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Uruguay, otro “cementerio de aristocracias”

Esta elección busca definir si la aristocracia emergente desplaza a la frenteamplista o no 

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15 de mayo de 2019 a las 05:00

El concepto no es mío. La definición es mérito de Vilfredo Pareto (1848-1923), francés de nacimiento pero italiano por formación, ingeniero de profesión pero catedrático de Economía Política. Pareto integra, con Gaetano Mosca y Robert Michels, el calificado e influyente grupo de pensadores “elitistas” que argumentaron que la democracia propiamente dicha, es decir, el autogobierno ciudadano, era, en última instancia (y por distintas razones para cada uno de ellos) un ideal inalcanzable. Para Pareto, en concreto, la historia es “un cementerio de aristocracias”: tarde o temprano termina emergiendo una minoría que, por mérito propio, arrebatará el poder a la elite dominante. Cambia la minoría en el poder. Cambian los hombres, cambian los nombres, cambia la composición social. Pero, para él, siempre hubo y siempre habrá, cualquiera sea el régimen político, una minoría dominando a la mayoría.

La obsesión de Pareto con la dominación, como la de los demás autores que signaron la teoría política y social de fines de siglo XIX y principios del siglo XX (desde Carlos Marx a Max Weber) debe ser interpretada en el contexto del contraste existente entre el discurso democrático sobre la “soberanía popular” emergente (cada vez más intenso, cada vez mejor fundamentado) y la evidencia, apabullante, de la dominación política, social y económica por parte de minorías. Hablaban de dominación (de la dominación de clase en el caso de Marx, de la dominación burocrática en el de Weber, de la dominación de la “clase política” en el caso de Mosca) porque, de hecho, el viejo fenómeno de la dominación se había vuelto un rasgo visible (había dejado de ser “natural” para pasar a ser un problema social que debía ser resuelto). Y así fue. Durante el siglo XX asistimos a enormes esfuerzos de resultados variables según los países a favor de la democratización y de la distribución de la riqueza. 

De todos modos, sigue siendo cierto (como enseñaron Joseph Schumpeter y Robert Dahl) que las democracias modernas, por razones de escala, en la medida que se apoyan en la representación, sigue teniendo como protagonistas a minorías. Claro, son minorías menos poderosas que las de cien o doscientos años atrás. En primer lugar, en la dimensión sincrónica, porque en alguna medida, dependiendo del grado efectivo de pluralismo existente, comparten el poder y se controlan mutuamente. En segundo lugar, en la dimensión diacrónica, porque para ejercer el poder y permanecer en él, están obligadas a conquistar el apoyo popular. Cuando la democracia realmente funciona, la minoría que conquistó el poder por representar a la mayoría está controlada todo el tiempo por otras minorías, que la podrán desplazar del poder cuando llegue el momento sin arriesgar ser perseguida.

Nuestro país no es la excepción a este pleito de minorías. También Uruguay es un “cementerio de aristocracias”. Desde la restauración de la democracia en 1985 a la fecha hemos visto emerger tres “aristocracias”. La primera es la que, luego de padecer la dictadura, asumió la tarea de liderar tanto la transición desde el régimen autoritario como la modernización de la estructura económica y política del país (al decir de Jorge Lanzaro, dos “transiciones” en una). En esta élite política, además de figuras frenteamplistas como Líber Seregni, descollaron algunos líderes colorados y blancos que ya habían ido despuntando a fines de los sesenta y comienzos de los setenta: Jorge Batlle y Julio María Sanguinetti, en el Partido Colorado, Wilson Ferreira Aldunate y Luis Alberto Lacalle, en el Partido Nacional. Esta élite hizo un esfuerzo político y programático extraordinario durante cerca de quince años. Poco a poco declinó, perdió energía, pasión, ideas, salud, prestigio, legitimidad, votos. La crisis de 2002 la terminó de arrancar del poder, desafiada y vencida por una nueva “aristocracia”. 
Durante los últimos quince años hemos asistido al ascenso, gloria y declinio de la elite frenteamplista, la segunda de las “aristocracias” de la post-dictadura. Como la que la precedió, llegó al poder después de mucho penar, de mucho pensar y de mucho esperar. Llegó cargando sueños de justicia e ilusiones refundacionales. Como la que precedió, hizo un esfuerzo político extraordinario liderada por Tabaré Vázquez, Danilo Astori y José Mujica. Se propuso conciliar crecimiento económico con distribución del ingreso. Mientras el ciclo económico ayudó (entre 2005 y 2013) logró rescatar y relanzar el viejo Estado de Bienestar uruguayo. Poco a poco, se fue quedando sin plata. Pero además, como la anterior, fue perdiendo por el camino energía, pasión, ideas, salud, prestigio, legitimidad… No hay una gran crisis, similar a la del 2002. Asistimos a una crisis distinta, más política que económica. Y, al mismo tiempo, al ascenso de una nueva “aristocracia”, la tercera desde 1985 en adelante. 

No sabemos cuántos votos perderá la “aristocracia” declinante. Depende, en gran medida, del poder de seducción de la nueva elite. En Uruguay, rara vez una figura política de primer orden surge de la nada. Así como la trayectoria de los líderes más característicos de la “aristocracia” frenteamplista puede rastrearse durante los quince años previos a la Era Progresista (ocupando cargos relevantes: Vázquez en la IMM, Astori y Mujica en el parlamento), la elite a cuya consolidación estamos asistiendo tiene algunas caras no tan nuevas, como la del ex presidente Julio María Sanguinetti o, salvando las distancias, las de los senadores Jorge Larrañaga y Pablo Mieres. En primera fila, vemos a Luis Lacalle Pou y Ernesto Talvi. No sabemos si la “aristocracia” emergente logrará desplazar a la frenteamplista (a su vez, como es evidente, en pleno proceso de renovación). Pero de eso, en el fondo, se trata esta elección. 

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