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Selfies y turistas: los problemas del Gran Cañón

En el segundo parque nacional más visitado de EEUU, las fotos de los visitantes se están convirtiendo en un problema

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16 de junio de 2019 a las 05:03

¡Cuidado, selfis mortales!: el segundo parque nacional más visitado de Estados Unidos, el Gran Cañón, registra esta primavera boreal un pico inusual de muertes accidentales. A pesar de los llamados a la prudencia, los visitantes siguen tomando riesgos.

Desde lo alto de sus despeñaderos rojizos se extiende la inmensidad, centenares de kilómetros de áridos y sinuosos desfiladeros, en cuyo fondo el río Colorado continúa incansablemente su obra de erosión, comenzada hace millones de años.

A esa eternidad se unieron para siempre cuatro personas en la misma cantidad de semanas entre marzo y abril pasado.

El cuerpo de un turista japonés fue encontrado en una zona boscosa lejos de las abruptas laderas rocosas. Antes, una serie negra de tres caídas mortales, incluyendo un quincuagenario de Hong Kong que se desplomó al vacío mientras intentaba sacar fotos.

“Hay algunas barreras cerca de los miradores más populares, pero no queremos ponerlas en todas partes”, dice Kris Fister, portavoz del parque nacional, situado en el estado de Arizona. “Lo que hace especial a los parques es no tener una barrera que te separe de este lugar magnífico”.

“Les pedimos a las personas que permanezcan en los senderos designados y mantenerse a una distancia prudencial del borde. Es una cuestión de sentido común”, agrega la mujer, con pantalón caqui y camisa gris, uniforme de los rangers.

“Es también importante prestar atención cuando se toman fotos”, advierte.

En Mather Point, donde los autobuses desembarcan turistas apurados, el mensaje no siempre es escuchado.

Esta terraza natural, la más frecuentada del parque, es quizá el lugar de Estados Unidos donde se toman la mayor cantidad de selfis.

El borde opuesto del cañón está a 16 kilómetros a vuelo de pájaro. Hay barreras que protegen a los visitantes, pero un centenar de metros más lejos, una joven se aventura al borde del precipicio sin protección.

“Desde aquí podemos ver suficientemente bien, no veo razón para acercarnos al borde”, comenta Kathryn Kelly, turista británica, observando a un imprudente. 

“No es Disneylandia”

Entre la docena de personas que mueren en promedio cada año en el Gran Cañón, según las cifras del National Park Service, las caídas son, en realidad, inusuales.

La mayoría de los decesos están más bien ligados a las diferencias de altitud y al calor sofocante del verano. Carteles preventivos –“No te conviertas en una estadística”, “Bajar es opcional, subir es obligatorio”– advierten a los excursionistas a lo largo de los senderos que descienden a la base del cañón.

Al fondo del desfiladero, cerca de las aguas agitadas del Colorado, el Phantom Ranch les ofrece un lugar para pasar la noche, un descanso muy bienvenido luego de largas horas de marcha.

En los estantes del comedor comunitario un libro pasa revista a todos los decesos registrados en el parque: “Over the Edge: Death in Grand Canyon”.

Caídas, inundaciones súbitas, ahogamientos, tormentas, serpientes, suicidios, asesinatos. Hay muchas maneras de morir en el Gran Cañón.

Originario del estado de Michigan, Jim Stanley, de 71 años, leyó la obra antes de hacer frente a esta peligrosa maravilla, que espera a cerca de 7 millones de visitantes este año para celebrar el centenario de su designación como parque nacional.

“Eso no me desalentó”, afirma el hombre, con su pantalón de acampar firmemente sujetado por tirantes con los colores de la bandera estadounidense. “Al contrario, ahora soy consciente de los riesgos. Mucha gente lo da por sentado, pero el Gran Cañón no es Disneylandia”.

Un halo de misterio siempre ha envuelto al parque. Las numerosas desapariciones a lo largo de los años a través de su vasto territorio lo han hecho una especie de triángulo de las Bermudas terrestre.

Un choque de dos aviones sobre el cañón causó la peor catástrofe de la aviación comercial de la historia en su momento. Murieron 128 personas. Era 1956, mucho antes de la proliferación de las selfis.

 

AFP

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