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Uruguay y Paraguay deberían ganar más en Europa que sus grandes vecinos

El principal obstáculo para el comercio Mercosur-UE son los grupos de presión y el proteccionismo

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17 de julio de 2019 a las 05:00

Al fin, el factor decisivo para la concreción del tratado de comercio entre el Mercosur y la Unión Europea fueron las tendencias liberales que predominan en el nuevo gobierno de Brasil.
“Prometí que haría comercio con todo el mundo, sin sesgo ideológico”, proclamó el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, el 30 de junio, día de la firma del tratado. “Vamos a abrir nuestra economía y cambiar Brasil para mejor”.

En realidad, fue el resultado de un trabajo de 20 años, no de los gobiernos de Jair Bolsonaro o Mauricio Macri en Argentina. Pero sin la convicción de ambos las tratativas podrían haber seguido eternamente, entre dos bloques muy sensibles a los grupos de presión: industriales, agricultores, ecologistas, nacionalistas de derecha e izquierda. 

Las negociaciones Mercosur-UE se habían estancado por completo durante la era de los Kirchner en Argentina y de Lula y Dilma Rousseff en Brasil.

Países grandes y pequeños

Lo determinante fue lo que sucedió con Brasil, comentó el diario Folha de Sao Paulo del miércoles 3. Bolsonaro y el ministro Paulo Guedes (Economía), en sintonía con Itamaraty (Ministerio de Asuntos Exteriores), entienden que la “política comercial era el corazón del desarrollo económico”. Brasil es ahora más abierto que nunca al comercio. Y Argentina, que siempre ha sido refractaria, ha cambiado su postura, al menos hasta nuevo aviso.

Pero el secretario especial de Comercio Exterior, Marcos Troyjo, predijo que el acuerdo sólo tendrá éxito si Brasil lleva a cabo sus reformas internas, incluyendo impuestos y seguridad social. “El gran acuerdo comercial que Brasil tiene que hacer es consigo mismo”, afirmó.

Desde el fondo de la historia, los proteccionistas tienden a ver el comercio como un juego de suma cero: lo que gana uno, debe perderlo otro. Pero, en realidad, todos ganan en la medida que las economías interconectadas se vuelven más pacíficas y productivas, particularmente desde la revolución capitalista de los últimos dos siglos. La Europa occidental de hoy es infinitamente más próspera e igualitaria que en los comienzos de la Unión, en la década de 1950.

En principio, Uruguay y Paraguay tienen mucho para ganar si sus productos ingresan con más libertad a la Unión Europea. Son economías más abiertas y flexibles que las de sus vecinos. Hablar de “asimetrías” es un lugar común. ¿Cómo no haberlas entre Uruguay y Alemania, por ejemplo? Pero lo cierto es que los países pequeños suelen navegar mejor, y beneficiarse más, en grandes unidades económicas como la Unión Europea o los acuerdos integracionistas del Pacífico. 

La contrapartida sería el ingreso a Paraguay y Uruguay de bienes industriales de mejor calidad a menor precio, en competencia con los de China, Brasil y Argentina. Eso también sería buen negocio, así como la inversión y el eventual montaje de nuevas industrias locales en sociedad con europeos. 

Hay más temores en Brasil y Argentina, cuyos sectores industriales (máquinas, herramientas, automotriz, autopartes, metalúrgicos, textiles, plásticos) deberán ganar más eficiencia y competitividad, ya sea por sí solos o asociados a empresas de Europa occidental, como ya lo están en muchos casos.

Los automóviles producidos en Brasil o Argentina, por ejemplo, aunque son de diseño y marcas europeas y asiáticas, tienen una protección arancelaria de 35%, además de otras tasas, lo que dificulta el acceso de la competencia. Ambos países solicitaron un plazo mayor para la desgravación arancelaria en ese rubro industrial. 

“Van a pasar 15 años para que realmente los autos europeos puedan entran con arancel cero”, señaló el lunes 1º el canciller uruguayo Rodolfo Nin Novoa.

También los productos farmacéuticos europeos dejarán de pagar aranceles del 14%, como ahora, y tendrán una más estricta protección de patentes.

Entre el optimismo y los temores

Varios sectores brasileños esperan rápidas ventajas, gracias a la eliminación de aranceles para productos como calzados, vestimenta, jugo de naranja, café industrializado, miel natural, madera compensada, polietileno, cuero o autopartes, señaló un cable de la agencia AFP. Las gigantes brasileñas del sector de la alimentación, como BRF (Brasil Foods, que comercializa carnes, alimentos procesados, margarinas, pastas, pizzas y vegetales) y JBF (frigoríficos, que opera en casi 150 países y emplea a más de 125.000 personas), se sintieron bastante seguros en todo caso para celebrarlo con significativas subidas en el precio de sus acciones.

En general, la bolsa de San Pablo vive una etapa de auge, y el real se fortalece, debido a medidas para controlar el gran déficit del gobierno, como la reforma de la seguridad social. Las expectativas económicas son favorables tras varios años de depresión económica, alto desempleo e inestabilidad política.

En Argentina, el empresario agropecuario Gustavo Grobocopatel (que también operó a gran escala en Uruguay) celebró el acuerdo, opinó que “hay que permitir que haya sectores que desaparezcan”, que la industria experimente una “transformación productiva”, y propuso “tratar de ser cada vez más Europa”, como “la Argentina potencia” del 900, abierta al mundo.

Sin embargo la Coordinadora de Centrales Sindicales del Cono Sur (CCSCS), que incluye al PIT-CNT uruguayo, de inmediato rechazó el acuerdo. “Es la sentencia de muerte de nuestras industrias y de gran parte de nuestro trabajo decente y empleo de calidad”, afirmó en un comunicado, apenas conocida la firma del acuerdo.

Algunos grupos de interés europeos, por su parte, temen una catarata de productos agropecuarios sudamericanos (carne vacuna, ovina, porcina y aviar, lácteos, cereales, aceites, azúcar, etanol) que sepulte a sus agricultores. Ya Chile, un país pequeño pero de clara presencia en Europa después del tratado de libre comercio de 2002, compite con los pescadores del Reino Unido hasta con los productores de vinos y frutas de la cuenca del Mediterráneo.

Si bien las cuotas europeas para bienes agropecuarios serán estrictas y relativamente pequeñas, los agricultores europeos ya expresaron su descontento. Recibieron el respaldo de dirigentes políticos de todos los sectores, lo que indica que habrá grandes batallas en el Parlamento europeo y en los Parlamentos nacionales.

La Unión Europea sostiene a sus productores agropecuarios mediante grandes subsidios de la Política Agrícola Común (PAC), de hasta cinco veces el valor de la producción. 

El acuerdo “expondrá a los productores (europeos) a la competencia desleal (del Mercosur) y es un engaño”, afirmó Christiane Lambert, criadora de cerdos y presidenta del sindicato de agricultores de Francia.

El proteccionismo europeo también se escuda tras las cláusulas de “precaución”, que pueden cuestionar la importación de productos por el uso de pesticidas o transgénicos. Incluso los “verdes” europeos anuncian poco menos que el Apocalipsis si ingresan bienes agropecuarios sudamericanos.

Los “verdes” (ecologistas) pueden ser un obstáculo insalvable en el Parlamento europeo debido a sus cuestionamientos a la política ambiental de Brasil, sobre todo en el Amazonas.

“Los agricultores (sudamericanos) son muy generosos con los pesticidas y la ingeniería genética, que muchos consumidores en Europa ven de manera crítica”, señaló el diario alemán Berliner Zeitung enseguida del acuerdo.

Los ganaderos de España, Italia, Polonia, Francia e Irlanda advirtieron el lunes 8 sobre “las exigencias sanitarias, de trazabilidad y medioambientales menos estrictas” en América del Sur.

El presidente Emmanuel Macron está en serios problemas, de todo tipo; y ahora esto que lo enemista con agricultores, que dependen de las subvenciones, y con los ecologistas.

Medio centenar de parlamentarios franceses de la oposición de derecha publicaron el domingo 7 en el diario francés Le Parisien un aviso en el que dijeron “no al acuerdo”, que calificaron de “error económico y horror ecológico”. La Asamblea Nacional tiene 577 miembros.

El mismo tipo de prevenciones expresan gobiernos como los de Irlanda, Polonia o Bélgica, países que poseen agroindustrias significativas.

El comisario europeo de Agricultura, Phil Hogan, prometió una “ayuda financiera” de hasta 1.000 millones de euros, unos 1.130 millones de dólares, “en caso de perturbación del mercado”.

“Una experimentada negociadora brasileña dice que al final el mayor problema se presentará a la hora de las discusiones sectoriales”, señaló el diario Folha de Sao Paulo el 1º de julio. “La presión de grupos como agricultores franceses o metalúrgicos alemanes, altamente organizados e incrustados en la estructura del Estado, puede hablar alto y dificultar el juego”.

Sueño americano

Jair Bolsonaro, nada modesto, tras el acuerdo con la Unión Europea anunció de inmediato que pretendía un tratado de libre comercio con Estados Unidos, aprovechando su buena sintonía con Donald Trump. El argentino Mauricio Macri, en campaña por la reelección, se sumó poco después a la propuesta.

Pero es apenas una idea, muy alejada de la realidad. El Estados Unidos de Donald Trump tiende a ser proteccionista, y las economías americanas, del norte y del sur, son más competitivas que complementarias.

En 2005 el gobierno uruguayo presidido por Tabaré Vázquez comenzó a discutir un tratado de libre comercio (TLC) con Estados Unidos, en momentos de grandes tensiones con Argentina y de excelente relación con George W. Bush. Al fin la idea que quedó por el camino debido a la división en el seno del gobernante Frente Amplio y a la frialdad, cuando no amenaza de veto, de los gobiernos de Argentina y Brasil, socios en el Mercosur.

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