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Un incendio diplomático

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se ha echado a todo Occidente encima por su buen trato con Putin, y los europeos empiezan a sentir la ansiedad

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21 de julio de 2018 a las 05:00

La imagen del presidente de Estados Unidos en conferencia de prensa conjunta con el líder ruso en Helsinki ya era motivo suficiente de preocupación en Washington, Londres, Berlín y Bruselas. Sobre todo si se tiene en cuenta que la cumbre había sido un mano a mano a puertas cerradas y sin testigos, que se prolongó por más de dos horas.

Donald Trump ha desatado la ira de Occidente. Esta semana el mandatario norteamericano se ganó el repudio generalizado a ambas márgenes del Atlántico con su sui géneris gira diplomática por el viejo mundo; en la que increpó a sus tradicionales aliados europeos al tiempo que se mostró amigable con el más temido y vilipendiado enemigo de las élites occidentales: el presidente ruso Vladimir Putin.

Trump ya se había pasado los 18 meses que lleva de mandato incordiando a prácticamente todos los actores políticos y económicos relevantes de la histórica alianza transatlántica. Pero esta vez fue demasiado lejos.

La imagen del presidente de Estados Unidos en conferencia de prensa conjunta con el líder ruso en Helsinki ya era motivo suficiente de preocupación en Washington, Londres, Berlín y Bruselas. Sobre todo si se tiene en cuenta que la cumbre había sido un mano a mano a puertas cerradas y sin testigos, que se prolongó por más de dos horas. Pero las declaraciones de Trump durante esa conferencia —en la que pareció dar más crédito a la palabra de Putin que a los reportes de las agencias de inteligencia norteamericanas— desataron el infierno en el establishment occidental y en la prensa mainstream.

En cuestión de segundos, los titulares de "Trump apoya a Putin contra la inteligencia de EE.UU." se multiplicaron por todas las pantallas de televisión, con subrayado, con subtitulado, con ampliaciones, con circulación por sus plataformas de internet y las redes sociales. Era el pandemonio. Desde las sedes del Departamento de Estado, la CIA y el FBI llegaban noticias de que las declaraciones de Trump habían caído como una bomba. Los más conspicuos dirigentes republicanos, desde el veterano senador John McCain hasta el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, se apresuraban a difundir comunicados y publicar tuits de condena a las palabras de Trump. En los estudios de la CNN, MSNBC y otras cadenas de noticias, los panelistas hacían cola para pegarle al presidente, a quien no pocos dudaron en acusar directamente de "traición". Término asaz cargado en el imaginario estadounidense cuando se habla de amistades con Rusia, con reminiscencias históricas que van hasta la silla eléctrica.

Pero hasta el ex director de la CIA John Brennan llegó a escribir en su cuenta de Twitter que lo de Trump en Helsinki había sido una "traición total". Lo que fue retuiteado y secundado por otros varios miembros de lo que en Estados Unidos se conoce como "la comunidad de inteligencia", un aquelarre temible de agentes, exagentes, exdirectores y, en general, personas vinculadas a las agencias de inteligencia que en los últimos 17 años ha cobrado un poder inusitado en Washington, y al que los sectores de la izquierda más radical, y algunos partidarios de Trump, llaman "el Estado profundo".

Los defensores de Trump, incluso algunos que no lo son tanto, sostienen que todo el episodio de Helsinki fue una gran exageración del establishment y de los medios, que solo buscan someter al presidente a juicio político y no van a parar hasta su destitución.

Es cierto que al interior de Estados Unidos todo se inscribe en el marco de la investigación sobre la llamada "trama rusa", a cargo del fiscal especial Robert Mueller, para desentrañar la supuesta injerencia de Moscú en las elecciones de 2016 en Estados Unidos, incluido cualquier posible vínculo o coordinación entre la campaña de Trump y el Kremlin. Investigación esta que se ha extendido por más de un año como una constante gota de agua sobre la cabeza de Trump, y a la que el presidente ha llamado "la mayor cacería de brujas en la historia de Estados Unidos". De hecho en Helsinki volvió a repetir esas palabras frente a su homólogo ruso y urbi et orbi.

Sin embargo para los europeos se trata de un tema vital. Para ellos la amenaza que representa la Rusia de Vladimir Putin no es ningún juego de política interna, sino un largo tire y afloje geopolítico en el que, muchos piensan, les va la propia existencia como bloque central de Occidente y como bastión del orden democrático-liberal internacional. Y en ello dependen de la fortaleza y cohesión de la OTAN para contener lo que entienden como un expansionismo inaceptable de Moscú hacia sus países vecinos.

La visión de Putin, desde luego, es diametralmente opuesta: este entiende el establecimiento de bases militares y todo el despliegue de la alianza transatlántica hacia su zona de influencia como un expansionismo inaceptable de Occidente. Y así se han pasado la última década en una disputa interminable por la influencia sobre Ucrania, sobre Crimea, sobre Georgia y sobre otras ex repúblicas soviéticas de la faja del Caspio y del Báltico.

Las naciones bálticas han resistido con un coraje admirable la injerencia del autócrata ruso y sus intentos por desestabilizarlas. Otro tanto puede decirse de Ucrania. Se trata de países que buscan consolidarse como democracias, y cuyas poblaciones mayoritarias no quieren revivir el infierno de estar bajo la égida del Kremlin. Sin embargo en Crimea la OTAN fue, a buen seguro, demasiado lejos. Imponer sanciones a Rusia por anexarse una península con lazos históricos con el pueblo ruso, y cuya anexión fue además aprobada en referéndum (y acaso esto es lo más importante) por el 97% de sus habitantes, parece por decir lo menos caprichoso. En cualquier caso habla de los temores que la influencia rusa despierta en la Unión Europea.

Por eso ahora no saber bien a bien de qué lado está Trump les genera una gran ansiedad. Máxime habida cuenta de que en la misma gira que elogió a Putin criticó el compromiso de los países europeos con la propia OTAN. "Trump ha lanzado a Occidente en una crisis existencial", dramatizó el editorialista británico Edward Luce en las páginas del Financial Times.

Pero no son pocos los que lo ven así en Europa. Y de ese modo, al incendio que Trump ya tenía adentro de Estados Unidos, le suma ahora este incendio diplomático que prendió en apenas cinco días de gira por Europa, y que terminó con cortocircuito en Helsinki. Le va a llevar un tiempo apagarlo.

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