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Rusia, a la distancia

La cobertura del Mundial dejó sensaciones encontradas: algunos lograron salirse del libreto con altura; otros eligieron la tilinguería criolla más decadente

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14 de julio de 2018 a las 05:00

El Mundial de Rusia copó (y copa, hasta mañana) la atención visual de buena parte del mundo. En Uruguay, la cobertura incluyó todos los medios disponibles, desde los textos más clásicos impresos con tinta en (el cada vez más extraño) diario de papel a varias plataformas digitales, cada una con su lógica y su sentido.

Para el que miró los partidos por televisión abierta, no hubo demasiada innovación en un formato bastante perimido. Entonces, qué lindo es mirar un partido de fútbol por televisión solo con sonido ambiente, sin relatores ni comentaristas, sin publicidades ni voces distorsivas que ensucien la acción sobre el césped de la pantalla. Rara vez sucede, porque los responsables de las transmisiones consideran que el match debe estar mediado por estas voces particulares, a las que se les puede gritar, insultar, aplaudir o defenestrar, sin posible alguna de respuesta.

Al contrario, no sucede lo mismo con la cobertura escrita, en la que es imprescindible una buena voz que guíe al lector, lo atrape y no lo suelte hasta el punto final. En ese sentido, una de las frases más contundentes de un periodista de raza que viajó a los primeros tres partidos de Uruguay sobre el certamen fue la siguiente: "En Rusia, el Mundial fue tangencial". Me la dijo Sebastián Panzl, que además publicó en esta casa (y en esta edición) una serie de crónicas exquisitas. Siempre un Mundial es una hermosa chance de contar sobre otras capas que mueve el gran fenómeno del fútbol. En el mismo ángulo, creo digno de destaque el trabajo de Gabriel Rodríguez, de El País, que a través de "hilos" en Twitter y videos que se difundieron en las redes, le otorgó a la cobertura una mirada oblicua sobre temas relativos a la historia, la sociología y la cultura rusa en general.

No escuché la totalidad de la cobertura radial que tuvo el Mundial, pero pocos sacaron sus ojos de la pelotita como para dar un marco mayor sobre la complejidad antropológica que sucede durante una Copa del Mundo. Por supuesto que era importante conocer la entidad del edema de Cavani antes del partido con Francia, pero las ciudades rusas otorgaban a la prensa demasiados gigantescos elefantes sagrados como para no reparar en ellos. Muchas veces, fueron los diarios extranjeros los que reflejaron mejor el sentido de "estar en Rusia", las vicisitudes de la gigantesca nación, mitad europea, mitad asiática, tan rica y compleja, tan infinita como sabrosa.

Nadie por aquí sintió la necesidad de denunciar de oficio la indignación de muchos ante escenas y situaciones que generó esta camada de comunicadores, básicamente hombres, que mezclaron el mal gusto con la ordinariez rampante.

Asterisco aparte de la cobertura de medios uruguayos en el Mundial lo tuvo un lote de programas, supuestamente cómicos (?) o de "color" (síntesis del lenguaje periodístico cuando no se tiene una referencia concreta del tema a cubrir), campearon por las pantallas y cifras del dial con una impunidad fruto de la distancia y de las brechas culturales con los anfitriones.

A diferencia del hincha argentino que fue expulsado del Mundial por tomarle el pelo a una jovencita rusa, nadie por aquí sintió la necesidad de denunciar de oficio la indignación de muchos ante escenas y situaciones que generó esta camada de comunicadores, básicamente hombres, que mezclaron el mal gusto con la ordinariez rampante.

Desde hace varios años, la televisión ha generado una camada de conductores auténticos cultores de la era de la idiotez, tipos de 40 años que juegan al eterno liceal. Quizá lo que hacía gracia hace tres lustros actualmente sea una bazofia demasiado recalentada. La visión que dieron de Rusia como un país de idioma ignoto, al que se le puede tomar el pelo e incluso robar frente a cámaras, para diversión de no se sabe quién, fue decadente.

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