Mundo > Ataque de odio

Sri Lanka y una barbarie sin fin

Los atentados de Sri Lanka no solo traen otra vez a la discusión el terror del Estado Islámico, sino también el salvajismo que anida en los odios sectarios de varias partes del mundo 

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28 de abril de 2019 a las 05:00

Sri Lanka, el viejo Ceylán, esa isla que se desprende en forma de lágrima del subcontinente de la India, vuelve a ser noticia y, otra vez, por trágicas razones. El domingo de Pascua una serie de atentados coordinados contra tres iglesias y tres hoteles cinco estrellas dejó más de 250 muertos y más de medio millar de heridos. Las autoridades redujeron el jueves en más de un centenar el balance de víctimas fatales y anunciaron que el saldo es de 253 personas fallecidas y no de 359 como se había informado, ya que algunos cuerpos mutilados habían sido contados varias veces.

El lunes el gobierno de Sri Lanka culpó a un grupo local de extremistas musulmanes por los atentados. Pero el nivel de sofisticación y coordinación, sumado al hecho de que el ataque contra las iglesias católicas se produjo en pleno Domingo de Resurrección, sugerían que podía haber algo más. Los expertos –y algunos no tan expertos– en las cadenas británicas y estadounidenses apuntaban a algún tipo de organización internacional. Y ya el domingo por la noche empezaba a sonar otra vez el nombre del Estado Islámico.

Finalmente el martes, el grupo yihadista  se atribuyó los atentados a través de su agencia de noticias Amaq, publicando los nombres de los terroristas suicidas como miembros de su organización y una foto de Zahran Hashim, el clérigo musulmán que ha sido identificado por las autoridades de Sri Lanka como el líder de los atentados.

La gran pregunta ahora es si el Estado Islámico está de regreso, tras su estrepitosa derrota en el Levante, cinco años después de haber declarado su califato de terror en buena parte de Siria e Irak, y si ahora se ha replegado a una fase de atentados masivos coordinados como los que en su día perpetraron en París y Bruselas. Es difícil afirmarlo con la ligereza de los panelistas en los sets de televisión. En primer lugar, no sería la primera vez que el Estado Islámico se atribuye falsamente un atentado; lo ha hecho en el pasado, no una, sino varias veces. Y luego, el tamaño de su derrota ha sido aplastante. Algunos informes de la inteligencia rusa filtrados a la prensa de ese país sugieren la total desarticulación militar del grupo, tras el letal golpe en el espinazo sufrido en Siria e Irak. Eso le ha restado notoriamente alcance a su estrategia de propaganda para reclutar militantes en otras partes del mundo, señaladamente en Europa.

Sin embargo, su condición como la única organización global heredera de Al Qaeda, de ideología yihadista y con capacidad y experiencia para apoyar atentados terroristas en todo el mundo, podría seguirle granjeando atractivo entre jóvenes musulmanes extremistas, marginados de sus sociedades, o lobos solitarios. Sobre todo, porque hasta ahora no ha surgido ninguna otra de esas dimensiones y características. Si acaso, lo único que logran quienes se apresuran a atribuirle atentados antes de que el propio grupo lo haga, es justamente hacerle propaganda gratis, y acaso hasta provocar que se los atribuyan falsamente. Un poco de cautela en estos expertos y supuestos expertos, muchos de los cuales evidentemente no han leído un solo informe de inteligencia, sería lo más ético, sobre todo en un asunto tan delicado y potencialmente devastador.

Los comunicados de los servicios de inteligencia de la India al gobierno de Sri Lanka, que ya dos semanas antes advertían de los atentados, no hablaban de la participación del Estado Islámico, sino solo de Hashim y su grupo de extremistas locales, conocido como Tawheed Jamaat. Aunque, desde luego, eso no quita que puedan haber recibido apoyo del Estado Islámico desde el exterior. Particularmente inquietante resulta el nivel de coordinación, la cantidad de víctimas y las dimensiones del daño, lo que remite a operaciones, cuando menos, de terrorismo internacional. Además de una comparecencia el martes del ministro de Defensa de Sri Lanka ante una comisión especial del Parlamento de ese país, donde dijo creer que los atentados habían sido en represalia por la masacre de marzo en Nueva Zelanda, donde 50 musulmanes perdieron la vida a manos de un supremacista blanco.

Pero tratar de entender la barbarie de Sri Lanka en clave de atentados contra musulmanes y cristianos en otras partes del mundo podría ser un poco engañoso. Especialmente habida cuenta de la complejidad de su identidad, y de los conflictos étnicos y religiosos que han tenido lugar allí en los últimos 100 años. Sri Lanka no es precisamente un modelo de pacificación. No se trata de una plácida isla en medio del Océano Índico donde de pronto irrumpió esta violencia sin precedentes.

La gran mayoría de la población, más del 70%, es de origen cingalés y fe budista. La minoría mayor, cerca del 13%, es tamil y practica la religión hindú. Estos dos grupos han estado en permanente conflicto desde el inicio del dominio británico en 1815. Y los musulmanes constituyen algo más del 9% de la población; hablan tamil pero se identifican como un grupo étnico distinto al de los tamiles. En tanto la minoría cristiana de la isla, un 7%, casi todos católicos, provienen indistintamente de las etnias cingalesa y tamil.

Un legado colonial

Desde el siglo VII, cingaleses budistas y tamiles hinduistas convivieron pacíficamente en la isla. Hasta que llegaron los ingleses. Con su lógica colonial de “divide y reinarás”, la políticas británicas dieron origen a una gran discriminación étnica contra los cingaleses, que a la partida de los británicos –como sucedió en otras partes, como en Sudán–, desembocó en una sangrienta guerra civil poscolonial.
La guerra duró 26 años y terminó en 2009, con un saldo de 100.000 muertos y la derrota de los llamados Tigres Tamiles, que fueron los precursores de los atentados suicidas modernos. Pero el conflicto en Sri Lanka subraya una característica muy poco conocida en Occidente, y acaso difícil de comprender para la mentalidad occidental, en particular para los seguidores de las corrientes New Age: y es el extremismo budista, que también puede ser violento y cruel, y que no solo se da en Sri Lanka, sino también en Birmania y otra partes del sudeste asiático.

Durante años, en Sri Lanka, los extremistas budistas han atacado y perseguido no solo a la población hindú, sino también, y con particular saña, a los musulmanes y a los católicos, quienes además han sufrido la discriminación desde el Estado. También los Tigres Tamiles barrieron con poblaciones enteras de musulmanes durante la guerra. Y esos odios y resentimientos perviven entre las diferentes comunidades de la isla. Lo curioso es que entre los musulmanes y los católicos nunca había habido mayores problemas. De modo que los atentados del domingo vienen a agregar un conflicto interno más a la convulsionada Sri Lanka, por si faltaba alguno.

El odio anti-islámico

Y es que en general, los musulmanes de Sri Lanka siempre habían sido una comunidad mayormente pacífica, muy a pesar de la violencia y de la retórica de odio a menudo lanzada en su contra por monjes budistas que han promovido linchamientos y escraches de todo tipo. En 2014 las constantes diatribas incendiarias contra musulmanes terminaron en unos disturbios que dejaron cuatro muertos y miles de desplazados. Y últimamente se habían extendido a las redes sociales. El año pasado, una andanada de noticias falsas y de propaganda anti-islámica difundida a través de Facebook volvió a espolear los odios; y se volvieron a suceder los ataques violentos contra musulmanes en varias localidades de la isla, dejando varios heridos y a un hombre incinerado.

Por eso lo primero que hizo el gobierno de Sri Lanka el domingo fue cortar el acceso a todas las redes sociales. La medida ha sido muy controvertida, pero si se empezaban a difundir otra vez camelos varios y noticias falsas sobre los ataques, ningún musulmán en la isla estaría a salvo; y las chances de caer en una espiral de violencia masiva fuera de control estaban a un chispazo de desatarse.

Sin embargo, el estado de emergencia decretado por el presidente Maithripala Sirisena, concediendo al ejército poderes extraordinarios para detener ciudadanos y allanar domicilios, ha lanzado escalofríos sobre las comunidades musulmanas y tamiles. La enorme mayoría de los efectivos militares son cingaleses, algunos de ellos acusados de crímenes de guerra y nunca juzgados. Y que ahora tengan poderes especiales sobre esas poblaciones que antes masacraron, debe dar miedo a más de uno.  

Que haya habido o no participación del Estado Islámico en los atentados de Sri Lanka es una preocupación para el mundo. De confirmarse más allá de toda duda, sería una noticia por demás inquietante, tanto para las capitales occidentales como para las comunidades cristianas en todo el planeta. Pero en las viejas tierras de Ceylán, ya es una tragedia incalculable, que con o sin Estado Islámico de por medio, podría tener unas consecuencias catastróficas. 

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