Estilo de vida > HISTORIA

Un país de inmigrantes bajo los ojos de una venezolana

La periodista y escritora Leila Macor compara el Montevideo de mediados de la década de 1990 con este, menos gris 

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05 de abril de 2020 a las 05:00

Ella lo puede narrar porque vivió el contraste. En 1996 se hartó de vivir en su Venezuela natal. Leila Macor sentía que su país no podía estar peor, el deterioro era absoluto, una nación deprimida ante la desigualdad, la pobreza y la inseguridad. Poco después de graduarse en Letras, decidió emigrar y aterrizó en Uruguay, 

Ahí comenzaron las críticas de sus compatriotas, que no podían creer cómo estaba dispuesta a abandonar el cálido clima de  Caracas por el frío ventoso de Montevideo. Le advirtieron que era un sitio aburrido, en el que no sobreviviría más de seis meses. Por suerte para ella, por si algún día la memoria falla, Macor tiene la virtud de escribir sus experiencias. 

Aquellas sensaciones las llevó al papel en una columna que tiempo más tarde tuvo en el suplemento VayVen de El Observador, titulada “Lo que somos y lo que no bajo la lupa de una residente extranjera”. Redactó en esas líneas que lo único que buscaba era un lugar pacífico y tranquilo en el que vivir.

 “¿Y vos por qué te viniste a enterrar acá?”, le preguntó como bienvenida un montevideano. Para la aldea, la única motivación válida para instalarse en esta pequeña nación ubicada al extremo sur de América era haberse casado con un uruguayo, pero ese no era su caso. 

Cuando esta mujer con acento extraño decía que había venido porque le gustaba, la miraban como a una extraterrestre. Pero una amante de la literatura como Leila tenía sus motivaciones para desembarcar en la capital uruguaya. 

“En mi imaginario personal Montevideo era una ciudad mítica, a la par de Buenos Aires, Nueva York y Londres; una de las protagonistas del boom latinoamericano; en fin, algo parecido”, redactó. 

Sus columnas de contratapa eran provocadoras. Decía en ellas que si Uruguay fuera una persona, la enviaría directamente a terapia, lo que despertaba reacciones de todo tipo entre los lectores, entre aplausos y cuestionamientos. 

En 1996 había uruguayos que jamás habían charlado con un venezolano. Eran unos 150 caribeños desparramados por la ciudad. Leila trabajó un año en la Embajada. La oferta académica para seguir sus estudios en Letras era limitada; no había másters en Literatura. Pero le sedujo la idea de estudiar periodismo en la Universidad Católica. Pasaron muchos años y ahora ella reside en Miami. 

De visita en Montevideo, conversó con El Observador acerca de la nueva realidad de la ciudad, donde el acento caribeño ya no le llama la atención a nadie porque Uruguay es ahora el hogar de miles de venezolanos, cubanos, dominicanos y personas de otros variados países. 

Macor trabaja como corresponsal de AFP en Miami. Se encarga de analizar la realidad del sureste de Estados Unidos, una zona muy conservadora que apoya mayoritariamente a Donald Trump.  

Ella, que emigró de Venezuela a mediados de la década de 1990 espantada por la realidad, habló sobre su país. “Hoy los venezolanos miran con añoranza esa época. Ha sido un declive muy profundo”, dijo.

La impresionó para bien lo cambiado que está Uruguay. “Es menos monótono, menos homogéneo. Hay más gente interesada en incorporar novedades, que ahora no son tan rechazadas. Antes todo lo del exterior era muy criticado”, dijo. 

“Uruguay hoy es menos monótono, menos homogéneo. Hay más gente interesada en incorporar novedades, que ahora no son tan rechazadas. Antes todo lo del exterior era muy criticado” 
Leila Macor
periodista venezolana

Observa con atención a las personas bajar a los parques de la ciudad con una colchoneta a hacer yoga, cuando ella conoció un Montevideo en el que las personas que apenas se apartaban de la vestimenta más aceptada eran mirados de costado.

Además de sus columnas, la periodista escribió un libro titulado “Lamentablemente estamos bien” en el que analiza a los uruguayos a través de su mirada como venezolana. 

Es la cotidianeidad de un país de inmigrantes contada por alguien a quien los uruguayos supieron observar como si se tratara de una rareza. 

Ella celebra que Montevideo hoy sea una ciudad menos gris y agradece no tener que explicar qué hace en Uruguay cada vez que su acento evidencia un nacimiento lejos del sur del continente. “Ya nadie me pregunta qué hago acá”, advierte. 

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