Opinión > ANÁLISIS

Un partido militar, uno de mujeres, otro de jubilados…

La peripecia de los partidos chicos y el escaso espacio que deja la polarización 

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16 de marzo de 2019 a las 05:02

La conferencia de prensa de un partido chico, de dirigentes desconocidos, sin raíces en la historia, ni proyección relevante al futuro, solo podría haber generado atención mediática en el marco de una comedia de enredos que se vivió en la sede del gobierno nacional.

Un jefe del Ejército que anuncia por los medios que se va a reunir con el presidente de la República, y que dice que no quiere adelantar los temas, pero anticipa algunas discrepancias con el gobierno.

El presidente que lo cesa por considerar que cometió falta grave y lo obliga a pasar a retiro.

El escribano de gobierno que renuncia al cargo para lanzar un partido de plataforma política para el general rebelde. El militar que –ya cesado– usa el Comando del Ejército para grabar un video con acusaciones duras al sistema judicial y político, y lo divulga en redes sociales.

Y un partido que se presenta como de gente no política profesional, pero lo encabeza un candidato a diputado de 1989, que tras esa elección accedió a un cargo en la Presidencia de la República.

¿Hay espacio para partidos nuevos?

¿Cómo enfrentan los partidos chicos el desafío de una tendencia a la polarización que se afirma en cada votación, pese a la instancia de balotaje?

Uruguay tiene el sistema político más longevo del mundo, si se computa la “edad” de los tres partidos principales, y se toma al Frente Amplio como una prolongación del histórico Partido Socialista, lo que muestra la fortaleza de las tres colectividades que han gobernado el país.

Eso ha impedido que algunas aventuras románticas o experimentos quijotescos pudieran haber perdurado, lo que no ha impedido que partidos de ideas pudieran afirmarse en el escenario. Eso pasó un tiempo con la Unión Cívica con lema propio, o el actual Partido Independiente, como expresión social-demócrata y social-cristiana escindida del Frente Amplio.

Otra rama de ese Frente, la de izquierda que no acepta que al llegar al gobierno se hayan bajado banderas anticapitalistas, han conformado una nueva alianza y se mantiene como una voz crítica del oficialismo: la Unidad Popular.

Pero no ha sido fácil que partidos nuevos se hicieran un lugar.

El error de apreciación surge cuando se hacen números sobre los potenciales interesados en un partido que reivindique sus propios asuntos. 

Si hay 600 mil pasivos, ¿no tendría futuro un partido que los represente directamente?  En 1952 surgió el Partido Clases Pasivas y Seguridad Social que solo consiguió 142 votos; y en 1971 nació el Partido de los Jubilados y Pensionistas que tuvo 288 votos. Y en 1994 se presentó el Partido por la Seguridad Social que llegó a  828 votos.

En 1932 hubo un lema para las mujeres, con el Partido Independiente Demócrata Feminista, que tuvo apenas 122 votos. Y en 1938 surgió uno para la población negra, pero el Partido Autóctono Negro logró poco más de 100 votos.

Hubo partidos agrarios, que la gente del agro no votaba; de la juventud, que los jóvenes no acompañaron; “del pueblo” sin apoyo popular; laboralistas, federales, pacifistas e intransigentes; hubo partidos verdes y azules y del sol. Decenas de intentos frustrados. 

¿Y un partido militar? 

Como las Fuerzas Armadas tienen más de 26 mil en sus filas, y hay familias atrás que multiplican ese público, algunos creen que una organización política que los nuclee, podría ser exitosa si consiguiera un caudillo para tener al frente.

Hubo un par de intentos: el partido “Patria y Ejército” nació en 1931 y logró 244 votos, por lo que no insistieron con eso. En 1984, en la salida de la dictadura, el coronel Néstor Bolentini impulsó la “Unión Patriótica” con 302 votos

Los partidos uruguayos tienen una composición amplia como para nuclear sectores diversos. Así fueron los partidos Colorado y Nacional, y así lo ha sido el Frente Amplio en su camino al gobierno.

El ex comandante en jefe del Ejército, Guido Manini Ríos, conoce bien dos casos de corta vida para partidos que salieron de lo tradicional.

Su abuelo lideró el “Partido General F. Rivera” y su padre fue diputado por el “Partido Unión Demócrata Reformista”, que rindieron como expresiones anticolegialistas, pero no perduraron.

El país camina hacia una elección de fuerte sentido binario, e incluso hasta los partidos medianos están encontrando problemas para convencer de que los votantes eligen primero Parlamento y luego Presidencia.
Mieres y Novick compartirán una preocupación de acá a octubre: ¿cómo zafar de la polarización entre los lemas mayores y convencer a los votantes de que vale la pena apostar por un partido sin chance presidencial?

Repetirán mil veces que el balotaje sirve para incidir en la definición, pero sufrirán con gente que anticipa ese efecto porque quieren asegurar un resultado, ante la disyuntiva de “continuidad o cambio”.

El mismo dilema estaría para la dirigencia colorada, pero ahí Sanguinetti logra entusiasmar a los batllistas con la posibilidad de llegar al poder, aunque no como gobierno mismo, sino como aliados a otros.

El dos veces presidente hace campaña sin hablar de tercera presidencia, para que nadie crea que va por un récord personal, sino que se fija objetivos que pueden cumplirse: levantar al partido, y lograr que esa colectividad sea clave en el armado de una coalición de gobierno.

La situación del Partido Independiente es diferente a la del Partido de la Gente; el primero es un partido de ideas, y el otro es un grupo formado en torno a una persona, que impulsa “mejor gestión” en lugar de un perfil ideológico.

La desventaja para el PI frente al PG, es que no puede tener mensaje claro para el votante que quiere “un cambio”, que ese partido es una vía para estar en coalición con partidos tradicionales.

El PI parecía un espacio natural para votantes “desilusionados” y “enojados” con el Frente, pero algunas encuestas registran que los que tienen un sentimiento anti Frente, quieren asegurar el voto para lograr el cambio: y no sienten necesidad de pasar por un “purgatorio”.

En ese marco, los militares disgustados o enojados con la izquierda, que desean que el Frente salga del gobierno, ¿apoyarán a un partido chico de militares o se inclinarán por un partido con capacidad de incidencia?

La respuesta es simple: los quijotes son siempre pocos. 

Si para los partidos conducidos por Mieres y por Novick es difícil crecer en caudal electoral, para los partidos chicos eso es una misión titánica y quijotesca.

Manini Ríos se fascina con la historia militar y política, se tienta con la actividad partidaria, y siente que tiene una misión para cumplir. Ir a un partido chico lo condena a derrochar su capital de imagen en una mesa de ruleta, y por otra parte, un partido tradicional tampoco le aseguraría un puesto destacado así de fácil.
Pasará el tiempo y la novela de esta semana será un recuerdo, pero lo que persistirá será la puja real entre oficialismo y oposición, que por ser tan fuerte, deja poco espacio para los partidos medianos, y menos aún para los chicos. 

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