26 de octubre 2020 - 18:14hs

Sergio Abreu, abogado de profesión, trabaja desde hace 13 años para la farmacéutica alemana Merck Group, dedicada al cuidado de la salud, la biotecnología y el desarrollo de materiales de alta tecnología. En 2013 asumió el puesto de director regional para Latinoamérica del área Compliance de la empresa, rol que desempeñó desde Uruguay hasta 2019, cuando le ofrecieron viajar a Singapur para tomar el puesto de director regional para la zona Asía Pacífico.

Charla familiar mediante, Sergio y su esposa Rosina decidieron aceptar el reto y vivir por dos años a más de 15 mil kilómetros de sus familias. Siempre habían tenido la ilusión de vivir en el exterior y cuando se les presentó esta oportunidad, dijeron que sí “un poco sin pensarlo”.

“Sabíamos que queríamos vivir la experiencia de estar en una cultura absolutamente diferente a la nuestra y en una ciudad con ciertas características que no son fáciles de encontrar en el mundo, (supermoderna, muy regulada, limpia, chiquita, con mar)”, dice el abogado.

En febrero de 2021 esos dos años llegan a su fin y la pareja, aprovechando que sus dos hijos aún son pequeños (3 y 5 años), está barajando la posibilidad de radicarse en alguna otra parte del mundo antes de volver a Uruguay, pero en un destino más cercano que Singapur. “Yo seguiría trabajando en la compañía”, aclara Abreu.

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Adaptarse a Singapur les fue fácil a nivel familiar, ya que es una ciudad muy preparada para recibir a los extranjeros, que son casi la mitad de la población del país. Uno de los idiomas oficiales de Singapur es el inglés, se conduce del lado izquierdo (herencia de haber sido colonia británica) y las normas y castigos son muy estrictos, tanto en las cosas pequeñas (por tomar agua en el subte, por ejemplo, la multa puede llegar a los mil dólares), como en los delitos graves, que pueden ser penados con prisión más latigazos (conocidos como caning), avalados legalmente. “Todo eso resulta en que tú puedas salir de noche a la hora que quieras, usar la ropa que quieras, hacer lo que te dé la gana cuando quieras donde quieras, porque no te va a pasar nada”, relata Abreu.

¿Puntualmente en qué consiste su rol?

Yo soy el director del área de Compliance de Merck Group para Asia Pacífico. Esta área de la industria farmacéutica se concentra en prevenir y reaccionar ante casos de corrupción o soborno. También hacemos las investigaciones internas de la compañía cuando existe alguna denuncia. Somos como el brazo ético e intentamos que el negocio se desarrolle bajo las normas éticas según lo dispone la normativa internacional, regional y local.

A nivel laboral, ¿qué diferencias notó en las formas de trabajar?

Manejo equipos de toda Asia (India, China, Hong Kong, Taiwán, Indonesia) y Australia, y me tocó tratar con culturas con las que no había interactuado antes. Lo que más me sorprendió fue la dificultad que implica tratar con Japón, que no lo tenía previsto. Tenía más miedo de tatar con China y China me resultó muy fácil, pero la forma de trabajar de Japón, su orientación en los procesos, su forma de resolver un problema es muy diferente a la nuestra y eso me planteó un desafío grande.

Después vas conociendo cada una de las particularidades de las culturas, te vas adaptando o tratando de entender cuáles son los aspectos a atender para poder relacionarte desde el punto de vista profesional de mejor manera. Recorrí todos estos países de Asia por trabajo y descubrí un montón de realidades y de formas de vivir que nada tienen que ver con la nuestra. No me pasaba tanto en Latinoamérica cuando viajaba, de un país a otro más o menos se mantenía una uniformidad, acá es muy diferente cada país.

¿Cómo repercutió la pandemia en su labor y en su vida personal?

Estuvimos en Uruguay hasta mediados de enero, después en febrero empezó a complicarse la cosa acá y la compañía sugirió fuertemente que no se hicieran viajes, salvo que fueran necesarios, así que dejé de viajar. En marzo nos fuimos una semana de vacaciones con la familia a Sidney, cuando todavía se podía viajar, pero a la semana de volver prohibieron los viajes. Desde entonces no viajé más, todo pasó a la virtualidad.

Nos tuvimos que adaptar a transformar todo el negocio en virtual, que tiene sus pros y sus contras, obviamente, pero dentro de todo lo pudimos llevar adelante. Creo que el desafío más grande para todas las personas que trabajamos en oficina fue el hecho de tener que hacerlo desde casa. Eso al principio me costó mucho, porque los chicos estuvieron dos meses sin clases y están en el pico de su actividad física. Vivimos en un apartamento y no podíamos ni bajar a la piscina. Fue duro, pero a principios de junio los chicos comenzaron de vuelta las clases y yo volví a la oficina hace un mes —voy el 50% del tiempo, que es lo que el gobierno permite hoy. Más allá de que seguimos con muchas restricciones, hacemos vida normal dentro de Singapur.

¿Considera que la compañía seguirá trabajando de forma virtual y que los viajes descenderán cuando la situación se normalice?

Sí, las compañías hoy viven en permanente evaluación de sus costos y de sus estructuras; lo que hizo esta pandemia fue apurar el cambio virtual que muchas compañías estaban pasando a una determinada velocidad. Creo que todo eso ayuda a que las compañías estén en una mejor posición para decidir sus nuevas estructuras en base a lo virtual y que sin duda, los que tenemos trabajos que implican viajar, viajaremos un poco menos y utilizaremos más el contacto virtual.

¿Cómo evaluaría su experiencia en el exterior?

La evalúo como algo mucho mejor de lo que pensé. La decisión fue más como matrimonio, con la idea de ir a vivir una experiencia desde el punto de vista personal. Lo profesional obviamente que también se consideró, pero yo lo pensé desde el punto de vista de conocer nuevas culturas, nuevos países, de someterme a desafíos nuevos. Creo que vivir en un país como Singapur, que es tan diferente al de uno, con esa facilidad para adaptarse a él, ha hecho que disfrutemos de cada minuto de nuestra experiencia acá. Los chicos se han movido en un ambiente que no estaba en nuestros planes, hablan inglés muy bien, hablan bastante chino, tienen amigos de todo tipo de nacionalidades y contextos, creo que todo eso suma y a la edad que ellos tienen les da un montón de herramientas, que también fue parte de lo que vinimos a buscar. Nuestra idea es volver a Uruguay y que ellos se críen allí cuando el más grande tenga a partir de 8 o 10 años.

En resumen, ha sido algo que le recomiendo a todos los que tengan la posibilidad, más allá de que tiene su lado difícil, que es separarse de la familia, pero incluso como núcleo familiar te da la posibilidad de una interacción más intensa con tus hijos, porque el tiempo que uno tiene lo pasa con ellos. Para nosotros fue una experiencia que haríamos mil veces más.

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