Álvaro Sosa tenía 25 años. Había sido procesado con prisión en dos oportunidades: en 2004 por el delito de hurto especialmente agravado en reiteración real, y en 2006 por lesiones personales. Varios vecinos de Aparicio Saravia y Jacinto Trápani aseguran que no era un chico de mal vivir como los que integran muchas bandas del barrio. Álvaro era adicto a la pasta base pero, según varios testimonios, no se metía con nadie ni tuvo que ver con la rapiña de una panadería. Una señora siempre le compraba la lana que encontraba al clasificar basura. Eso estaba haciendo cuando lo alcanzó una bala, le perforó la espalda y le colapsó un pulmón. Cayó muerto casi a la vista de su madre.
¿Cómo describir el estado de esa mujer? Su llanto era el más amargo que puede expresar una madre. ¿Cómo hablarle en pasado de su hijo? La señora estaba ayer sentada en la puerta de su casa, esperando que el teléfono sonara para que le avisaran dónde podía ir a ver el cuerpo de su hijo. “Lo voy a tener que velar con el cajón tapado”, lloraba. Familiares le insistían que se mantuviera quieta, lo más calmada posible, y lejos del sol que justo ayer hervía más la sangre. La presión le había subido a 24/11 y en la policlínica no quisieron atenderla. Fue estabilizada en una ambulancia.
La propia mujer relató a El Observador que la Policía abandonó el cuerpo abatido de su hijo. Ella y su hija fueron agredidas en el tumulto. Dijo que los policías les gritaron “sucias” y “mugrientas” y que las empujaron y pegaron patadas. Ayer se comentaba que se detuvo a un médico para que extrajera la bala.
Una vecina agregó que es normal el destrato de los policías para “hacerse respetar”. Otra dijo que es normal que los vecinos los apedreen. Pero lo del domingo fue una guerra. Así lo calificaron. No le cabe otra palabra a la escena de los cuatro vehículos quemados y vecinos limpiando los plásticos derretidos.
Horas después de la muerte de Álvaro se produjo un corte vehicular. La protesta, como indicó una vecina de la cuadra, terminó en “un desquicie”. Horas antes una bala le rozó a su vecino de puerta cuando estaba parado en su jardín. A los vecinos indignados se les sumaron “banditas”, según la mujer, que incendiaron los vehículos, dos de ellos taxímetros que fueron robados en el momento. Los vehículos ardieron hasta entrada la madrugada pero los Bomberos atendieron solo dos llamados: a las 16:44 y a las 20:20. La Policía no volvió.
Todos hablaron de odio y de miedo como los sentimientos más comunes en el Marconi. “La Policía siempre se la agarra con los inocentes. A las fuertes no les pasa nada. Es tierra de nadie”, sentenció una mujer. Allí se cruzó el límite entre la tensión y la muerte pero a la mañana siguiente los niños corrían como cualquier otro día en el barrio.