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Un señor periodista

La presencia de José María Orlando en El Observador hizo que nuestra andadura fuera mejor y por ello le estaremos muy agradecidos

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15 de julio de 2018 a las 05:00

La relación de José María Orlando con El Observador no comenzó de forma muy auspiciosa. Cuando nació el diario, los editores de la sección de Economía visitaron a las principales entidades del quehacer económico del país para presentar la nueva publicación. José María Orlando, profesional de larga trayectoria y prestigio, que a la sazón se desempeñaba en el equipo de comunicación del Banco Central del Uruguay (BCU), recibió a los jóvenes editores con simpatía y amabilidad pero miró el proyecto periodístico de El Observador Económico con cierto escepticismo, que no dudó en transmitirlo con su habitual franqueza.

Algunos años después, cuando Orlando se había retirado del BCU, tuve la oportunidad de conversas a solas con él. Su escepticismo se había disipado como niebla matutina y se encontraba entusiasmado con la andadura de El Observador. Conversamos sobre muchas cosas y surgió la posibilidad de colaborar con el diario, volcando su gran experiencia periodística.

Desde entonces y hasta el pasado miércoles 11 de julio, José María Orlando colaboró con El Observador. En los últimos años integró el equipo de editorialistas del diario. Siempre sugería temas, y la mayoría de las veces redactaba la primera versión que, luego de revisada, se publicaba. En una pulcra libreta tomaba nota a la vieja usanza periodística de ideas o datos que servirían como material editorial. Eso sí, era mucho más amigo del papel que de la computadora y se desempeñaba más cómodamente con su pequeña pero fiel máquina de escribir Olivetti. Decía que nunca le había fallado, cosa que sí ocurría con la computadora. Y ello me lo recordó precisamente el pasado domingo 1° de julio a raíz del apagón de varias horas en una amplia zona de Pocitos.

Pero además de colaborar en el área editorial, Orlando aplicaba siempre su rigor periodístico a las diversas notas del diario, sin excluir sección alguna. Y hacía observaciones acerca de algunas omisiones de temas o sugería otros para continuar su seguimiento y no escatimaba alguna corrección cuando la estructura de la noticia no estaba bien presentada. Era un feroz guardián de la buena escritura, del rigor periodístico, de la exposición clara en beneficio del lector. Volcaba siempre toda la experiencia adquirida en los más diversos destinos a los que lo llevó su trabajó en Associated Press y en Reuters. Y allí donde adquirió su estampa de gentleman que lo acompañó siempre, adquirió también su pasión por una profesión que lo captó por completo y que ejerció hasta el final de su vida. Era un señor periodista y del trato con él siempre se aprendía algo.

Era sumamente puntual y ordenado en su trabajo, lo cual facilitaba enormemente el trabajo del resto del equipo. Cuando prometía una nota para determinada hora, cumplía inexorablemente. Incluso se cercioraba personalmente de que el mail con el adjunto hubiera llegado al destinatario. Si bien esto ocurre con el 99% de los mails, quería asegurarse que la persona a quien dirigía su trabajo lo hubiera recibido.


Quizá por cierta desconfianza en las nuevas tecnologías, prefería la respuesta personal a la artificial. El pasado lunes 9, por ejemplo, tenía un problema para enviar un mail, y llamó varias veces hasta asegurarse que hubiera llegado.

Siempre se podía aprender no solo de su capacidad periodística sino también de su cultura general, de su conocimiento de países, culturas e historia, de su comportamiento y de su amena conversación. Era muy entretenido escuchar sus aventuras en La Habana, cubriendo los comienzos de la revolución cubana para AP. De La Habana fue expulsado por el régimen castrista porque informaba más de lo que, según el régimen dictatorial, debería informar.

Pero también fue expulsado de Paraguay por la dictadura de Alfredo Stroessner, por similares razones. Ya se veía que su trabajo no caía bien en regímenes dictatoriales, ya fueran de izquierda o de derecha.

Para quien esto escribe, fue un placer trabajar durante tantos años con José María Orlando. De él aprendí mucho de este singular oficio, y lo mismo pasó con muchos que estuvieron en contacto con él. También aprendimos de su integridad moral y su ejemplo. Su presencia en El Observador hizo que nuestra andadura fuera mejor y por ello le estaremos muy agradecidos. Una cosa sí es segura: a José María Orlando, y a su trabajo, se lo va a extrañar. Era un señor periodista.

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