9 de abril de 2013 18:31 hs

Cuando se habla de espectáculos de tango suele haber dos versiones: la de los que se deleitan con una versión for export de la danza nacida en el Río de la Plata y aquellos que consideran estos despliegues acrobáticos ajenos a su autenticidad. En ocasiones, no obstante, y de mano de bailarines y coreógrafos extraordinarios, sucede que ambos mundos se aúnan y dan como resultado un espectáculo inobjetable (como Tango argentino y los mejores tiempos de Tango x 2). Este no parece ser el caso del show Forever Tango, que se presentó en el Auditorio del Sodre el lunes y el martes y que hoy culmina su visita en el país en el marco de su primera gira latinoamericana.

Creado por el violonchelista argentino Luis Bravo, Forever Tango lleva 16 años presentándose en los escenarios de todo el mundo y ha sido visto por más de siete millones de espectadores. El show tuvo su debut en San Francisco en 1994, donde iba a estar en cartel dos semanas, pero permaneció casi dos años. Sus tiempos de apogeo fueron a fines de la década de 1990, cuando se convirtió en un clásico de Broadway y fue nominado varias veces a los premios Tony.

No obstante el renombre e historia que trae a sus espaldas, Forever Tango deja la sensación de haberse fosilizado en sus victorias. Por otra parte, el espectáculo –que cuenta con 30 artistas en escena, incluida una orquesta de 11 músicos– se presenta como algo que realmente no es: una recorrida por “el desarrollo cronológico del tango, reflejando la cultura y el modo de vida asociado a este género musical y su evolución en el tiempo (...)”, es el resumen que puede leerse en la página del Sodre sobre el show.

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Lejos de tener un hilo argumental, el espectáculo –dividido en dos actos que en total suman dos horas y 10 minutos– consta de 24 rutinas entre solos, números grupales y de canto, siendo la inmensa mayoría de ellas coreografías de parejas en solitario. Una pincelada a los orígenes del tango apenas se vislumbra en el inicio de la obra, en la que se desarrolla la típica escena del cabaret, con prostitutas escandalosas, compadritos peleadores y el infaltable El choclo sonando de fondo.

Atmósfera anticuada

Sea porque Forever Tango ha permanecido demasiado fiel a sí mismo o porque el paso del tiempo ha socavado su originalidad, el espectáculo exuda una atmósfera anticuada. Esto es visible en el repertorio (con tangos como Derecho viejo, La Cumparsita, Adiós Nonino, Quejas de bandoneón y Tanguera), pero especialmente en el estilo y repertorio del cantor, Martín de León, quien interpreta Uno y El día que me quieras, dos de las piezas más repetidas en los shows de tango, junto a Por una cabeza.

Incluso el vestuario huele a naftalina, cargado de color negro, brillos y faldas muy largas, que entorpecen una mejor visualización del movimiento de las piernas de las bailarinas.

Pero que el show sea más o menos disfrutable dependerá también del tipo de tango que el espectador quiera ver y de su conocimiento sobre este género. El público podrá disfrutar de una buena orquesta y de un gran despliegue de rapidez, voleos, ganchos, sacadas y saltos, así como de rostros adustos y dosis de pasión. Pero el que busque una continuidad narrativa (acaso una de las grandes falencias de los shows de tango y algo que la danza rioplatense todavía tiene que aprender de otras como el ballet) se sentirá decepcionado.

También lo hará el que pretenda ver otras de las múltiples facetas del tango. En el espectáculo de Luis Bravo no hay una sola milonga ni un vals (aunque sí un candombe). No hay canyengue, no hay conventillo, no hay melancolía, no hay despreocupación. Solo hay una bocanada de humor en el número de Ariel Manzanares y Natalia Turelli interpretando Felicia, que jugaron a ser borrachos y locos, algo que el público celebró, pero que en el contexto de la obra casi desentona.

Victoria Galotto y Juan Paulo Hovarth, los bailarines principales, son los que más brillan en el escenario y quienes despliegan las coreografías más arriesgadas, pero solo realizan tres piezas del show. El resto de las interpretaciones son oscilantes y quizá den cuenta de la ausencia de una dirección coreográfica (Bravo es un reconocido músico que ha participado en la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles y el Teatro Colón, entre otros, pero las coreografías están a cargo de los bailarines y Hovarth actúa como capitán de danza).

Esta carencia se vio reflejada en los aplausos de un público que celebró más a la orquesta, que tuvo uno de sus momentos álgidos en el solo del violinista Humberto Ridolfi interpretando Celos, de Jacob Gade.

Pero, así como algunas personas se fueron apuradas de la sala antes de que terminara el show –y se perdieron la interpretación de Bravo de la Quinta suite de Bach– también hubo quienes aplaudieron de pie. Después de todo, en el tango, como en la vida, lo importante no es solo lo que viene dado, sino lo que uno sale a buscar.

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