La estancia de una querida y respetada familia de Florida fue copada. Al casco llegaron delincuentes con máscaras, guantes y bolsas de nylon en los zapatos; profesionales.
Amenazaron con armas de fuego y con violencia encerraron a la esposa y a sus hijos, luego de atarlos con brutalidad. Con el esposo fueron hasta la oficina en la ciudad a buscar plata, mientras dos maleantes quedaban controlando los rehenes en la estancia. Se vivieron momentos de indescriptible tensión y dramatismo. Afortunadamente, el dinero conseguido en el escritorio les resultó bastante a estos malvivientes y se dieron todos a la fuga sin hacer más maldades.
Este es el Uruguay que nos toca hoy vivir, un Uruguay que nunca conocimos antes. Sabíamos por referencias que estos terribles desastres sucedían en Argentina; un grupo de productores CREA que visitó a un CREA en Santa Fe, supo que a los 12 productores miembros les habían copado las estancias a punta de escopeta. Pero aquí no, hasta ahora.
Yo creo que esto no se puede tolerar y no se debe tolerar. Hay que saber decir basta. Veo declaraciones de jefes de Policía diciendo que hay que acostumbrarse a esta inseguridad, que llegó para quedarse. No, no y no. En otros muchos países han revertido una situación de inseguridad mucho peor que la nuestra, simplemente luchando seriamente contra este flagelo, no rindiéndose y acostumbrándose, como recomiendan algunos que deberían liderar la carga contra este problema. El verso que afirma que la inseguridad es culpa de la pobreza es falso y tramposo; la enorme mayoría de los pobres son honestos y además son las primeras víctimas (y las más indefensas) de los malandros.
La inseguridad crece por la falta de firmeza en hacer cumplir las leyes, por la blandura intelectual de creer que los delincuentes no tienen culpa al delinquir porque la sociedad los trató mal cuando eran chicos, como si la culpa de sus atropellos fuera nuestra y mereciéramos, las personas honestas y trabajadoras, que nos roben y nos agredan. Pensando así, como obviamente y explícitamente han pensado varios ministros del Interior y otras autoridades, ¿cómo no va a crecer la delincuencia?
La Policía ya no quiere arriesgarse para atacar a los delincuentes porque está atrapada entre autoridades que no la respaldan y un sistema judicial que exquisitamente se preocupa muchísimo por los pobrecitos delincuentes. Basta.
Esto está mal, es equivocado, está dando horribles resultados y se puede corregir sin ninguna duda. Además, arreglar la inseguridad es lo que quiere la gente de este país, de cualquier color político. Es clarísimo que acá se necesita línea dura que no es lo mismo que mano dura. Esto último es soltar a algunos policías agresivos demás a que peguen a gusto; eso no sirve. Liberar fuerzas bárbaras que terminan haciendo tanto mal como las que deben combatir.
Lo que se necesita es línea dura, un concepto amplio y coherente: empezando por autoridades policiales convencidas de su obligación de cuidar a los buenos ciudadanos y ser terribles perseguidores de todos los maleantes, grandes y chicos; siguiendo por policías motivados y respaldados para capturar a los malvivientes y juntar contra ellos las pruebas sólidas que ellos saben reunir; siguiendo por un sistema judicial que se deja de actuar con debilidad. No puede ser que ande suelto un malandro con 170 entradas. Y de esos hay cantidad, demostración andante de nuestra falta de voluntad como sociedad de defendernos de verdad.
Y por último, como los jueces interpretan las leyes, el Parlamento debe aprobar leyes durísimas y clarísimas para que ningún juez pueda dudar sobre su aplicación. En EEUU muchos estados tienen la ley que marca que a la tercera entrada a la cárcel (ya sea por robar una bicicleta) es cadena perpetua y se acabó. Luego de normas así de severas pero también así de justas, lo que la sociedad necesita es construir más cárceles, lo que no debería ser un problema para un gobierno que maneja un presupuesto anual mayor a los US$ 12 mil millones. Con los malandros irrecuperables irremediablemente encerrados de una vez y por larguísimos períodos, y los vocacionales nuevos malandros sabiendo lo que les espera, el Uruguay volverá a ser el país que fue y que nunca debió dejar de ser.