El viento hacía imposible cruzar la esquina de plaza Independencia y Ciudadela, al lado de la Torre Ejecutiva, y cinco policías empezaron a acompañar a la gente que se animaba a hacerlo. Los cruzaban con un gran abrazo, pero aun así no pudieron evitar caídas. Entonces, a eso de las 11 de la mañana, desde Presidencia pidieron a Bomberos “que hicieran algo”. Ese “algo” consistió en anudar una cuerda a una columna de la sede de Presidencia y unirla a otra ubicada del lado opuesto de la calle Ciudadela. Se bloqueaba el paso de los autos pero se permitía una cruce más seguro a las personas.
La Guardia Republicana es conocida como “la policía de las cuatro t”: todo tiempo, todo terreno. Y en medio de ese vendaval, sin camperas, haciendo la fuerza de un toro y sin tener idea de la hora en la que acabarían con el servicio –llegaron a las 14 y el relevo aparecería a las 22–, la descripción no podía ser más adecuada para los tres oficiales que estaban ahí.
El cruce exigía fuerza, firmeza en los pies y velocidad, algo que no se le podía pedir a todos. Un joven manco y flaco que se lanzó a cruzar lejos de la cuerda sin ser visto fue arrastrado hasta ella, se golpeó y cayó al suelo. Un guardia fue corriendo a levantarlo y otro salió para el medio de la plaza a rescatar la alpargata que se le había volado.
Jeferson Martínez, otro de los oficiales que ayudaban en el cruce, relató que lo peor era trasladar a las señoras mayores, que se quedaban congeladas en el medio de la calle y no lograban avanzar.
Por suerte ninguna de estas damas se cayó, aunque una de ellas cometió el error de abrir la boca en pleno tránsito: se le cayó la dentadura postiza y nadie la pudo encontrar.
También volaron mochilas, gorros, documentos y teléfonos celulares. Hasta un oso de peluche quedó tirado del otro lado de la calle, en el cordón de la plaza Independencia. A un repartidor se le escaparon cerca de $ 5.000 que había colocado por prudencia en la caja de la moto. Nadie los pudo cazar.
A estos obstáculos se le sumaban los que venían del tránsito. Los guardias levantaron una bicicleta que casi se les escapa cual Apolo en su carro que surcaba el cielo, y la puerta de una camioneta se convirtió en giratoria en un instante.
También las motos sufrieron caídas y desvíos por no tener semejante cuerda que las soportara como a las personas. Los guardias vieron caer motos “como nada”, contó uno. Y por eso dos repartidores, prudentes, se quedaron hasta entrada la tarde al abrigo de la Torre Ejecutiva esperando a que amainara el viento. Estaban varados desde las ocho de la mañana, sin haber comido ni saber hasta cuándo se iban a quedar allí o cómo se iban a retirar.
Entre los voluntarios que servían en la esquina estaba Julio Ángelo, obrero de la construcción de 35 años. No había ido a trabajar, “y entre estar tirado en la cama y estar ayudando”, eligió la segunda opción. Cruzaba con la gente a la par de los oficiales y retiraba de la calle los parabrisas de los ómnibus que estallaban (a la hora 16 había al costado de la calle unos seis o siete y adentro del Mausoleo de Artigas quedó otra cantidad similar). En su altruismo, Ángelo se enfrascó en la búsqueda de un par de lentes de un señor que tanteaba sin poder ver. El buen samaritano no encontró los lentes, pero halló otros siete pares y uno de esos conformó al hombre, que con ellos veía mejor que sin nada.
En un temporal anterior, Ángelo se puso un pantalón corto y recorrió 18 de Julio desde la plaza Independencia hasta la intendencia y encontró seis billeteras en el camino. Esta vez, el obrero de Soriano se quedó con un gorro “auténtico”, un reloj Casio y tres pares de lentes que estaban íntegros. Y ya pensaba a quiénes vendérselos: “Este para el portero del edificio, este otro para la señora del 5to piso”
El viento hacía imposible cruzar la esquina de plaza Independencia y Ciudadela, al lado de la Torre Ejecutiva, y cinco policías empezaron a acompañar a la gente que se animaba a hacerlo. Los cruzaban con un gran abrazo, pero aun así no pudieron evitar caídas. Entonces, a eso de las 11 de la mañana, desde Presidencia pidieron a Bomberos “que hicieran algo”. Ese “algo” consistió en anudar una cuerda a una columna de la sede de Presidencia y unirla a otra ubicada del lado opuesto de la calle Ciudadela. Se bloqueaba el paso de los autos pero se permitía una cruce más seguro a las personas.
Los oficiales de la Guardia Republicana que trabajan en el edificio presidencial relevaron a los policías y asumieron el rol de invitar a la gente a acompañarla en el cruce. A las mujeres, directamente, las abrazaban y las llevaban corriendo, casi volando. Cuando llegaban al otro extremo, todos les agradecían y no pocos les decían que eran héroes.
De un lado a otro pasó de todo: funcionarios de Presidencia o de edificios cercanos, señoras que pretendían hacer mandados, gente que circulaba por casualidad y turistas que miraban la escena con ojos desorbitados.
Pero otros tantos miraban a la cuerda de costado, como desconfiando de su necesidad. “Agárrense de la piola, no van a poder pasar”, advertía el guardia Matías Álvarez a dos hombres que se negaban. “Se confían, llegan a la mitad y ahí se desparraman”, agregó. En efecto, los que se negaban a usar el invento rectificaban en el acto: a los pocos metros el viento los arrastraba hasta obligarlos a agarrarse con firmeza.
La Guardia Republicana es conocida como “la policía de las cuatro t”: todo tiempo, todo terreno. Y en medio de ese vendaval, sin camperas, haciendo la fuerza de un toro y sin tener idea de la hora en la que acabarían con el servicio –llegaron a las 14 y el relevo aparecería a las 22–, la descripción no podía ser más adecuada para los tres oficiales que estaban ahí.
El cruce exigía fuerza, firmeza en los pies y velocidad, algo que no se le podía pedir a todos. Un joven manco y flaco que se lanzó a cruzar lejos de la cuerda sin ser visto fue arrastrado hasta ella, se golpeó y cayó al suelo. Un guardia fue corriendo a levantarlo y otro salió para el medio de la plaza a rescatar la alpargata que se le había volado.
Jeferson Martínez, otro de los oficiales que ayudaban en el cruce, relató que lo peor era trasladar a las señoras mayores, que se quedaban congeladas en el medio de la calle y no lograban avanzar.
Por suerte ninguna de estas damas se cayó, aunque una de ellas cometió el error de abrir la boca en pleno tránsito: se le cayó la dentadura postiza y nadie la pudo encontrar.
También volaron mochilas, gorros, documentos y teléfonos celulares. Hasta un oso de peluche quedó tirado del otro lado de la calle, en el cordón de la plaza Independencia. A un repartidor se le escaparon cerca de $ 5.000 que había colocado por prudencia en la caja de la moto. Nadie los pudo cazar.
A estos obstáculos se le sumaban los que venían del tránsito. Los guardias levantaron una bicicleta que casi se les escapa cual Apolo en su carro que surcaba el cielo, y la puerta de una camioneta se convirtió en giratoria en un instante.
También las motos sufrieron caídas y desvíos por no tener semejante cuerda que las soportara como a las personas. Los guardias vieron caer motos “como nada”, contó uno. Y por eso dos repartidores, prudentes, se quedaron hasta entrada la tarde al abrigo de la Torre Ejecutiva esperando a que amainara el viento. Estaban varados desde las ocho de la mañana, sin haber comido ni saber hasta cuándo se iban a quedar allí o cómo se iban a retirar.
Entre los voluntarios que servían en la esquina estaba Julio Ángelo, obrero de la construcción de 35 años. No había ido a trabajar, “y entre estar tirado en la cama y estar ayudando”, eligió la segunda opción. Cruzaba con la gente a la par de los oficiales y retiraba de la calle los parabrisas de los ómnibus que estallaban (a la hora 16 había al costado de la calle unos seis o siete y adentro del Mausoleo de Artigas quedó otra cantidad similar). En su altruismo, Ángelo se enfrascó en la búsqueda de un par de lentes de un señor que tanteaba sin poder ver. El buen samaritano no encontró los lentes, pero halló otros siete pares y uno de esos conformó al hombre, que con ellos veía mejor que sin nada.
En un temporal anterior, Ángelo se puso un pantalón corto y recorrió 18 de Julio desde la plaza Independencia hasta la intendencia y encontró seis billeteras en el camino. Esta vez, el obrero de Soriano se quedó con un gorro “auténtico”, un reloj Casio y tres pares de lentes que estaban íntegros. Y ya pensaba a quiénes vendérselos: “Este para el portero del edificio, este otro para la señora del 5to piso”