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Unidades de cuenta, no “monedas”, y dinero de alta calidad (I)

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07 de enero de 2020 a las 05:00

Objetivos de este ensayo:

-Buscar una herramienta de acción estatal para minimizar y/o superar las crisis macro-económicas.

-Convencer a quienes se oponen a la eliminación de la moneda local, o “dolarización”, por temor a desprenderse de la opción de devaluar la moneda para superar tales crisis.

-Lograr una moneda de adecuada calidad y ajena al poder estatal para liberar y proteger a los agentes económicos de las políticas monetarias y blindar el tejido social.

-Proteger a los elencos gobernantes de demandas erróneas de propios y ajenos.

-Transparentar y evidenciar los verdaderos problemas.

Es preciso abstraer y manejar adecuadamente el concepto de unidad de cuenta, ya que descuidar la higiene del lenguaje trae graves consecuencias. Damos por sentado que toda moneda tiene tres atributos: medio de pago, unidad de cuenta y depósito de valor. Pero no hacemos el ejercicio de visualizar cuál de los tres es el relevante en cada caso, en especial en las deudas. Tampoco tomamos en cuenta que aunque toda moneda es unidad de cuenta, no toda unidad de cuenta es moneda, es decir, medio de pago.

Así, hace unos años, el BROU otorgaba a las empresas agropecuarias préstamos nominados en kilogramos de carne a los ganaderos y en litros de leche a los tamberos. Cada amortización la realizaban, naturalmente, con medios de pago, pesos o dólares, pero en su cuenta, dependiendo del valor del momento, su deuda disminuía (su saldo) en kilogramos de carne o litros de leche. Nótese que es indiferente qué medio de pago se utilizara. También son comunes, hoy mismo, los contratos de alquiler de viviendas nominados en UR o en UI, o el arrendamiento de tierra en kilogramos de soja, o de arroz, o litros de leche. Todas esas especies son usadas como unidades de cuenta no monetarias.

El problema monetario a escala mundial. Origen de la confusión

Tengo la convicción que, en materia económica, el mundo perdió el rumbo virtuoso cuando se legalizó la reserva fraccionaria, es decir, se autorizó legalmente a los bancos a prestar los depósitos a la vista (hasta entonces considerado un delito por siglos y milenios)   –cuyo deber era guardar y custodiar, y tener 100% en caja–  , a diferencia de los préstamos que recibían de sus clientes   –quienes aceptaban perder la disponibilidad de su dinero por cierto tiempo–  , con los cuales sí podían hacer legítima intermediación financiera1.

Pero el “broche de oro” de la pérdida del rumbo virtuoso fue cuando, confundiendo unidad de cuenta con unidad de medio de pago, se empezó a denominar los medios de pago en unidades de cuenta, y se permitió a los bancos emitir sucedáneos del oro  –que era el dinero en aquel entonces–  billetes primero y crédito bancario después, denominándolos en dólares o pesos o francos, etc. en vez de hacerlo en cantidades físicas de oro como gramos u onzas troy.

El exceso de emisión terminaba inevitablemente en la inconvertibilidad y en la devaluación del dinero (de sus sucedáneos), es decir, tanto de la unidad de medio de pago como de la unidad de cuenta implícitas. Y esto ha derivado, dada la proliferación de dinero fidu-ciario (monedas nacionales)2  en la nefasta pretensión de devaluar la unidad de medio de pago (el dinero) para corregir desequilibrios cuando en realidad lo que se procura es devaluar la unidad de cuenta.

Y desde entonces la confusión ha sido total, en el marco de ciclos económicos recurren-tes de auge, recesión y crisis: unidades de cuenta nacionales y unidades de medios de pago culturalmente mimetizadas. Culpando de los zafarranchos al libre mercado y al capitalismo, y habiendo creado tal malestar social que últimamente hasta la democracia ha perdido prestigio como sistema político.

Pero debemos esforzarnos en abstraer cuál aspecto del dinero es el relevante en cada ocasión. Así una deuda, cantidades de dinero en los contratos, los precios en general, el pasivo de un balance y los activos excepto la caja, debemos verlos como unidades de cuenta, es decir, que representan valor. El dinero que está en caja debemos verlo como medio de pago, es decir, directamente como valor.

El dinero “depositado” en un banco deberíamos poder verlo también en su totalidad como medio de pago, pero el banco solo tiene una fracción, ya que ha reemplazado  –autorizado legalmente claro está–  buena parte del dinero de los depositantes (que debería estar en caja, en custodia y para otros servicios como los pagos a terceros) por prome-sas de pago de sus deudores 3. El lenguaje y expresiones erróneas han contribuido a la confusión. Así un “depósito a plazo fijo” es un oxímoron, encierra una contradicción, ya que si fuera depósito todos los propietarios se lo podrían llevar cuando quisieran. “Es importante resaltar que este uso terminológico induce a error y enmascara la existencia de lo que no es sino un verdadero contrato de préstamo”4, con lo que la confusión entre unidad de cuenta y medio de pago se acentúa.

 1Jesús Huerta de Soto. “Dinero, crédito bancario y ciclos económicos” 1998, sexta edición 2016.

 2E. Palacios Maceira https://www.elobservador.com.uy/nota/dinero-fiduciario-2018912204759

  3quiere decir que gran parte de lo que consideramos y usamos como dinero, solo es representación de valor, no valor verdaderamente.

  4Jesús Huerta de Soto. “Dinero, crédito bancario y ciclos económicos” 1998, sexta edición 2016

*Directivo de la Academia Nacional de Economía.

Esta es una nota que se publicará en cinco partes en El Observador.

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