Una vez hace muchos años, tropecé con un error. En realidad no tropecé, me lancé sobre él directamente. Es lo que nos pasa a algunas personas, en cuanto vemos algo que puede hacernos daño, corremos hacia ello con inusitado frenesí, con un fervor enfermizo que no ponemos en nada más, para abrazarlo y aferrarnos con el alma misma.
Como era obvio, nos hicimos amigos. Los errores, como los ajos, se repiten constantemente y no existe forma de sacárselos de encima, a no ser que uno cambie la alimentación o, en el caso de los ajos, decidan que no debían haber sido comidos y se vayan por donde vinieron. Pero eso sólo lo hacen los ajos, que por más repetitivos que resulten a la larga, en determinado momento dejan de arruinar nuestra escasa reputación en las reuniones sociales y se van a mudar como si tal cosa.
Con los errores es distinto. A diferencia de las amarilieácidas, los errores persisten en lo que refiere a su repetición. Y no es por ellos, es por uno. Uno no se aferra al ajo aunque le moleste, pero se abraza a un error con la misma tenacidad con que une los brazos alrededor del mástil de un barco que se hunde, aún sabiendo que naufragará de todos modos.
Cada tanto pasa alguien y le dice que no es bueno prenderse de los errores, que es mejor y socialmente más valorado aferrarse a un rencor, y que hasta existen tangos que lo sugieren, o al menos lo recuerdan.
Pero quienes hayan atrapado errores, o bien hagan creer a los demás que casualmente tropezaron con ellos, sabrán que deshacerse de los mismos es como arrancarse un pedazo de uno, porque significa precisamente reconocer el error, eso que no quiere admitir que tiene pegado como si fuera un tatuaje, espantoso para algunos, complaciente para uno mismo.
Y así anduve mucho tiempo, caminando por ahí con mi error a cuestas, llevándolo con orgullo para que pasara como una gracia, para que los demás lo vieran como una de mis mejores virtudes, ya que todo lo que no se reconoce como falta debe ser aceptado cual mérito.
Pensé que había funcionado, siempre. Las personas aplaudían mi error como focas de circo, reían hasta que sus mandíbulas se desencajaban, mientras el error y yo nos regodeábamos en el éxito como cerdos en el barro del chiquero.
Pero un día, en medio de la algazara y la parranda, el error decidió cambiar su rol. Dejó de ser mi propiedad, mi compañero, y se apoderó de mí. Entonces dejé de ser el alegre propietario de un error para ser su víctima.
Quienes aplaudían como focas dejaron de batir palmas y apenas si se frotaban las manos antes de pararse e irse sin decir siquiera hasta luego. Los que reían a mandíbula batiente pasaron a batirle a la gente del barrio que el error me estaba ganando por goleada.
Es lo que tienen los errores, cuando uno los abraza demasiado pasa eso, que los abraza demasiado. Pero también hay que reconocerles el mérito de la satisfacción de abrazarlos, pues curiosamente en eso se basa su imperiosa necesidad de ser aprisionados, aunque no sientan nada.
Y allá iba, de un lado a otro con el error a cuestas, siempre bien recibido por quienes no lo conocían, e inmediatamente después descubierto para mi vergüenza.
Lo llevé de acá para allá. Se lo presenté a cientos de personas, tratando de convencerlas de que no era un error, pero a la larga siempre se dieron cuenta. Algunos lo festejaban, seguramente por convivir con un error similar, a otros les importaba un cuerno, porque a la mayoría de la gente los demás le importan muy poco. Pero cada tanto, a alguien le dolía mi error. Más que a mí.
Y a mí me dolía que le doliera, porque cuando alguien duele por uno, no sólo es un poco vergonzoso, también hace que se mire un poco a ver cuál es el problema. Y entonces miré bien, y me di cuenta que el error no era algo que me había encontrado porque sí, me di cuenta que el error era algo que había buscado, y que ahora era parte de mí mismo.
El error era yo.