Básquetbol > EL JUGADOR EN LLAMAS

Storm Warren, un niño a la deriva, un hombre solidario

Creció sin padre y a los 10 años su madre fue a la cárcel, se metió en problemas pero a través del estudio y el deporte salió adelante

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10 de enero de 2020 a las 05:02

Storm Warren tiene un porte que intimida. Mide 2,01 metros y pesa alrededor de 100 kilos de pura musculatura. Es uno de los mejores pívots de la Liga Uruguaya de Básquetbol y también uno de los mejores extranjeros del certamen. De su mano –y su capacidad reboteadora– Biguá tiene un andar perfecto en el Clausura (cuatro triunfos al hilo). Pero el nacido en Monroe, estado de Louisiana, es mucho más que un jugador de básquetbol. Es uno de esos héroes silenciosos que andan por la vida sin capa ni antifaz.  

Era muy chico cuando conoció el lado oscuro de la vida. Y en una simple pregunta se desata la tormenta. 

¿Por qué te llamás “Storm” (Tormenta)?
Mi padre me puso el nombre, pero nunca estuvo conmigo mientras crecía, así que nunca le pude preguntar cuál fue el origen de mi nombre. Todos me lo preguntan y sigo sin saberlo.

¿Fuiste criado por tu madre?
Si y no. Más bien fui criado por mí mismo.

¿Desde qué edad?
Desde que tenía 10 años. 

¿Qué te pasó?
Mi madre fue a la cárcel.

¿Y tu padre?
No sabía dónde estaba. 

¿Y qué hiciste?
Me las arreglé solo. También tenía una hermana y cuatro hermanos.  Yo soy el más joven.  

¿Te cuidaron tus hermanos?
No. Yo cuidé de mí mismo. A veces no los veía por una o dos semanas, éramos todos chicos y yo soy el único que terminó la escuela.

¿Y qué hacías?
Hice cosas de las que no estoy orgulloso, pero hice lo que tenía que hacer para comer. 

¿Fue difícil no meterte en problemas?
Para ser honesto, fue imposible no meterme en problemas (risas). Lo primero es que no te atrapen y mientras no te atrapen estás a salvo.

...

Hay partes de la historia que son como cicatrices que no se tocan. Pero hay silencios cómplices y arqueos de cejas para la verdad revelada: Robar para comer; delinquir para poder sobrevivir. 

“Tuve que crecer muy rápido para asegurarme de que iba a estar bien”, explica. 

“La pregunta que siempre rondó en mi cabeza es ‘¿qué querés hacer de tu vida?’ Y si bien no sabía qué hacer con mi vida sí sabía qué no tenía que hacer para perder mi oportunidad. Ese fue el comienzo de todo”, cuenta.

Había un ómnibus que lo llevaba a la escuela y hubo un ángel que se cruzó en su camino: el entrenador de básquetbol del liceo Ritchmond de Monroe: Terry Martin. 

“Fue el que me metió en el liceo y en el deporte. Yo iba solo tres veces por semana y mis calificaciones eran buenas, eran todas A o B. Iba cuando podía porque otros días necesitaba dinero para comer o comprarme ropa y tenía que arreglármelas solo”, expresa.

“Él estaba sorprendido por eso y me preguntó qué quería hacer en mi vida. ‘Quiero una mejor oportunidad para mí’. Él jugó en Europa profesionalmente varios años, y me prometió que si iba a clases todos los días, terminaba los estudios y conseguía una beca me iba a pagar por ir a la escuela. Así fue cómo empecé a ir todos los días. Me di cuenta que necesitaba terminar los estudios fuera bueno o no en básquetbol, porque ir a la Universidad me podía cambiar la vida”, recuerda.

“Mi entrenador ayudó a mucho chicos, cambió muchas vidas y salvó vidas sacando chicos de la calle. Es una gran persona. Todo sin esperar nada a cambio porque no sale en la televisión y no da entrevistas. Lo hace porque le importa y le hizo ver a muchos chicos la importancia del estudio y los ayudó a entrar a la Universidad y a tener una mejor vida”.

Ese ejemplo de vida y de vocación solidaria inspiró tanto al basquetbolista que hace dos años creó la Fundación Storm Warren.  

“Aún sigo construyéndola porque la mayoría de las personas quiere que la fundación sea de deportes, pero yo quiero que sea un reflejo de los estudios académicos. La Universidad no es para todos, quiero ayudarlos a entender que aún si no vas a la Universidad puedes tener una buena vida y para eso tenés que ser aplicado y trabajar. Cuando voy a casa cada verano es de lo que les hablo a los chicos, del valor de tener un trabajo, de ser aplicado, de vestirse apropiadamente, de hablar correctamente, de cuidarse de sí mismos y de hacerse adultos”. 

Si hubieras visto las cosas que yo vi cuando era chico te darías cuenta de que querrías algo mejor para vos. Y si yo quería algo diferente para mí, debía hacer algo diferente. Ese fue el concepto de mi niñez. No sabía mucho cuando era joven, solo sabía que si no quería morir o terminar en la prisión tenía que hacer algo diferente. 

La Fundación está en Monroe, su ciudad natal. “Trabajo con chicos. La parte triste es que puedo trabajar con los chicos en verano, pero cuando voy al verano siguiente a veces no tengo la misma cantidad porque algunos puede que no sigan vivos. Nunca sabés. Algunos mueren al meterse en problemas. Tuve 15 chicos una semana y a las dos semanas los quise llevar al colegio y solo tenía cuatro porque vuelven a las calles y es difícil sacarlos de las calles”, explica. 

“Me siento obligarlo a hacer algo. Nadie le dijo a Terry que haga algo para mí y cuando llegás a cierto punto de tu vida está bueno hacer algo por los demás”.

Para Worm, el cable a tierra que lo alejó de sus problemas y de las carencias de su niñez no fue el básquetbol. Fueron los libros: “El estudio fue lo que me ayudó. Nunca antes había jugado al básquetbol, no sabía ni las reglas, no sabía nada. El básquetbol era muy difícil para mí. Pero yo era inteligente. Con tres días era casi un estudiante con honores y nunca iba los cinco días al liceo. Cuando empecé a ir los cinco días fui un estudiante con honores y hasta integré el club de ciencias. Mi entrenador me dijo que si no conseguía una beca con el básquetbol podía conseguir una beca académica”.

La beca llegó y Worm entró a la Universidad de Louisiana. Se graduó en negocios, armó su valija y se convirtió en basquetbolista profesional. Jugó en Alemania donde el impacto cultural le costó tanto que llegó a sentirse "deprimido", Finlandia donde cambió su cabeza y empezó a adaptarse a pesar del frío y las cuatro horas solares al día, dos temporadas en Francia donde se sintió muy a gusto y tres en Israel donde llegó con miedo porque pensó que iba a vivir bajo crímenes, guerra y bombas, pero donde la vida era muy tranquila, Jerusalén lo cautivó porque es cristiano y en lo deportivo logró dos MVP y dos ascensos. En enero de 2019 llegó a Biguá en lugar de Dane Johnson y en esta temporada renovó su vínculo. 

“Cuando me retire quiero ser corredor de bolsa y trabajar en el área para la cual estudié y me gradué. No quiero ser entrenador aunque sí me gustaría trabajar con chicos para enseñarles fundamentos y desarrollar habilidades”, dice el pívot que fue un niño desamparado a un hombre que logró comprar su propia casa en Baton Rouge, la capital de Louisiana.    

“Antes de mi año senior en la Universidad mi madre salió de la cárcel. Restablecimos la relación, la veo cada verano cuando vuelvo a Estados Unidos, hablamos y la ayudo con lo que puedo. Su vida es mucho mejor ahora, pero aún sigo sin saber dónde está mi padre. De mis hermanos uno es entrenador personal y nutricionista, y mi hermana es enfermera. El resto está en la cárcel”. 

Su disfrute en Biguá
"Estoy feliz de haber venido a Biguá que es uno de los mejores clubes de la Liga por su profesionalismo. Pero además es un club de buena gente, es muy difícil encontrar en equipos profesionales gente que te trate como una persona y no como un atleta y en Biguá me tratan como si fuera familia. Si tengo problemas fuera de la cancha me ayudan. En Europa no era lo mismo, todo era más frío", dijo Warren que promedia 19,3 puntos y 9,7 rebotes en esta temporada.

"Personalmente quiero ganar el campeonato este año, pero ahora hay que ir paso a paso, asegurarnos de hacer bien las cosas chicas y hacerlo lo mejor posibles. La lesión de Martín (Osimani) influyó mucho, él juego un rol muy importante en el equipo. También todos los cambios de integración que hemos tenido: cada vez que viene un jugador nuevo, los roles de cada uno cambian un poco y hay que ajustar cosas constantemente", agregó. Sobre Martín Osimani tuvo palabras de elogio: "Cualquier interno lo querría tener en su equipo, es muy experimentado, lee el juego, anota, involucra a todos y mantiene al equipo balanceado".
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