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Uruguay contra Resto del mundo

La globalización traía repercusiones positivas pero no se supo aprovechar

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31 de julio de 2018 a las 05:00

El efecto carambola del brexit, que terminó con un recorte a la exportación cárnica, o el efecto de la retaliación China a Trump que terminó haciendo caer en dos días el precio de la soja casi 20%, no son una tormenta, ni un avatar, ni un accidente. Es que el mundo está retomando el formato que tenía hasta los años 70 del siglo pasado.

En ese momento finaliza el ciclo de cien años de crecimiento y auge de la economía americana, generado en sus políticas de estímulo a la creatividad (leyes de patentes) y en la libertad de empresa, que produjo el mayor auge de desarrollo de la historia, aún en comparación con los resultados de la tecnología, del comercio online, de los celulares y de las apps.

A esto debe agregarse el impulso temporario del gasto bélico de la segunda guerra mundial, que produjo un impulso adicional que transformó a Estados Unidos en la mayor potencia económica de todos los tiempos, además de la mayor potencia bélica.

Al terminar la guerra el PIB americano era en la medición usada en ese momento el 70% del PBI mundial. Hoy es el 25% aproximadamente. La tendencia del último cuarto del siglo XX de derivar al resto del mundo las industrias menos eficientes –totalmente acertada– fue sin embargo siempre rechazada por los sectores más conservadores de la sociedad, y por quienes se aferraban a la industria física como símbolo de poder y progreso. El Partido Republicano fue el principal intérprete de esas ideas.

La decisión estratégica de canjear la neutralidad China en la guerra fría por la anuencia para permitir su desarrollo económico –brillantemente aprovechada por ese país–, aumentó la grieta americana entre los que se beneficiaron –los más– y los que se perjudicaron con ese paquete aperturista.

Hasta los años 60 no existía tal concepto como mercados emergentes o países en desarrollo, ni éstos tenían la posibilidad de serlo. Los países no centrales debían resignarse a vender sus producciones primarias a precios que se formaban en mercados imperfectos, donde siempre perdían. Cualquier ajuste era vía de pobreza. Fácil para China y otros países totalitarios desde siempre, o para India, cuya religión de castas considera la miseria subhumana un mandato divino.

La posterior globalización fue una continuidad natural de ese proceso iniciado en los '70 del siglo pasado, y generó una revolución no sólo económica sino social especialmente en esos países, marginados, la gran mayoría.

Pero el enorme cambio generado por la globalización redistribuyó tanto la riqueza como la pobreza, del mismo modo en que redistribuyó el empleo. La innovación podía ser americana o rusa, pero el empleo se podía producir en Malasia o México. Los trabajadores competían entre sí, con prescindencia del país donde habitaran. Las conquistas sociales eran una carga para la creación de trabajo y las empresas mundiales elegían la mano de obra donde más barato resultara. Los fletes se redujeron drásticamente por razones parecidas y eso aceleró los efectos.

Una parte de la sociedad americana, los rednecks, por ejemplo, las zonas con industrias obsoletas o maduras, los estados atados a cadenas de producción de bienes sin mercado o desplazados por la competencia global, no reaccionaron adecuadamente. Tampoco el Estado, que sólo aumentó en esos años el déficit y la deuda, salvo Clinton, que pese a su demonizada condición de miembro del Partido Demócrata, en los últimos años de su mandato ya acariciaba una situación de superávit y repago importante de la deuda.

El 11 de setiembre, que George W. Bush aprovechó del peor modo, aumentó el gasto y bajó los impuestos a empresas sin lograr el esperado crecimiento –espera que podría haberse ahorrado con algún conocimiento de economía–, lastimó el proceso de cambio que debían haber encarado los americanos frente a las exigencias de la globalización. Obama tampoco resolvió la ecuación, más bien la empeoró.

Europa tampoco logró consolidar un mercado competitivo, la Unión Europea pasó de ser una promesa de libertad a parecerse a una unión aduanera, con todos sus defectos. Sólo los países menos atados a las libertades (y populismos) a los que las democracias actuales son propensas, fueron los que se beneficiaron incondicionalmente de la apertura global.

El Partido Republicano, lastimado además por la pérdida del negocio del armamentismo y la ofensa íntima de tener que soportar un presidente negro, fue obstruccionista durante los dos mandatos de Obama, para bien y para mal. Eso aumentó el problema estructural y dejó flotando temas gravísimos como el inviable sistema de salud y una crisis que explotó en 2008 pero que creó Bush.

Con las dos cámaras a favor los republicanos, usanado a Trump, al que originalmente despreciaron, como un ariete y lo que creen es el mandato popular, dan y darán marcha atrás en la globalización. Tal es lo que ocurre hoy.

El mundo se prepara para retroceder. Muchos creen que temporariamente. Otros, piensan que a partir de ahora se redistribuirá la pobreza americana en el resto del globo. La columna viene sosteniendo que para los países exemergentes y marginales no hay demasiados caminos. Justificar su propio proteccionismo con el proteccionismo de las grandes potencias es suicida. Mantener déficits y endeudarse es fatal. Defender supuestas conquistas y rigideces obtenidas durante la lluvia de maná lleva a la estatización del empleo. Y a peores formatos.

La globalización no necesariamente desaparecerá. Pero no será la misma. Será supervisada por Estados Unidos, China, y en menor grado la Unión Europea, si subsiste. En la práctica, tiene una especie de globalización interna que también se limitará.

El sistema mundial ya viene presionando a las naciones más eficientes para que aumenten sus impuestos, y aún sus costos laborales, como lo hace el Tratado Transpacífico, que Trump resucitará en cualquier momento en cuanto se dé cuenta de que lo representa fielmente, aunque sin prepotencia.

El brexit muestra también que las conquistas comerciales y los mercados ganados, ceden ante el poder económico y el poder de la fuerza, sin explicaciones ni reclamos. La globalización ofrecía un mundo que tendía a ser más justo. Ya no lo es. Dejó de serlo el día de la elección de Trump, o el 11 de setiembre de 2001, elija el lector.

El Mercosur, en tal procenio, es el peor formato a seguir, porque postergará más a Uruguay. También lo es todo el sistema gremial oriental, que exponenciará los efectos del proteccionismo mundial con su rigidez cadavérica que proyectará a la sociedad. Seguir financiando un falso y perdido nivel de vida con impuestos es igualmente paralizante y de corto plazo. Lo cual lleva a mirar al sistema político. Tanto en su formato como en sus concepciones. Ninguno de los partidos parece estar mirando para adelante y con los pies sobre la tierra. En eso se parecen casi en un calco al gremialismo y a la sociedad. Deberán empezar por abandonar toda ideología, una pretensión de estudiantina.

El lector reclamará soluciones. Que no son cuerda de esta columna. Son cuerda de los votantes. Y de los políticos, que en vez de usar su capacidad de dorar píldoras y endulzar oídos, deberán usar su poder de persuasión, si alguna vez lo tuvieron. Y mucha imaginación, creatividad y convocatoria al esfuerzo. Algo ciertamente difícil luego de haber repartido felicidad, bienestar y conquistas sociales a manos llenas. También reclamará optimismo. Pero la columna no es de autoayuda. Menos cuando hace falta una mirada fría y analítica. Y el análisis no da un resultado positivo.

Los que despotricaban contra el capitalismo salvaje, reclamarán ahora que retornen la competencia, la apertura y la libertad de mercados. La globalización era finalmente muy buena. Demasiado buena para ser cierto.



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