Siempre tuyo corre el riesgo de ahuyentar a quien desprecie la previsibilidad edulcorada de las novelas románticas que fatigan los kioscos. De hecho cumple con las convenciones del género en la presentación de Judith, la atractiva dueña de una tienda de lámparas, y el pequeño accidente que tiene con Hannes, el arquitecto elegante y circunspecto que queda prendado de su belleza.
Sin embargo ya en ese inicio se puede advertir que la retórica y las intenciones del autor exceden las del estilo que llevó a la fama a Corín Tellado.
Y pronto aparecerá una leve incomodidad que teñirá la novela de un color oscuro cada vez más intenso.
Daniel Glattauer saltó a la fama con la publicación de Contra el viento del norte, una novela de amor epistolar que causó sensación, sobre todo entre las lectoras. La obra mereció una secuela, Cada siete olas, que confirmó que el autor sabía entretener con pulso firme y prosa leve y elegante. Los dos trabajos son de 2010. Al año siguiente aparece La huella de un beso, otra ligereza divertida sobre el amor y otras equivocaciones.
Este año el autor quiso demostrar que se siente tan cómodo en el manejo del suspenso como en el de la comedia romántica y de cierta manera lo logra, ya que la lectura de
Siempre tuyo es ágil y la intriga se mantiene hasta el desenlace.
El caso de Glattauer, periodista y escritor nacido en 1960, es claramente el de un hábil artesano con vocación de agradar y sumar la mayor cantidad de lectores posible. Es un escritor de best sellers.
Tal vez el final es un poco abrupto, en ese mismo sentido. Se me ocurre que serían necesarias unas 50 páginas más para que el lector tuviera la oportunidad de disfrutar el desenlace. Parece como si el autor hubiera sentido impaciencia por sacar a la venta el producto y ponerse a manufacturar otro.
Por lo demás, la trama está bien dosificada y provoca la ansiedad que debe provocar una buena pieza de suspenso. El universo de la protagonista se hace tan frágil que parece un milagro que no se haga añicos en cualquier momento.
El tempo de la novela se lleva a través de los diálogos y también el recuerdo de los diálogos por parte de la protagonista. Funcionan bien, una vez instaurado el tono coloquial del habla de España que propone la traducción. Aunque hay alguna desprolijidad que distrae, como un “huy, huy” en el que cada hache es un dolor en el hígado.
Da la impresión de que el autor austríaco tiene el talento necesario para hacer algo un poco más jugado, que se atreva a escarbar esa superficie en la que tan bien se maneja y tanto rédito le otorga.
Mientras tanto, el rato de lectura que provee es agradable y no deja secuela ninguna, ideal para un viaje de avión.