El cinematográfico desvío de un avión comercial de Ryanair, interceptado en pleno vuelo por un MiG-29 de la fuerza aérea bielorrusa y forzado a aterrizar en su capital, Minsk, es el tipo de cosas que uno pensaría solo pueden ocurrir en la imaginación prodigiosa de autores como Ian Fleming, o John Gardner, a la hora de encomendarle una nueva misión a su famoso personaje, “el agente secreto de Su Majestad” Mr. Bond, James Bond.
Pero no. Estaba en las noticias, un domingo entreverado con las numerosas historias de espionaje de las series de televisión, pero era real.
Fue el pasado 23 de mayo. El autócrata bielorruso Alexander Lukashenko había ordenado personalmente desviar el vuelo –que iba de Atenas a Vilna, Lituania– porque en él viajaba el opositor exiliado Roman Protasevich y quería detenerlo. Engañaron al piloto de la aeronave, diciéndole que llevaba una bomba a bordo, y lo obligaron a descender.
Desde el exilio en Lituania, Protasevich manejaba un canal de Telegram muy popular entre los disidentes bielorrusos; y había sido una voz indesmayable durante las protestas masivas del año pasado, después de que Lukashenko se robara las elecciones en un fraude colosal para adjudicarse un peripatético sexto mandato.
Eso le valió al bloguero bielorruso la inclusión en la “lista terrorista” de los servicios secretos de Lukashenko, y quién sabe ahora qué destino funesto le aguarde al joven de 26 años en manos de los esbirros del régimen.
No es necesario enumerar aquí la larga lista de normas del derecho aeronáutico que ha violado esta acción inverosímil. De su ilegalidad no puede haber dudas. Tampoco creo que deba explayarme mucho más sobre quién es Lukashenko, un viejo conocido de esta columna: Dictador a la usanza de los antiguos líderes de las ex repúblicas soviéticas, apoyado en un gran aparato represivo y un férreo control de la población, es el principal aliado de Vladimir Putin de este lado del Berezina y su último bastión frente a los contornos de la OTAN.
Sin embargo, no deja de llamar la atención que los gobiernos europeos y el de Washington, que inmediatamente pusieron el grito en el cielo y aprobaron más sanciones contra Bielorrusia, hayan calificado a la acción como “sin precedentes”. Lo mismo que los principales medios occidentales, desde The New York Times hasta Le Monde.
Por supuesto que existe un precedente, y vaya si los sudamericanos lo recordamos. Fue cuando en 2013 el gobierno de Washington y varios gobiernos europeos pusieron en peligro la vida de un jefe de Estado de la región al negarle el espacio aéreo para obligarlo a aterrizar en Austria, creyendo que Edward Snowden viajaba de contrabando en el avión presidencial de Evo Morales.
Una vergüenza; pero por encima de todo, un abuso de poder intolerable y también una violación flagrante de varias leyes internacionales. Además, todo con el fin de capturar a alguien que, como Protasevich, no había hecho nada malo. Snowden había denunciado un crimen de Estado dentro de lo que se conoce como la figura del “whistleblower”, protegida por el derecho anglo-americano y, desde 2003, también por el derecho internacional.
Por eso Maria Zajarova, vocera de Exteriores del gobierno ruso, ironizó sobre la indignación de los gobiernos occidentales; dijo que padecen del mal de “quod licet Iovi, non licet bovi”, locución latina que podría traducirse como “lo que está permitido a Júpiter, no está permitido a los mortales”, desde siempre muy citada en círculos diplomáticos cercanos al Kremlin para aludir a la doble moral de Occidente.
Así, tras el reproche desde Sudamérica, algunos medios y capitales euroasiáticas se sumaron en el recuerdo del atropello cometido contra Evo Morales en 2013.
Desde épocas de la Guerra Fría Washington siempre ha desestimado este tipo de acusaciones como “whataboutism”, “argumentos Tu quoque” que se dice, en alusión a la famosa frase de Julio César “tú también, Bruto”.
Ahora no. Ahora pareciera que le duelen. Y hasta un editorial de The New York Times salió a rebatir la especie: “Hay una diferencia entre negarle el sobrevuelo a una aeronave y forzar el aterrizaje de un vuelo de línea comercial mediante falsa alarma y escoltado por un avión de guerra”, dice el ‘Paper of Records”, furioso de que las principales críticas habían venido “desde América Latina”.
Pues no, señor editorialista de The New York Times, no es lo mismo. Es peor. Porque al exigirle Washington a los gobiernos de Francia, España y Portugal que le cerraran el espacio aéreo para obligarlo a aterrizar en Viena, no solo violaron el derecho aeronáutico y el derecho internacional, sino que además pusieron en peligro la vida de un jefe de Estado; lo cual, como dijo en su momento la entonces presidenta argentina –en lo más sensato que debe de haber dicho en su vida–, fue “una humillación no solo para nuestros hermanos bolivianos, sino para toda la región”.
Yo, por si fuera necesario aclararlo, no soy anti Washington; siempre he sido un gran admirador de la cultura norteamericana. Pero creo que les convendría bajarse un poco del poni de la superioridad moral. Y más aun, dejar de sentar estos precedentes nefastos de violación al derecho internacional.
De lo contrario, cualquier dictador infame, y hasta despreciable como Lukashenko, te puede decir: “Tu quoque”.