3 de septiembre de 2020 13:33 hs

Robin Harding

"¡Apoyen mi Abeconomía!" instó el primer ministro japonés Shinzo Abe en 2013. Y lo hicimos. En un triunfo histórico de creación de una marca,Abe convenció al mundo de que sus llamadas tres flechas conformadas por "una audaz política monetaria, una política fiscal flexible y una estrategia de crecimiento" transformarían la economía de Japón. Ahora que está dejando el cargo después de más de ocho años en el poder, es hora de evaluar: ¿La Abeconomía tuvo éxito?

La respuesta simple es que no. El objetivo central de la Abeconomía era lograr una meta de inflación del 2 por ciento. Sin embargo, incluso antes de Covid-19, Japón nunca se acercó más que a alrededor del 1 por ciento. Esto representa un fracaso.

Pero como un equipo de fútbol que no logró ganar el campeonato, la derrota no necesariamente significa que fueras malo sino que, simplemente, no eras lo suficientemente bueno. La Abeconomía tuvo sus buenos momentos. Para un mundo que está luchando con la "japonificación" — un deslizamiento hacia el estancamiento, hacia la deflación y hacia las tasas de interés ultrabajas — la Abeconomía ofrece poderosas lecciones.

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La primera lección es que la política monetaria funciona. La "bazuca" inicial de compras masivas de activos por parte del Banco de Japón (BoJ, por sus siglas en inglés) en 2013 fue extremadamente eficaz. Los rendimientos de los bonos cayeron; los mercados de valores se dispararon; y, lo más importante, el yen cayó por debajo de los ¥100 por dólar, una bendición para la industria japonesa. Los préstamos crecieron y el país disfrutó de un nivel de empleos récord durante los años del mandato de Abe. Es casi imposible argumentar que Japón hubiera estado mejor con tasas de interés más altas y con un yen más fuerte.

La segunda lección es que las economías débiles no pueden lidiar con los aumentos de impuestos. El día en que la Abeconomía fracasó fue el día en que el impuesto al consumo de Japón aumentó del 5 al 8 por ciento en la primavera de 2014. El aumento de impuestos fue planeado por una administración anterior, pero tanto Abe como el gobernador del BoJ, Haruhiko Kuroda, son culpables de la decisión de seguir adelante con el aumento, hundiendo al país en una recesión. Un aumento adicional de impuestos al 10 por ciento el año pasado tuvo los mismos resultados. Si prometes un estímulo y proporcionas moderación, obtienes fracaso. Ésa es, en resumen, la historia de la Abeconomía.

La tercera lección, siguiendo inmediatamente a lo anterior, es que la credibilidad lo es todo. Durante los primeros días de la Abeconomía, Kuroda prometió una inflación del 2 por ciento en dos años. Inevitablemente, esa promesa no se cumplió. Después de que el impuesto al consumo condujo a la recesión, la segunda bazuca de Kuroda en 2014 — la cual aumentó el ritmo de compra de activos a ¥80 billones al año — tuvo menos efecto. Para entonces, el hechizo se había acabado.

Ésta no fue la única forma en que la Abeconomía socavó su propia credibilidad. Por ejemplo, el gobierno nunca aumentó los salarios del sector público en línea con la meta de inflación del 2 por ciento. ¿Entonces, por qué debería haberle prestado atención el sector privado a la exigencia del Sr. Abe de aumentar los salarios?

La cuarta lección es que no se puede confiar sólo en las expectativas. Kuroda repetidamente explicó cómo funcionaría su política mediante el aumento de las expectativas públicas de una inflación futura. De hecho, hay indicios de que esto inicialmente sucedió, antes de que la recesión de 2014 matara las esperanzas de que la inflación realmente aumentaría. Una herramienta que depende de las expectativas nunca estará a la altura de una que directamente cambia las tasas de interés.

Esto es particularmente relevante dada la decisión de la Reserva Federal (Fed) de EEUU la semana pasada de adoptar un objetivo de inflación promedio, el cual compensará la baja inflación actual al permitir una más alta inflación futura. Los funcionarios de la Fed debieran tomar en cuenta que el BoJ ha tenido un "compromiso de rebasamiento de la inflación" desde 2016 que no ha hecho mucho bien.

La quinta lección de la Abeconomía es que los estímulos no causan problemas con la deuda pública, los resuelve. Desde 1990, la deuda pública de Japón como porcentaje del producto interno bruto (PIB) ha aumentado sin cesar, excepto por dos períodos: 2005-07, cuando la economía era lo suficientemente fuerte como para que el BoJ imprudentemente subiera las tasas de interés, y 2013-19, cuando la Abeconomía proporcionó suficiente impulso para permitir los aumentos del impuesto al consumo. El sector público sólo puede ahorrar más si el sector privado ahorra menos. La fortaleza económica es una precondición para el endurecimiento fiscal.

La sexta lección es la que ilustra los límites de una estrategia de crecimiento. Quizás la crítica más común a Abe en Japón es que él nunca cumplió sus promesas de reforma estructural. Es cierto que él nunca llevó a cabo las reformas más radicales, como acabar con las protecciones para el personal asalariado. Pero sí liberalizó el mercado eléctrico de Japón; abrió el país a los turistas chinos; paralizó a los grupos de presión agrícolas; y firmó dos enormes acuerdos comerciales.

Pero la mayor parte del crecimiento económico proviene, en última instancia, de más personas, de mejor educación, de acumulación de capital y, lo que es más importante, de nuevas tecnologías. Con la población de Japón en declive, la única "reforma" que seguramente expandirá la economía es la inmigración a gran escala, y el Sr. Abe con razón sintió que esa opción iba más allá de la economía. Tal vez él tenga la culpa simplemente por afirmar haber tenido una estrategia para reactivar el crecimiento. Pero, como no existe tal estrategia, su implementación no era el problema.

¿Dónde deja eso a Japón actualmente? Sus retos son mayores que nunca. Después del fracaso de un programa de estímulo supuestamente total, tal vez el público no apoye otro. Pero el "statu quo", con una inflación muy por debajo de la meta, es sintomático de una brecha crónica de la demanda, imperfectamente cubierta por una deuda pública en constante aumento.

Una opción es esperar, continuar con las compras de activos del banco central y ser optimista; ésta ha sido la postura básica del BoJ desde 2016. La alternativa es coordinar esas compras de activos aún más estrechamente con el gasto público.

Ése sería otro paso hacia la política inexplorada y potencialmente peligrosa del ‘dinero de helicóptero’. Pero para mantener la esperanza que Abe alguna vez vendió tan bien, es posible que Japón no tenga muchas alternativas.

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