Los gobiernos que desprecian al mercado como asignador de recursos siempre caen en la trampa de dar subsidios, con objetivos siempre loables y finales siempre lamentables.
Tal es el caso hoy en día de la lejana Tailandia. Allí el arroz es un producto que arrastra consigo el orgullo nacional, el mejor arroz. El gobierno actual creó un sistema de subsidios al precio del arroz, comprándolo a los productores por encima del precio de mercado. La idea era retener el grano y, al frenar las exportaciones, provocar un aumento del precio internacional que permitiera luego vender el arroz recuperando los subsidios pagados.
Toda la jugada fue una idea muy arriesgada, especialmente porque se estructuró apalancada (con deuda) y con incompetencia operacional; entró arroz de poca calidad de países vecinos y el buen arroz local empezó a perder calidad en los silos. Si a esto se le agregan salpicaduras de corrupción rampante y que los productores no han cobrado el arroz y están cayendo en manos de usureros para sobrevivir, el cóctel esta servido para un gran lío.
Efectivamente, las protestas en Bangkok son gravísimas, con muertos en las calles. Estas especulaciones de personas que creen que pueden manipular el mercado no son nuevas. Nada menos que Australia intentó hacerlo con la lana y el resultado fue el devastador fracaso de su programa de precios piso para los remates de lana, que cayó en 1989, dejando al país endeudado y con un sobrestock de lana de una cosecha mundial entera. Y se tardó más de una década en colocar ese excedente, generando precios bajísimos para la lana y caídas del stock ovino en todo el planeta.
Luego tenemos ejemplos de subsidios y fracasos con revueltas en países cercanos, como Argentina y Venezuela. En estos países, se subsidia de todo: la energía, el combustible, el transporte público y una larga serie de etcéteras, incluyendo diversos planes para dar plata a gente que no trabaja.
El resultado está a la vista: estos países naturalmente ricos se encaminan a transformarse en estados fallidos, con instituciones deterioradas, salida de capitales, inflaciones galopantes, descontento generalizado y protestas callejeras listas para explotar con consecuencias siempre imprevisibles. Y ni siquiera se puede decir que, a estos costos descomunales que serán pagados por varias generaciones, se haya conseguido al menos ayudar a los pobres. Al revés, los más desfavorecidos son quienes siempre cargan con el peso de los fracasos económicos; a los pobres solo les conviene una economía fuerte y creciendo a altas tasas, nada más.
Lo anterior no quiere decir que es inadmisible usar subsidios en una buena política económica. Hasta los economistas más liberales aceptan el concepto de subsidiar, en tiempos acotados, a lo que se llama “industria naciente”.
Fue lo que Uruguay hizo muy bien con la forestación: con US$ 66 millones de subsidios generamos, sobre el 4% de los peores suelos, una actividad que ya puntea entre las tres mayores exportadoras, y eso en solo un par de décadas. Excelente negocio para nuestra sociedad. Pero subsidiar a los que no trabajan aun pudiendo trabajar (apoyos a enfermos, discapacitados o ancianos de bajos recursos es distinto), subsidios al boleto, subsidios a la energía (dejando robar energía, por ejemplo), no son buenas ideas si el objetivo es un mejor país para todos en el mediano y largo plazo.
En cambio si el objetivo es capturar o mantener el poder hoy y no importa qué pasa luego, entonces sí se podría entender la expansión de planes y subsidios varios que vemos a nuestro alrededor.
En Uruguay tenemos una sensata conducción macroeconómica con algunas claudicaciones a favor de gente que acá piensa como los que conducen Argentina y Venezuela. Hay que preguntarse: ¿por qué hay que darle plata a gente en edad de trabajar, sana y fuerte? ¿Porque son pobres? Darle plata a gente pobre por ser pobre es dar limosna con plata ajena o comprar votos con plata de impuestos o las dos. Eso no corresponde a un país de primera. A los pobres hay que darles oportunidades, no limosnas, y eso se hace con una economía sana, sin subsidios entregados a troche y moche; por ese lado se avanza hacia el populismo, el fracaso económico, las revueltas y finalmente el sacrificio de generaciones de pobres a quienes se quiso ayudar. Lo que necesitan los pobres de cualquier país es un estado que no despilfarre; impuestos moderados; instituciones firmes; educación de calidad; empresas pujantes e inversiones altas.