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24 de marzo de 2017 5:00 hs

Todos en el Estadio se fijan en esa camiseta número 10. Es la de Neymar, el mismo que fue capitán cuando consiguieron la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Río en agosto pasado –algo que nunca había conseguido Brasil en su riquísima historia– y luego afirmó que nunca más lo sería, como queriendo guardar ese logro en su corazón y también molesto por algunas críticas.

Capitán o no, mantiene la magia de los elegidos. Paseó en la noche del Centenario y solo le faltó el frac.

No tiene el brazalete, pero es el alma de este equipo que de seguir así, será inexpugnable. Podrá perder –como cualquiera– pero esta expresión de Brasil da gusto verla.

Fiel a su costumbre, el Maestro Tabárez no le colocó una marca fija. En el fútbol español que se ve todas las semanas, casi nadie lo hace. Quizás no se nota tanto lo que hace porque están los otros dos monstruos de Lionel Messi y Luis Suárez.

Luego de esos primeros minutos a buen ritmo de Uruguay, comenzó con su prédica de pelota al piso, con su desfachatez de cabeza levantada, con su insolencia de atacar por donde nadie creía y habilitar a sus compañeros pasando la pelota por el ojo de una aguja.

Jugó mucho más tranquilo en el Centenario de lo que lo hizo exactamente un año atrás con su gente en Recife. Descontracturado. Y eso es lo que hace que su juego sea letal para el rival.

Lo corre Egidio y no llega. El Mono Pereira sabe que va a soñar con él después del partido. Carlos Sánchez hace lo que puede pero no lo alcanza. Matías Vecino sabe quién es ese número 10, algunas veces le gana, otras no.

Ni siquiera se le puede pegar una patada de esas que a veces amedrentan a algunos, nunca a él. Hasta que Pereira lo pudo frenar de esa manera y se ganó la amarilla.

Neymar parece un extraterrestre, un jugador que viene de otra galaxia, que no tiene una, sino tres velocidades más que sus rivales quienes son todos muy experimentados. No está enfrentando a cualquiera y además está jugando de visita en el templo del Centenario, ese lugar que hasta el jueves era inexpugnable en estas Eliminatorias.

Luis Suárez, uno de sus compañeros inseparables en Barcelona, lo fue a ver antes de que comenzara el partido. Se vieron en el túnel ciego y hablaron unos minutos.

Acarició la pelota para el primer golazo de la noche a cargo de Paulinho.

De un pelotazo a la uruguaya que salió del fondo brasileño, se le escapó a Sebastián Coates para hacer una obra maestra en el tercer tanto. Una de esas jugadas que se van a recordar por años. Aunque duela. Aunque sea en contra de Uruguay. Ninguno de quienes estuvieron en la noche del jueves en el Centenario la olvidarán. Quedó grabada en sus retinas y estampada en su cerebro futbolero. Ya había hecho algo muy parecido hace 20 días con Barcelona ante Celta de Vigo.

Neymar fue un violín en medio de un descalabro. Hacía mucho tiempo que un futbolista extranjero no hacía tanta diferencia en el Centenario. Se aprovechó del único partido del Uruguay de estas Eliminatorias en el que las cosas salieron muy mal, en el que el equipo de Tabárez fue superado ampliamente.

Por eso también hablar solo de Neymar sería una herejía. Porque Brasil todo fue un equipo.

Ganó la batalla del mediocampo casi siempre pese a que por momentos Tabárez le colocó a cinco futbolistas.

Apareció Paulinho e hizo acordar a los más veteranos lo que jugaba Rivelino, o lo que significaba Toninho Cerezo o el propio Falcão. ¡Qué jugador! Más allá de los tres goles –el primero, un misil inatajable–, más allá de haberse transformado en el primer futbolista que le anota tres tantos a Uruguay en el mismísimo Centenario, destiló fútbol con una presencia tremenda en el medio.

Ya le había convertido un tanto a la celeste en la Copa de las Confederaciones cuando también ganaron los brasileños 2-1, pero lo de la noche del jueves fue bestial. Otro monumento al fútbol.

Su sociedad no fue solo con Neymar porque también aparecieron Casemiro –el de Real Madrid– y el excompañero de Suárez en Liverpool: Philippe Coutinho.

Ante tanta clase, ante tanta supremacía sobre la pelota, a veces no hay mucho que se pueda hacer, por más que se intente lo mejor. Y algo de eso fue lo que sufrió la selección celeste.

Con Tite, Brasil jugó siete partidos y los ganó todos en estas Eliminatorias. Es un quiebre en la historia negativa que comenzó con Luiz Felipe Scolari en el Mundial 2014 que pegó muy duro porque se perdió en casa y por aquel 7-1 sufrido ante Alemania –sin Neymar que estaba lesionado– y que terminó con Dunga.

Brasil volvió a ser Brasil y ya sacó pasaje a Rusia. Está despegado.

Uruguay mantiene el segundo lugar en una tabla que se apretó bastante. Seguramente esta sea la nota que ningún uruguayo quiera escribir. Pero se trata de una realidad incontrastable.

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