Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

Turning points y la razón apasionada

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04 de noviembre de 2018 a las 05:00

De Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford para Magdalena Reyes Puig

Estimada Magdalena:
 

Turning points
 

Me instruye usted sobre el pob|re concepto que Spinoza tiene del arrepentimiento, al que no atribuye origen en la razón, y del que dice: “el que se arrepiente de lo que ha hecho es dos veces miserable o impotente”. Casi como el leit motiv de “Love Story”: “Amar significa nunca tener que decir: lo siento”.

Le ruego que me permita disentir. Sé que al hacerlo, me expondré a que alguien -alguien sensato- piense para sí: “Bueno, esto es patético; ved aquí cómo un desconocido bibliotecario se cree con derecho a discutir con Spinoza”. Pero me voy a arriesgar, sobre todo si, como me gusta creer, espera usted de mí no el silencio, sino la conversación.

Reconozco que, hace unos años, mi cerebro habría entrado en ebullición ante una afirmación tan deslumbrante y desmedida como la de Spinoza. Es el tipo de afirmación deslumbrante y desmedida que yo confundía a menudo con la verdad, porque identificaba la verdad con la emoción y el ruido de la fanfarria. Luego me radicalicé y absoluticé mi posición, y llegué a convencerme de que, detrás de cada emoción -y sólo ahí-, había necesariamente una verdad. Soñé así mucho tiempo mi sueño emotivo (como Kant su sueño dogmático). Pero ahora he despertado, y no puedo darle ese crédito a Spinoza. Ni aceptar su descripción del arrepentimiento, pues no parece corresponderse con la realidad. Lo inverso parecería ser cierto, es decir, que se trata de una virtud que nace de la razón y que es como la señal misma de que la razón (antes perdida) está de regreso. Vayamos a los clásicos.

En la célebre parábola del Hijo Pródigo (un joven que llevado por la insensatez o el temperamento, ha dejado a su padre y malgastado su herencia), el “turning point” dramático se produce cuando el protagonista “vuelve en sí” y “considera” lo que ha hecho, pero también lo que le queda por hacer todavía. Las dos cosas son importantes. 
Mirar al pasado, para aprender una sola cosa: que si ha terminado deseando comer las bellotas de los cerdos, esto se lo debe únicamente al mal. 
Mirar al futuro para decidir que, pase lo que pase y al costo que fuera, habrá de realizar un único e imprescindible gesto: pedir perdón a su padre. 

Este segundo aspecto del arrepentimiento del hijo pródigo, nos abre los ojos sobre una realidad que no parece haber tenido en cuenta Spinoza (ni el autor de “Love Story”, ni los miles de personas que afirman que no se arrepienten de nada): que el mal no es una cosa abstracta, un estereotipo irreal, como esos nazis de las películas que hablan en un extraño inglés, sino la constatación de que hemos (nosotros mismos, sí) lastimado realmente a alguien (a aquellos que amamos, sí). 
Es notable que, en una narración tan clásica y perfecta sobre el tema, sea la reflexión de la razón, no la compunción del corazón, el acto primero del arrepentimiento –la Biblia, en esto, está de acuerdo con usted, Magdalena, y en ninguna parte de la historia se ve llorar al hijo pródigo, como quizás habría esperado mi romántico corazón.

Pero esta reflexión de la razón, no siempre se da, ni siquiera allí donde sería más necesaria. ¿Recuerda a Ana Karenina? Ella conoce vagamente el mal que está haciendo, pero su sentimentalismo, su concentración en sí misma, la hacen incapaz de juzgarlo con lucidez. Mientras la maldad le va cumpliendo los deseos, todo avanza sin dolor. Luego, cuando el velo de la ilusión cae y la verdad aparece en toda su horrible crudeza, el mal ha poseído en ella todo. Y ha destruido todo lo que ha poseído. Ha aniquilado a Ana (porque eso es lo que hace el mal, si se lo deja), como el tren hará con su cuerpo, al final, con una imagen perfecta –pues Tolstoi es un genial novelista.
No estoy vendiendo una falsa poción para incautos: ni el saber ni la virtud son fáciles. Pero quien se arrepiente, aunque no sea liberado mágicamente del mal que ahora lamenta, ya no está perdido “en una selva oscura”. Podemos pensar que ya Dante ha encontrado a Virgilio y ha empezado a gozar de esa conversación iluminadora que lo terminará llevando a contemplar “el amor que mueve el sol y las demás las estrellas”. 

Pero esta reflexión de la razón, no siempre se da, ni siquiera allí donde sería más necesaria. ¿Recuerda a Ana Karenina? Ella conoce vagamente el mal que está haciendo, pero su sentimentalismo, su concentración en sí misma, la hacen incapaz de juzgarlo con lucidez.

 

De Magdalena Reyes Puig para Leslie Ford, del  Trinity College, en Oxford

Estimado Leslie:
 

La razón apasionada
 

Antes que nada, quisiera expresarle mi agradecimiento. Sus cartas generan una explosión de sinapsis neuronales que me incentivan a pensar. Por eso, no debe disculparse por disentir conmigo o con cualquiera de los autores que nos acompañan en este intercambio epistolar.  La experiencia me ha enseñado que es pobre el pensamiento allí donde predomina el consenso. 

De todas formas, sospecho que su disensión con Spinoza se debe más a razones de orden semántico –o etimológico- que propiamente filosófico.  Fíjese que en el pensamiento spinoziano el sentido asignado a la noción de arrepentimiento procede de la etimología del verbo arrepentirse, del latín “repaenitere”, que significa reiteración o vuelta atrás (re) a la penumbra o insatisfacción (paenitere).  Así, el argumento de Spinoza es que no puede ser razonable concebir la recaída en la aflicción como una virtud ¿Qué ser, mínimamente racional, encontraría el bien reincidiendo en el dolor o disgusto?  Lo más sensato, por el contrario, es concebir la conciencia del mal cometido como una oportunidad para el cambio, una transformación que inaugura ese “turning point” hacia la consecución de lo bueno.  Pienso que éste es el caso en la parábola del hijo pródigo: al hacerse consciente de su error, el hijo pudo emprender el camino de vuelta a casa con la alegría de saberse transformado –y no con las lágrimas propias de la recaída en la insatisfacción de vivir alimentándose de “bellotas de cerdo”–.
Para Spinoza, el bien y el mal son modos de pensar. Es por esto que sólo nosotros –animales racionales- juzgamos las acciones y los hechos como buenos o malos.  Sujetos a la determinación de los impulsos instintivos, los animales sienten y reaccionan. Pero impelido a la búsqueda de sentido, el hombre interpreta lo que siente y dirige su acción conforme a su criterio. 

Claro que el placer de sentir mariposas en el estómago puede ser también, como en Anna Karenina, un poderoso conductor.  ¡Qué destino trágico el de esta mujer presa de un corazón partido! Tanto que no pudo encontrar en el abismo de su insatisfacción una ocasión para verse redimida y recuperada. Anna naufragó en el piélago de la pasión triste que la arrastró hacia la muerte. Su tragedia reposa sobre ese sentimentalismo exacerbado que ahoga al entendimiento. Al no dejar de re-sentir su pena, Anna sucumbió en la penumbra de su pasado, tan arrepentida como huérfana de razonabilidad.  A diferencia del hijo pródigo, Anna no pudo pensar.

Espero no confundirlo demasiado con mis lucubraciones, pero me gustaría compartir con usted un hallazgo filosófico especialmente significativo. Sucedió hace muchos años mientras leía el mito de Génesis en el Antiguo Testamento. Siempre me impresionó la desobediencia de Eva, quien se vio tentada a probar el fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y el mal. Pero entonces comprendí que en su transgresión, con la que nos condenó a padecer el mal y buscar su sentido, se expresa un fervoroso amor por el conocimiento. Entiendo que mi interpretación es bien controvertida –especialmente para aquellos que conciben el proceder de Eva como una violación pertinaz del mandato divino- pero, honestamente Leslie,  yo no veo en su gesto vestigio alguno de debilidad o maldad, sino una manifestación vivaz de la tan humana pasión por  la verdad. 

Deseamos el bien, es verdad, pero Eva nos enseña que, como humanos, no encontramos la gloria allí donde el paraíso nos fuerza a la renuncia de la libertad para pensar: no en vano su nombre significa “dadora de vida”.  En la conexión con nuestra inherente humanidad encontramos esa razón apasionada, que garantiza y ampara la autonomía para hacer el bien y rehusar el mal. 
No puedo imaginar a Eva arrepentida. No sólo porque puedo comprender la fuerza de su deseo, sino porque a través de su transgresión, ella nos concedió el don de la auto-conciencia, liberándonos de un determinismo inconsciente y sumiso. 
Ya le contaré más acera de mi vínculo con la “madre de los vivientes”, cuánto me ha inspirado como mujer, filósofa y psicóloga. Pero permítame adelantarle que, según mi interpretación,  la figura mítica de Eva fue creada por una persona con una intuición honda y perspicaz de la condición femenina.  

Deseamos el bien, es verdad, pero Eva nos enseña que, como humanos, no encontramos la gloria allí donde el paraíso nos fuerza a la renuncia de la libertad para pensar: no en vano su nombre significa “dadora de vida”.  En la conexión con nuestra inherente humanidad encontramos esa razón apasionada, que garantiza y ampara la autonomía para hacer el bien y rehusar el mal. 

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