A pesar de las múltiples imágenes dantescas y horrendas que le dejó a la humanidad la segunda guerra mundial hay una foto que es particularmente aterradora. En ella, Adolf Hitler y su plana mayor caminan frente a la Torre Eiffel, como dueños y señores del París de la ocupación. Los hombres caminan con sus gabardinas de cuero, largas y oscuras. Es la primavera de 1940 y ya está fresco en París. En un rápido ataque estratégico alemán bautizado al estilo romántico como “guerra relámpago”, el ejército del Führer tomó la capital cultural e intelectual de Occidente y también el resto de Francia, que se rindió sin saber qué hacer.
A pesar de la seriedad de Hitler en la foto, sus acompañantes, liderados por el arquitecto Albert Speer y por él, no pueden ocultar el orgullo y la emoción de ser los dueños de la joya del continente.
La foto es aterradora por lo que representa más que por su literalidad. La cuna y cima del arte bullente que se resumía en sus barrios, en sus calles y en sus edificios ahora estaba en manos del mal personificado. En la foto no aparece el escritor y filósofo Ernst Jünger, porque llegó a la capital francesa ocupada recién en mayo de 1941. Cuando todas las altas jerarquías nazis volvieran a Alemania, Jünger sería una de las personalidades más importantes del régimen en la ciudad ocupada. Y cuando se explora un poco más sobre las andanzas de Jünger por París esa imagen terrorífica, si bien no cambia por lo menos se atenúa.
Jünger era un intelectual y en París no solo se movía entre colegas sino que muchos de los artistas que allí residían lo conocían por su trayectoria literaria y lo respetaban mucho. Basta repasar algunas de las entradas de su Diario de ocupación para entender un poco mejor la intimidad de la vida de quienes les tocó vivir en esa circunstancia particular.
Por ejemplo, Jünger le compra a una modista “un sombrero del tamaño de un nido de colibrí con una pluma verde”. Le gusta ir a cenar al restaurante Prunier, al que prefiere sobre el más célebre Maxim. Por lo tanto, vemos que si bien la ocupación y las deportaciones le ponían una cuota trágica, la vida de la gran ciudad continuaba en todas sus expresiones identitarias.
Jünger visita amigos, como el artista Jean Cocteau, reconocido homosexual y simpatizante del comunismo (dos causas que lo hubieran hecho presa de los nazis), y el editor Gastón Gallimard. Camina por los Campos Elíseos y, fanático de la zoología y la botánica, le llama la atención y contempla una magnolia que nunca había visto.
Se pasea por las calles desiertas por el miedo, y recorre los puentes y las catedrales, teniendo la ciudad entera casi para él. Le rinde culto a sus héroes literarios y por eso peregrina por los cementerios de Pere Lachaise y de Montparnasse, donde reverencia, por ejemplo, la tumba de Charles Baudelaire. Asiste a reuniones de intelectuales donde concurre, entre otros, Louis Ferdinand Celine.
En los años que estuvo en París, Jünger se hospedó en el Hotel Raphael de la avenida Kleber. Cuenta la leyenda que en una de esas habitaciones (aunque bien pudo ser en el taller del artista) una noche el mismísimo Pablo Picasso le dijo que ambos podían “firmar la paz en ese momento” de haberlo podido.
Más allá de la coraza exterior, por dentro también hay ríos subterráneos que fluyen de forma incesante. Jünger llevó un diario onírico, donde anotaba de forma minuciosa, como si clasificara algunos de los insectos que lo apasionaban, las voces que le dictaba su inconsciente.
El mejor regalo que se pudo llevar Jünger de su estancia parisina fue el respeto por su estatura intelectual de parte de los franceses. Fuerte y nudoso como un roble de la Selva Negra, Jünger vivió hasta los 102 años y recibió de manos del presidente Francois Mitterrand la medalla al mérito de Francia, el máximo galardón personal de ese país.