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Un embajador uruguayo visitó “El Polígono”, el lugar donde la URSS probó sus bombas atómicas

El embajador uruguayo José Luis Cancela, que forma parte de un grupo que trabaja por el desarme mundial, recorrió el sitio de la estepa kazaja en donde los soviéticos hicieron cientos de ensayos nucleares

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08 de septiembre de 2018 a las 22:31

En los primeros minutos del  26 de setiembre de 1983 el teniente coronel soviético Stanislav Petrov tomó una buena decisión, o acaso una de las mejores que cualquier ser humano haya tomado en la historia reciente. 

Comenzaba su guardia en el búnker moscovita desde donde se controlaba el sistema de alerta temprana ante ataques nucleares cuando una señal apareció su pantalla. Uno de los satélites lo estaba informando sobre el lanzamiento de un misil de Estados Unidos. Para fortuna del resto de los habitantes del planeta, Petrov desoyó el protocolo que debía seguir que consistía en activar el procedimiento de respuesta y notificar a sus superiores.

En cambio, Petrov pensó que nadie haría un ataque sorpresa con un único misil y se limitó a observar la situación. Pero la alarma persistía y el militar ruso contó hasta cinco misiles que, aún así, consideró que no podían constituir una amenaza verosímil. Los minutos posteriores le dieron la razón y su buen criterio salvó al planeta de lo que podría haber sido un apocalipsis nuclear. Se había tratado de un error de los sistemas satelitales de alerta temprana.

Sin embargo, no todos corrieron con la misma suerte en la era del armamento nuclear. Además de las víctimas de los ataques estadounidenses en Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial, otros miles sufrieron los efectos de los ensayos que realizaron los integrantes del selecto club nuclear, entre ellos la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

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Seguramente el embajador José Luis Cancela, actualmente representante uruguayo en Ginebra,  sea de los pocos uruguayos que puso un pie en la estepa de Kazajistán, en donde los soviéticos probaron sus bombas atómicas durante más de cuatro décadas. 

Según Cancela el lugar conocido como “El Polígono” hoy es una tierra baldía cuyas inertes raíces no despiertan ni quiera con las lluvias del verano. Lo único que queda son los esqueletos de las torres de medición y los búnkeres que fueron destripados por algunos rapiñeros de chatarra que se expusieron al remanente radiactivo que persiste en el lugar. 

Aunque el lugar está abierto a visitas –de hecho es el único de su tipo que se puede recorrer– se constata la contaminación nuclear con la presencia de elementos de larga vida como el plutonio. “Ahí se ven los efectos: hasta el día de hoy hay radiación en el área y eso se puede detectar con los medidores”, dijo Cancela quien visitó ese lugar el 3 de setiembre en el marco de una conferencia de la Organización Provisional para la entrada en vigor del Tratado de Prohibición de Ensayos Nucleares de la cual forma parte a título personal.

“El Polígono” –conocidos de forma oficial como Semipalátinsk – fue el primer sitio en el que los soviéticos ensayaron sus armas atómicas desde 1949 hasta el fin de la Guerra Fría, con un promedio de detonación de diez bombas por año. Fue elegido por el fundador de la KGB con el argumento de que era una zona escasamente poblada. Sin embargo, las más de 450 bombas –más de 300 subterráneas- que los soviéticos  probaron en el lugar provocaron graves efectos en la población del lugar. En ningún otro sitio del mundo –salvo el estado de Nevada en Estados Unidos- se hicieron tantos ensayos. 

Eso es visible en Kúrchatov, narró Cancela, un pueblo nombrado en honor a un físico nuclear ruso que lideró el programa atómico.  Fue Igor Kúrchatov quien supervisó la prueba RDS-1, el primer ensayo nuclear que realizó la Unión Soviética en la mañana del 29 de agosto de 1949 cuando se detonó una bombada de 22 kilotones en una torre de 37 metros de altura. Esa explosión dejó su huella visible en el terreno con un cráter que en la actualidad está lleno de agua.

Durante la Guerra Gría, Kúrchatov se transformó en un área restringida que hospedó a los ingenieros y el resto del personal que estaba a cargo de la operación. En ese pequeño poblado del este de Kazajistán no han cesado los problemas genéticos entre sus habitantes que sufren de deformaciones físicas a raíz de las modificaciones del ADN. Los efectos también son visibles en la ciudad cercana de Semey en donde el cáncer y los suicidios prevalecen a pesar del paso del tiempo. “Eso demuestra que los ensayos nucleares no son inocuos para la población ni para el medio ambiente”, dijo el embajador uruguayo. 

Las múltiples experiencias se hicieron con animales, construcciones civiles y equipamiento militar para probar el efecto de la explosión nuclear en un área de 18 mil kilómetros cuadrados (una franja de tierra del tamaño de Fiyi o Kuwait y un poco más pequeña que Eslovenia). Cancela dijo que es posible apreciar el grado de destrucción y de perversidad que implicó toda esa actividad. 

“La zona está totalmente desolada, no hay nada. La idea del gobierno es ir recuperando estas tierras y pasarlas a la actividad económica normal”, dijo el diplomático uruguayo.

“El Polígono” estuvo operativo hasta 1991, año en el que Kazajstán logró su independencia. También un 29 de agosto fue el día elegido por el presidente Nursultan Nazarbayev para cerrar la instalación de forma oficial. A partir de esa decisión, cada 29 de agosto se conmemora el Día Internacional contra las Pruebas Nucleares a solicitud del gobierno kazajo. Para Cancela el lugar constituye un testimonio en pie a favor de la entrada en vigor del Tratado sobre la Prohibición de los Ensayos Nucleares. 

Activismo contra el desarme

Tras su experiencia como representante uruguayo en la Primera Comisión de Naciones Unidas que se encarga de discutir las cuestiones de desarme y luego de participar en la revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear en 2010, Cancela fue invitado a participar de forma personal junto a un grupo de notables que trabajan en la cuestión del desarme con el foco puesto en la prohibición de los ensayos.

Hay 183 estados que firmaron a favor del Tratado sobre la Prohibición de los Ensayos Nucleares. De esos 183 hubo 166 ratificaciones y solo se requiere de ocho estados más (China, Estados Unidos, Corea del Norte, Egipto, India, Israel, Pakistán e Irán) para que el tratado entre en vigor. Salvo Egipto, todas las mencionadas son potencias nucleares –Israel no lo reconoce oficialmente–.

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Cancela ve este tratado como un “instrumento positivo” en el camino de la construcción de confianza que necesariamente se debe recorrer para promover el desarme y evitar la proliferación nuclear que conduzca a un mundo menos peligroso.  O, al menos, a un mundo cuya supervivencia no dependa del buen tino de un funcionario militar que 35 años atrás decidió que lo mejor era no tocar el botón rojo.

 

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