3 de marzo de 2014 20:55 hs

Rusia desoyó las peticiones de la ONU para que se repliegue en Ucrania y parece hacer caso omiso a las amenazas –sobre todo económicas– que le llegan desde Occidente si avanza militarmente en aquel país. Sin embargo, las consecuencias de una invasión militar serían tantas y tan graves que varios analistas coinciden en que la fuerte jugada rusa no es más que una “guerra de nervios” que busca poner las cosas en el lugar que Moscú quiere.

El canciller ruso Serguei Lavrov compareció ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y sin medias tintas declaró que “los que han tomado el poder en Ucrania están imponiendo su victoria para atacar los derechos fundamentales de los rusos y hay que defenderse de esta agresión”. Se refirió así a la “agresión” de los proeuropeos, que se hicieron con el mando después de que el presidente Víktor Yakunóvich abandonara el país forzado por una prologada ola de protestas. Apenas llegó al poder el nuevo gobierno aprobó una ley que eliminaba el ruso como lengua oficial, lo que fue interpretado por parte de las regiones ruso parlantes como un avasallamiento de sus derechos.

El momento de mayor tensión, llegó a continuación cuando el Parlamento ruso aprobó el envío de tropas a Ucrania, lo que dejó la manos libres al primer ministro Vladimir Putin para iniciar una acción armada. Esto parecía agravar más la situación en Crimea –habitada mayormente por rusos– donde se había formado un nuevo gobierno pro ruso y adelantado un referéndum para decidir la independencia de Ucrania. Además desde el viernes milicianos –armados y uniformados pero sin identificación– habían tomado posiciones de en lugares estratégicos de Crimea y Rusia había intensificado el transporte de tropas a la base naval que tiene en esa región autónoma ucraniana. Ante la ONU Lavrov defendió la necesidad y legalidad de ese desembarco para “defender” a los “hermanos rusos” de Ucrania.

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Por si fuera poco, Rusia anunció ayer que construirá un puente sobre el estrecho de Kerch, que separa la península de Crimea de su territorio. La obra se había autorizado hacía meses y recién ahora decidieron darle comienzo, lo que acerca aún más a lo independentista de Crimea a su madre patria.

Pero este movimiento opuesto a las autoridades de Kiev se está extendiendo más allá de Crimea hacia otras regiones del oriente y sur de Ucrania. Ayer los manifestantes prorrusos controlaron la sede del gobierno local Donetsk - patria chica del depuesto Yanukóvich- y el parlamento regional de Odessa.

Amenazas de Occidente

Ante este avance de los rusos, Occidente debió desplegar su arsenal de amenazas. Gran Bretaña, Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, Estados Unidos advirtieron que las acciones de Moscú no son compatibles con las del G8 –grupo que integran junto a Rusia– y cancelaron todas las conversaciones preparatorias para la cumbre del bloque se realizaría en junio en Sochi.

“No estamos simplemente evaluando aplicar sanciones contra Rusia, sino que es muy probable que las concretemos y lo estamos preparando”, dijo en una conferencia de prensa un vocero del Departamento de Estado de EEUU. De acuerdo a los análisis que hacen en ese país, el necesario que tales acciones vayan acompañadas de sanciones europeas. Y a tales efectos se reunirán los líderes del bloque este jueves.

Según declaró el primer ministro británico David Cameron, habrá “presiones diplomáticas, políticas, económicas y de otro tipo”. Trascendió que evalúan limitar la entrega de visados a ciudadanos rusos y modificar el acuerdo marco de relaciones. Estados Unidos también analiza cortar relaciones comerciales con Moscú.

La venganza con el gas

Pero en una eventual guerra las consecuencias serían duras no solo para Rusia. Resulta que Moscú tiene a su favor la carta del gas que exporta a Ucrania y a los países europeos, que a su vez usan un oleoducto que atraviesa territorio ucraniano.

En este escenario Moscú puede cancelar su envío de gas –de hecho Ucrania ya duplicó las importaciones en los últimos días temiendo lo peor–. No sería extraño porque ya lo hizo como medida de presión en 2006 y 2009, cuando cortó el suministro en pleno invierno. Pero, como efecto búmeran, Rusia se vería perjudicada porque perdería los ingresos económicos correspondientes. Otra opción sería quitarle a Ucrania los beneficio que hoy obtiene en el precio del gas. De todas formas, los ucranianos ya deben a la empresa que realiza el suministro unos US$ 1500 millones.

Finalmente, la opción de la guerra, consideraron analistas rusos, estaría virtualmente descartada porque exacerbaría los ánimos de los nacionalistas ucranianos y los fortalecería en el poder. “La aparición en ese territorio de un contingente ruso sería una señal para que los radicales se activaran aún más, especialmente en la parte occidental y central del país”, estimó por ejemplo Alexéi Chesnakov, director del Centro de Coyuntura Política.

“Guerra de nervios”

Con tanto que perder, todos los países están en una situación compleja. De acuerdo con varios analistas consultados por la agencia AFP, lo mejor que se puede hacer es evitar que el conflicto crezca y que Moscú tome posiciones en el resto de Ucrania oriental.

En ese caso, Washington y otras potencias de la OTAN deberán encontrar maneras de ofrecer garantías a los cada vez más nerviosos estados del este de Europa de que se cumplirán los compromisos de defensa. También hay otras opciones intermedias como ser que el movimiento independentista de Crimea y Rusia formalicen la anexión.

Pero una de las soluciones que está sobre la mesa es la que propuso la canciller alemana Angela Merkel, uno de los pocos líderes Occidentales que tiene llegada con Putin. La canciller ha logrado que el primer ministro ruso acepte iniciar el diálogo diplomático en el marco de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). Merkel planteó una solución que busca atender el conflicto de fondo en Ucrania –la división entre pro europeos y pro rusos– que consisten en darle al país una estructura federal donde cada uno de las regiones tenga mayor independencia que ahora.

El próximo paso, según el director del Grupo de Expertos en Política de Rusia Konstantín Kalachev, dependerá de que Moscú encuentre un interlocutor en el gobierno de Kiev. Parece difícil que sea el bando ultra nacionalista ucraniano por lo que varios analistas rusos aventuran que la persona más probable sea Yulia Timoshenko, la ex primera ministra, liberada de la cárcel por las nuevas autoridades de Kiev. “Tiene muy buenas relaciones con Putin. Timoshenko quiere ser presidenta de Ucrania, pero es impopular” entre los nuevos gobernantes, declaró a Rossiyskaya Gazeta el politólogo ruso Stanislav Bolkovski.
“Me parece que es una guerra de nervios”, consideró el analista Kalachev. “El mensaje es el siguiente: no tenemos intención de mantenernos como observadores pasivos, pero esto no significa que el gobierno ruso esté dispuesto a cruzar la línea roja. La autorización al despliegue de tropas en Crimea se puede interpretar más bien como un llamamiento para que haya unas negociaciones serias”, remató. Ayer el gobierno de Kiev afirmó que existía un ultimátum ruso para que las tropas ucranianas en Crimea se entregaran. Esto fue desmentido por Moscú, pero tal como sucede desde hace días, cada vez es más difícil diferenciar entre las amenazas reales y las retóricas.

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