10 de enero de 2012 19:35 hs

Hay una elusiva lista de invitados y las cintitas escasean. Punta del Este en verano es, para muchos, sinónimo de fiestas exclusivas. Desde los Dj internacionales traídos para hacer bailar a las pequeñas masas con conexiones a las barras de tragos gratis, hay un prototipo que ha pasado a definir cómo son las fiestas en el balneario esteño.

Así, entre fiesta privada y fiesta aun más privada, una casa se ha posicionado como un oasis de música house y techno de culto para todo aquel que desee escapar de la comercialidad de las noches puntaesteñas.

Se trata de la Granja Play, una chacra situada sobre la laguna de José Ignacio y que ha sido escenario de varias fiestas en lo que va del verano, logrando distinguirse del resto de la oferta nocturna.

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El sábado pasado, la Granja Play ofició de anfitrión para la edición uruguaya de una fiesta que se realiza mensualmente en la capital argentina, All Nylon.

La fiesta, creada bajo la premisa de compartir “la creatividad en todas sus facetas” y concebida como un espacio donde exponer el trabajo de artistas, diseñadores, músicos y productores, se caracteriza por tener lineups con nombres reconocidos dentro del ámbito de la electrónica argentina e internacional, además de grupos con sonidos más experimentales o alternativos.

La fiesta, que ya tiene un año de eventos en Buenos Aires, ha traído la marca a José Ignacio para su primera realización fuera de la vecina orilla, la cual viene anunciándose por diversos medios digitales. Con una grilla contundente como para incluir a los prestigiosos Barem y Jorge Savoretti –productores argentinos que han editado, entre otros, con el prestigioso sello Minus, de Richie Hawtin–, la All Nylon versión oriental prometía.

Y en el arranque, ya parecía que cumpliría: para la una y media de la mañana –temprano en términos fiesteros para los estándares rioplatenses–, ya comienzan a llegar los autos, la mayoría con placa argentina, a llenar el pequeño espacio verde frente a la casa.

Con el correr del tiempo se multiplican y, dos horas después, se derraman por la ruta 10 complicando algo el tránsito hacia José Ignacio como más de un evento ha sabido hacer en los últimos días (los de Chandon y Dotto, por nombrar apenas dos).

El recorrido de la puerta a la pista no es corto y sirve, para agrado de algunos, como pasarela. Los tacos son altos –demasiado, quizá, para el terreno inclinado– y las polleras cortas.

La arena también ha servido de enemiga para algunos de los autos, caros y varados, hasta que sus dueños vuelvan tambaleando a intentar ver cómo destrancarlos para volver a casa. Pero eso es cuestión de la mañana.

Representantes de la escena local, Paco y Florencio, ya han pasado por las bandejas para calentar la pista de pasto sobre el lago para que, hacia las cuatro, las 800 personas que acudieron a la pequeña chacra se estén moviendo con un frenesí colectivo al ritmo creado por Barem y Savoretti, que han venido a representarse en conjunto. Minimal, techno y house han dominado los aires toda la noche y el dúo lo seguirá afirmando así hasta que el sol termine por vencer a los pocos que queden sobre el pasto.

Para esa hora, que ya se asoma más al mediodía que a la mañana, entre árboles y sillones quedan algunos sobrevivientes que miran cómo levantan las botellas del suelo y se preguntan por qué no hay hombres de negro echándolos porque cierra la discoteca.

Los autos se destrancan y emprenden el camino de regreso. A pocos kilómetros de La Fontana y días después de David Guetta, el sol vuelve a azotar la casa amarilla que se prepara para otra fiesta esa noche, para la que Sr. Replicante estará de visita en la cabina.

Es enero en Punta del Este y no hay tiempo que perder.

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