7 de octubre de 2011 22:47 hs

En invierno que está muy frío, en verano que hace demasiada calor. Me quejo, luego existo, podría jactarse de decir un uruguayo. Es parte de su idiosincrasia. Puede ser la excusa para un diálogo de ascensor o la razón existencial de un salpicón murguero... Pero entonces el Maestro Tabárez habló de nuevos valores. De cambio cultural. Y pasó lo que pasó. La clasificación, el Mundial, la Copa América. Historia sabida y profundamente analizada. Otra historia –muy presente– transcurre en forma paralela: la manera en la que esta selección le llega a su público.

Magnética e incondicional. Sincera y pasional. Emocionadamente pura. Así es la relación que sostiene esta selección con sus hinchas.

Basta con analizar la escenografía sobre la que se jugó el partido de ayer ante los bolivianos. Frío invernal en plena primavera. Lluvia, viento y gripe agazapada en cada anillo del Estadio. Entradas de
$ 100, para verlo de a pie en los taludes, o de $ 400 para sentarse en los asientos plásticos empapados de las cabeceras.

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El partido era una invitación a juntarse con amigos en un bar. A volver a prender la estufa de la casa. Y sin embargo, 25 mil personas fueron a hacerle el aguante a la selección.

Siguiendo las enseñanzas que Tabárez ha pregonado desde la dirección de este grupo de jugadores, el Estadio no tuvo la mitad vacía. Tuvo la mitad llena.

Al Maestro se le llegó a cuestionar que imponía una disciplina a la europea o que no era capaz de inyectar ánimo a sus dirigidos al otro lado de la raya.

Sin embargo, cuando se anunciaron los equipos por los altoparlantes su nombre fue el más aplaudido.

Que el público fue frío, que no hizo sentir la localía, que entonó apenas un par de temitas durante los 90 minutos de juego también es cierto. Es que el cambio cultural del que una vez habló Tabárez redefinió el concepto de hincha uruguayo.

Es la familia la que ahora va a la cancha a ver la celeste. No son las hinchadas de Nacional y Peñarol donde el sentimiento se antepone a la razón y donde lo único que importa es cantar más fuerte para empujar maquinalmente al equipo, como un trabajo donde la mano de obra es el corazón.

A esta selección se la ve en forma distinta. En primer término con agradecimiento por haber recuperado el orgullo sagrado de defender la camiseta como la historia manda y de rescatar sus valores esenciales: entrega, humildad, amor propio y valentía.

En segundo, con gusto porque el equipo sabe a lo que juega, va al frente y transmite una convicción ganadora que lejos de volverse soberbia se refresca de ambición.

En tercer término, con idolatría porque este grupo de jugadores se ganó a cada uno de los hinchas que pagan su entrada.

Cuando iban tres minutos de partido Diego Forlán fue a tirar un córner en la esquina de la Colombes y la América. La hinchada comenzó a corear su nombre. Y el gol llegó, vía Suárez, como natural decantación de esa mística comunicación que existe entre tribuna y jugadores.

Cuando Palito Pereira –la acabada síntesis de esfuerzo y humildad– salió de la cancha por la Olímpica, toda la tribuna se puso de pie y cuando se iba por la Colombes los parciales corearon su nombre. Todo el Estadio lo ovacionó.

Cuando salió Cavani, todos aplaudieron a rabiar. Porque más allá del gol, se valoró que el jugador hizo un gran esfuerzo para recuperarse de la lesión y no perderse de vestir su celeste.

A Diego Lugano no se lo vio muy firme en sus primeros partidos con Paris Saint-Germain, pero cuando se pone la camiseta de Uruguay se transforma. Se agranda y es capaz de anotar hasta de a dos goles. Otro ídolo.

Hasta Abreu, que casi ya no juega en este equipo, fue pedido por los hinchas que lo quieren con fuerza de ídolo.

Así comenzó Uruguay su camino por la Eliminatoria. Hace cuatro años, en un Estadio donde solo había escepticismo hoy reina la adhesión a la causa celeste. Al plan maestro, capaz de sacudir de un cimbronazo cultural uno de esos días donde lo que mata es la humedad.

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