionismo alemán, y pudo ver de primera mano los trabajos de Rubens, “El Bosco”, Alberto Durero y el gabinete de grabados de la National Gallery de Berlín Oriental. “Había unas mesas como grandes billares con paños verdes pero sin las barandas y allí te traían las obras en grandes carpetones y podías tener los dibujos de Durero en tus manos; para mí era increíble que pudiera suceder eso. Fue una experiencia fantástica”, resume.

En Alemania se especializó en la técnica del grabado, que en Uruguay estaba depredada. “Las técnicas de litografía y de grabado en metal al nivel que las aprendí en Alemania no podían hacerse en Uruguay y nunca más se hicieron”, resalta. También se perfeccionó en fotografía, un elemento fundamental a lo largo de toda su obra. A su vuelta a Uruguay decidió separarse del Club de Grabado y fundar su propio taller, que funciona hasta el día de hoy. Allí dictó clases por varios años, hasta que en 1979 se trasladó a Estados Unidos movido por el amor más que por la carrera. “Me enamoré de una mujer que venía a Estados Unidos a hacer su maestría en educación”, cuenta. Estando allá, se vinculó con un profesor de la Universidad del Sur del Estado de Illinois, un biólogo que vio su trabajo fotográfico sobre insectos y quedó fascinado, y lo invitó a ser artista residente de la escuela de arte y a dar algunas clases. “No sabía si iba a quedarme”, señala. Dos años más tarde se trasladó a la Gran Manzana.

Lo permanente de lo provisorio

Cuando llegó a Nueva York tuvo que hacerse su propio camino, mostrando su obra en galerías como había hecho tiempo atrás en Chicago. Estados Unidos le brindó más oportunidades y se fue quedando. Casi sin darse cuenta, ya pasó más de la mitad de su vida allí, pero todos los años vuelve por uno o dos meses a Uruguay a visitar a su familia, dar talleres y exponer. Su calendario lo marca el año lectivo universitario, ya que trabaja como responsable de la dirección del departamento de artes gráficas de la Universidad Estatal de Nueva York en Purchase. “En diciembre de este año ya me jubilo, este es el último semestre y pienso tener más tiempo para ir a dar clases a Uruguay”, anuncia.

Afirma que la docencia siempre le gustó, en especial por los ambientes de intercambio que se generan. Cuenta que la introducción de la tecnología en el arte también ha influido en el alumnado. “Cuando recién aparecieron los programas de computación como Photoshop, había gente que no quería dibujar”, sin embargo, nota que las generaciones están cambiando. “Creo que ahora los estudiantes han aprendido que la computadora es una gran herramienta pero que ellos necesitan trabajar con sus manos, por eso a veces la rechazan. El ser humano necesita trabajar con sus manos, es muy importante, y no solo me refiero al dibujo tradicional, sino a cualquier otro tipo de artesanía. El contacto directo del material y del papel, la pintura, la tela, la escultura, la piedra, el tallado, la fabricación en barro de un objeto; creo que todo eso no va a perderse nunca”.

Entre dos mundos

“El arte de Rimer Cardillo cultiva evocadoramente otros tiempos y lugares en una mezcla de resonancias entre los fenómenos naturales y otros causados por el hombre, entre mundos antiguos y nuevos, entre América del Norte y América del Sur, entre inmigrantes y pueblos nativos, entre especies vivas y extintas. La visión del artista no permite la separación entre lo ecológico y lo social, ya que trabaja para exponer historias ricas en falsificaciones y contenidos llenos de evasiones”, explica el curador de arte Karl Emil Willers en el catálogo sobre la obra del artista, creado por el Museo Nacional de Artes Visuales con motivo de la exposición que presentó este año.

La muestra se tituló Rimer Cardillo: del Río de la Plata al valle del río Hudson; y en ella pudo apreciarse algunos de sus elementos más característicos de este último tiempo, como las instalaciones con forma de cupí (hormiguero en guaraní) y sus obras de papel de algodón en relieve. “El concepto es que yo estoy viviendo en dos mundos, participo de dos paisajes de dos continentes al mismo tiempo”, explica, y hace referencia a su continuo vínculo con Uruguay y a su lugar de residencia actual, precisamente, en el valle del río Hudson, ubicado a una hora y media de la ciudad de Nueva York.

Desde el balcón de su casa contempla un paisaje de montañas, bosques y ríos, desde el cajón de los recuerdos rescata las experiencias de camping en familia y los paisajes uruguayos de ríos, cerros, campos y playas. “Todas las experiencias las llevo dentro y se fundieron en esa serie de obras donde se reflejan las dos realidades que tengo”. Haberse instalado lejos del lugar que lo vio crecer lo ha hecho pensar y sin dudas influyó en su trabajo, pero Rimer se siente cerca de su país gracias a la tecnología. “Tenés mucho más presente los dos mundos. Por ejemplo, para muchos de mis amigos estadounidenses, Uruguay es una incógnita a pesar de que yo hablo del país, pero para los que estamos viajando, no lo es tanto. Toda la famosa globalización está erosionando las identidades culturales”, remata. Y esa misma identidad cultural es la que intenta rescatar en sus obras. “Trato de reflejar lo que soy: no puedo dejar de ser uruguayo y dejar de lado mi experiencia en Estados Unidos, tengo que resumir las dos cosas cuando trabajo. Aunque me he dejado llevar por la admiración de determinados periodos artísticos en un momento, siempre he tratado de mantener una cosa personal, que luego se traduce en un estilo, pero no porque lo haya buscado adrede, sino porque he sido sincero conmigo mismo. No puedo definir un estilo estético determinado, he ido creando un estilo propio”. Y ese concepto de reflejar lo que uno es, es uno de los principales planteos que les hace a sus alumnos. Por eso, es muy difícil encasillarlo dentro de un estilo artístico como se hacía en el siglo XX. “Si te resulta muy vanidoso... puede ser un estilo Rimer Cardillo”, dice entre risas, y en realidad, es la forma correcta de definirlo. Para Rimer Cardillo, el arte es su vida. “Continuamente tengo que estar trabajando. No concibo ningún momento en mi vida que no esté reflejando en mi obra”. Sus más de 50 años de trayectoria no lo agotan, por el contrario, se le siguen ocurriendo proyectos. “El arte está totalmente vinculado a mi vida y la enseñanza es parte de mi actividad artística también, no es una cosa separada”.

Obras de arte naturales

Su rutina no es tan rutinaria, en especial, si está de viaje dando clases o exponiendo. Cuando está en su hogar, por las mañanas lleva a su hijo de 14 años al liceo, va a dar clases en la universidad y luego se instala en su taller para crear. Allí se queda hasta las 18 horas aproximadamente, que es cuando empieza a cocinar. “Me gusta cocinar, pero lleva su tiempo y a veces me cansa un poco”. Después de eso ya no vuelve al taller, usa la computadora, mira algo de televisión y se acuesta temprano porque al día siguiente tiene que madrugar. Vive en un entorno más que apto para crear, alejado del ruido de la ciudad. Su taller está en su propia casa, y abarca toda la planta baja y un pequeño galpón exterior. En el segundo piso, el artista vive junto con su familia.

Estamos haciendo la entrevista por Whatsapp, así que a través de la videollamada insiste en mostrarme la vista desde su hogar. Rimer está en la amplia cocina —diseñada por él porque es el chef a cargo— y a espaldas de un living comedor muy iluminado. Se acerca a la ventana que da a un deck y allí, a través de la imagen un poco distorsionada del celular, me topo con una vista increíble de bosques, montañas y campo, y a sus pies —casi literalmente— con un lago. Me cuenta que tiene dos jardines y quiere bajar para mostrarme el taller, pero el tiempo nos apremia y prefiero que me siga contando su historia.

“Todas las amistades están a veinte minutos o a media hora de aquí y tienen unas casas muy interesantes que se han heredado de construcciones coloniales y de estilos ingleses que hacen mucho hincapié en la naturaleza, en los jardines”, y no necesito verlo para creerlo. “La vida es más distendida acá que en la ciudad, no quiere decir que sea menos trabajosa, pero es más distendida y hay más oportunidades de pasar el tiempo con los amigos. Hay un pueblito acá cerca al cual pertenecemos que parece un poquito el barrio de mi infancia, donde está la ferretería, el correo, una veterinaria y el bar”. Y así, como cerrando un círculo, Rimer Castillo viaja y vive entre varios mundos, los geográficos, los simbólicos y los artísticos.

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