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26 de agosto 2022 - 5:03hs

Jorge Drexler reacciona a las tragedias con música; a los golpes personales, a las debacles que afectan a todo un país o incluso al mundo entero. Dice que baila porque todavía se está sacando de encima el haberse criado en dictadura, en un país que no bailaba, aunque ahora también baila para trabajar el movimiento de su banda sobre el escenario.

Esa banda –tres hombres y tres mujeres, de procedencias geográficas y orígenes musicales muy diversos– será la que acompañará al cantautor en su próxima visita a su ciudad natal, el 15 de setiembre, cuando se presente en el Antel Arena. El espectáculo tiene muy entusiasmado a Drexler: con un escenario planteado como un lienzo en blanco, él y sus acompañantes se irán moviendo y recorriendo ese espacio todo el tiempo, en una dinámica que remitirá al show American Utopia del estadounidense David Byrne.

El espectáculo será abierto por una voz nueva de la música uruguaya a la que Drexler le echó el ojo y que también le inyecta ansias de llegar a Montevideo: Facundo Balta. “Es un artista que me ha sorprendido enormemente, y la decisión de que él abra el concierto es mía. Estoy muy orgulloso, me parece que tiene un potencial enorme y que encarna dos cosas maravillosas de la mejor música uruguaya: la enorme conexión con el barrio y la raíz. Y la otra pata es la música actual. Me impresiona cómo está al día musicalmente. Es muy importante ser un buen músico, pero también saber dónde poner el oído y el ojo; Facundo me parece que va a dar mucho que hablar y es jovencísimo”, dice desde España.

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La presentación se enmarca en la gira de estreno de su disco más reciente, Tinta y tiempo. Un disco de sanación, parido como respuesta a la pandemia de covid-19. Sus canciones hablan de lo perdido durante ese momento, de la necesidad del contacto, de refugiarse en los otros. De amar. Es, ante todo, un disco de canciones de amor.

Es también un álbum que elogia el proceso creativo, la tarea del artista y el poder de la música. Tradujo a lenguaje sonoro todo lo que durante dos años no se pudo hacer: juntarse, gritar, bailar, estallar. Es un disco que pudo no haber existido, que a su responsable le costó terminar, y que marca los 30 años de carrera de Drexler, aunque aclara que no es nostálgico ni suele conmemorar este tipo de aniversarios.

Tinta y tiempo, su nuevo disco festivo, romántico, expansivo y luminoso es también el eje de esta conversación que Drexler mantuvo con El Observador.

¿Es de empezar los discos con una idea temática en la cabeza o es algo que descubre en el proceso?

No es muy habitual que sepa de qué va a tratar un disco y cuál es el tema que lo va a atravesar. Suele aparecer siempre en el espejo retrovisor. Termino de entender el tema de los discos un par de meses después de que los presento, cuando empiezo a hablar de ellos, y a contárselo a la gente. Ahí empiezo a mirar las canciones con distancia, porque cuando estás escribiendo no te das cuenta. Habitualmente el proceso del disco empieza con la segunda, tercera o cuarta canción, ahí decís "hay un disco, voy a seguir escribiendo". En este caso demoré casi un año y medio en darme cuenta. Tenía un montón de canciones escritas pero seguía sintiendo que no había disco. Estaba escribiendo mucho pero no llegaba a ver las canciones, no podía terminarlas. Después, de a poco, empecé a darme cuenta de que eso tenía que ver con la pandemia. El aislamiento produjo una pérdida de la autoestima, sentía que estaba escribiendo mal. Cuando se empezaron a abrir las cosas de nuevo en España, a mediados de 2021, que pude hacer algunos conciertos, la sensación fue de euforia y reconexión. Ahí volví a agarrar las canciones que tenía escritas y empecé a tocarlas para los músicos con los que hice la gira de julio y agosto del año pasado. Las canciones estaban, lo que faltaba era tocarlas con alguien y terminar de darles la forma. Estaban las ideas pero no la forma. Y ahí, después de un año y medio de mucha incertidumbre, en muy pocas semanas el disco tomó el color que tomó, con un énfasis muy rítmico, con bases muy centradas en el groove y con mucha presencia de la orquesta, que son elementos que no tenía pensados cuando empecé a escribirlo.

Anton Goiri

Su disco anterior, Salvavidas de hielo, se grabó solo con voces y sonidos producidos por guitarras. Acá se fue al otro extremo: es un disco lleno de sonidos diferentes, orquestal, maximalista.

Eso sí fue voluntario. Los discos tienen una cuestión pendular entre ellos, a veces en la orquestación, a veces en la temática, en la manera de escribirlos. La pandemia generó el aislamiento personal, la tendencia a la introspección, a manejarse con los elementos que hay en casa. Estaba tan harto de la frugalidad y de la soledad que lo primero que hice fue sacar una canción cantada por un coro de góspel, La guerrilla de la concordia, que no sentí que tuviera un lugar en el disco pero para mí era importante porque fue decir "¿qué es lo más prohibido en una pandemia de una enfermedad que se transmite por vía respiratoria, por aerosoles? Meter a 20 personas en una habitación a cantar. En cuanto podamos, quiero hacer eso". Cuando salí de ahí me dije que quería un disco que sonara como todo lo opuesto a lo que he tenido que vivir durante este tiempo. No quería un disco solo con la guitarra y la computadora, hecho en una habitación con pocos recursos, mirando el mundo por la ventana, hablando de soledad, pantallas y tapabocas. Quería lo opuesto. Un disco que sonara frondoso, que de repente estallara y se llenara de color. Quería un disco que sonara como una jungla, que sonara caro (risas). Que diera la sensación de que pusimos todo, de que fue una fiesta.

¿Usa la música como una herramienta de sanación?

Los discos siempre tienen algo de sanación. Hay algunos en los que es más evidente, como 12 segundos de oscuridad, que es un disco que fue escrito durante una separación muy dolorosa, cuando escribir era de las pocas cosas que me calmaban. En este disco, hay un acto en ese sentido. Al principio empecé escribiendo sobre la pandemia en sí, cuando empezó me dije "tengo que escribir de esto, es un fenómeno único para una generación". Yo escribo sobre el presente, tengo que escribir sobre esto. Y empecé a escribir sobre las mascarillas, los tapabocas, las pantallas, la distancia, el miedo, la importancia de la ciencia, el retorno de la superstición.

¿Y cómo pasó de eso a lo que está en el disco?

Me di cuenta de que iba a volver a los escenarios a cantar sobre tapabocas y pantallas, y la gente iba a estar harta y yo también, así que cambié y eso fue un acto de sanación. En vez de seguir metido en ese pozo empecé a pensar en los términos en los que la pandemia nos había ayudado a revalorizar algunas cosas que antes no nos dábamos cuenta que eran tan importantes. Se volvió un disco sobre los afectos, el amor, y la importancia del contacto, de tocar a la gente, de reconstruirse después de un golpe, reaprender algo, encontrar el fundamento de tu profesión en el amor a la arte y en la escritura, en el acto de humildad que se da cuando uno escribe, entender que uno no controla lo que está pasando, no es dueño de las cosas. Podría haber elegido un disco oscuro pero preferí mirar hacia la luz, aunque no sea fiel a la realidad. Mi deber no es ser fiel a la realidad, mi deber es emocionar con la emoción que me venga bien en ese momento y que quiera compartir. En ese momento era esa revalorización de cosas de la vida que nos había hecho notar la pandemia, el valor de tocar, del abrazo, de los afectos cercanos, de la familia: es un disco donde cantan mis hijos, hay una canción dedicada a mi madre, dos dedicadas a mi compañera, en lo que uno se refugia cuando las papas queman. 

Y la pandemia revalorizó dos cuestiones que lo atraviesan: la ciencia y el arte.

Totalmente. En cuanto a la ciencia, en mi opinión Uruguay hizo un manejo ejemplar de la pandemia. Puso las decisiones en manos de un comité científico, y eso fue una decisión política brillante. Yo estoy muy orgulloso de muchas cosas de Uruguay, pero entre ellas cuento que la pandemia no se utilizó como un arma arrojadiza por parte de oposición y gobierno, como pasó en España, que fue vergonzoso. Uruguay, viéndolo desde afuera, dio un ejemplo de diálogo y madurez democrática que es muy apreciable en una región donde eso es sumamente infrecuente. Y esa visión racional del mundo se vuelve muy importante en una pandemia, porque las situaciones de miedo generan un montón de irracionalidad. Cuando nos asustamos empezamos a creer en gurús, en magos que nos van a sacar mágicamente, en conspiraciones de entidades malas, nos entra el miedo por todos lados. Y al arte le debemos mucho también, porque nos metimos en una cueva y nos agarramos de lo que teníamos a mano: de las canciones, de los libros, de las películas. Eso nos dio el soporte espiritual imprescindible para estar solos y enfrentar el miedo.

AFP Drexler con los Grammy que se llevó por Salvavidas de hielo

Este es un disco de canciones de amor, cada una a su manera. ¿Qué es para usted una buena canción de amor?

Me conmueven Just like starting over, de John Lennon o Hungry Heart, de Bruce Springsteen. Son dos canciones que rondan alrededor de otras del disco, como Cinturón blanco o Bendito desconcierto. Una canción de amor tiene que hacerme sentir que eso que siento yo ya lo ha sentido otra persona antes, y que no estoy solo en ese sentimiento. Porque no hay nada peor que sentirse solo en un sentimiento, ni nada más bonito que alguien te acompañe y te diga "a mí también me pasó y se puede salir de eso". 

¿Cómo se enfrenta con la hoja en blanco, que ya está presente desde la tapa del disco?

Es un momento de vértigo, porque la hoja en blanco es el potencial absoluto, puede pasar cualquier cosa. Es infinito lo que puede entrar. También es una sensación euforizante, porque se abre todo un mundo por delante. Pero ese vértigo es el eje del acto creativo, que es una maravilla que tiene nuestra especie; el paso del no ser al ser, no hay nada, y uno crea y aparece algo. Entonces, ese acto es más importante y más fructífero cuanto menos hay al principio, igual que el sonido es más nítido cuanto más silencio hay de fondo, igual que la pintura es más clara cuanto más blanco es el lienzo, igual que la luz se nota mejor cuanto más oscura es la situación desde la que se parte. Entonces, cuando me pongo a escribir, intento desarmar todo lo que sé. Por eso hay tantas canciones en el disco que hablan de empezar de cero, de reaprender. No escribir una canción sobre un montón de cosas prehechas y escribir arriba de eso, sino desarmarte, olvidarte que sabés escribir y empezar de cero. Pero con eso te exponés al riesgo real de que no se te ocurra nada y que la hoja en blanco quede en blanco. En este disco muestro 10 victorias sobre ella, pero por cada una de esas victorias hay 10 batallas perdidas. Quedaron fuera del disco 100 canciones que no llegaron a ningún lado, algunas ni siquiera fueron una línea sobre la hoja en blanco. Quedó en blanco después de horas frente a ella. La primera letra que ponés en el papel es la más difícil de todas. Para mí, componer es, sobre todo, las náuseas y el vértigo que produce la espera de que no se te ocurra nada. Genera una inseguridad horrible, y hay que atarse al mástil en ese momento. 

La canción que da nombre al disco habla sobre el acto de hacer canciones, un gesto casi metanarrativo. ¿De dónde vino esa motivación?

Estoy muy metapoético últimamente, no sé por qué. Va pasando el tiempo y la reflexión sobre el acto de escribir se vuelve muy importante. Ya me lo había advertido Fernando Cabrera, que me dijo "cada vez es más difícil escribir". Y la verdad es que estoy de acuerdo: cuando vas acumulando un cuerpo de canciones, cada una se relaciona con las 200 o 300 que estaban antes. Se produce un reajuste en todo el sistema de canciones. Entonces, si te ponés a pensar en eso, es un peso muy grande. Hay una frase de Leonard Cohen que es "a heavy burden lifted from my soul, I learned that love was out of my control" (me saqué un gran peso del alma, aprendí que al amor no lo puedo controlar). Lo que intento hacer en Tinta y tiempo es decirme a mí mismo como compositor "no te preocupes, no tenés esa responsabilidad". Son presentimientos que soltás al viento y que no sabés de dónde vienen ni por qué vienen, ni, desde luego, los controlás. Entonces relajate, escribí lo que tengas que escribir y dejá que la tinta y el tiempo hagan su trabajo. Sacá el yo y el ego de esa ecuación. Tené fe en soltar las cosas arriba de la hoja y que la tinta, el tiempo y la hoja en blanco hagan el trabajo. Tengo ya 14 discos de estudio y un montón de canciones que escribí para otros intérpretes, para películas. El último disco, Salvavidas de hielo, encima tuvo repercusión, ganó tres Latin Grammy, esas cosas que son maravillosas y las celebrás un montón, pero que cuando llega el momento de sentarse y volver a escribir tenés que sacarlas de la mesa. Todas las expectativas de la discográfica, del equipo, las tuyas propias, todos los premios, tenés que meterlos en un cajón y olvidarte de eso. Tengo la suerte de haber recibido muchos premios como para darme cuenta que no sirven para escribir canciones (risas).

Anton Goiri

Este año cumple 30 años de carrera. ¿Qué pasa cuando mira lo que hizo hasta ahora?

"Menos mal que me pasó de grande" es una cosa que me repito mucho. Durante mucho tiempo pensé que había perdido 10 años en la Facultad de Medicina, siempre pensaba "qué suerte tienen Andrés Calamaro o Fito Páez que a los 17 ya estaban de gira y a los 20 ya eran solistas conocidos". Pero alguien que se hace muy conocido muy temprano la tiene difícil. Conozco a muy pocas personas que supieron manejarlo, es una exigencia vital muy grande. Y además, al haber empezado tarde, el entusiasmo y la apertura me duran mucho más. Estoy muy entusiasmado de experimentar cosas nuevas, de trabajar con artistas nuevos, de tomar riesgos, hay dos canciones del disco que están compuestas con dos personas que vienen del mundo del trap y de la música urbana, con sistemas de rima completamente opuestos a los que siempre usé. Tomar esos riesgos me gusta, mi discoteca y mi biblioteca están abiertas. Cuando tenés un éxito temprano podés tener la tentación de decir "ya tengo un mundo estético irreprochable y me voy a quedar acá porque funciona". No tengo eso. Otra frase de Leonard Cohen: "El que se casa con el espíritu de su generación queda viudo cuando llega la siguiente". Cuando empezó a irme bien, tenía 40 años. Llevaba cuatro discos en España que habían sido un fracaso completo. Mi discográfica no sabía que hacer conmigo. Lo que pasa es que me empezó a ir bien en Argentina y en Uruguay a partir de Frontera, la gente entendió el planteo que había ahí, y yo estaba tan feliz con lo que estaba haciendo y con mi vida que me daba por contento. Cuando eso te pasa tan tarde, el entusiasmo te dura mucho.

¿Tiene algo pensado por el aniversario profesional?

No soy nostálgico, no miro para atrás. No me gustan las efemérides. Me di cuenta del aniversario de casualidad, porque alguien me lo comentó. No tengo pensado ningún repaso del pasado, no me interesa nada de él. Me interesa estar en el presente. Me interesa mucho más estudiar las estructuras de rima de la música urbana, como pasa en Tocarte o en Oh, algoritmo. Me interesa mucho más que volver a repasar canciones que escribí hace 30 años cuando tenía otra visión del mundo y otra visión de la música. Lo que más ilusión me da en la vida es escribir repertorio nuevo y buscar caminos nuevos. 

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