Por Pablo Aragón
Venezuela: el pozo negro de la revolución
A las izquierdas regionales y europeas la represión policial en las calles y la decena de jóvenes muertos no les mueve ni un pelo
A las izquierdas regionales y europeas la represión policial en las calles y la decena de jóvenes muertos no les mueve ni un pelo
Por Pablo Aragón
Con impar hipocresía, el mundo parece ahora desayunarse con que Venezuela es una dictadura bananera de triste especie: ya lo era en vida del payasesco Hugo Chávez, y desde que este se fuera al infierno, lo ha seguido siendo bajo su mascota iletrada, Nicolás Maduro. Y así lo seguirá por bastante tiempo, en no pequeña medida gracias a la misma platea de hipócritas.
Las de las izquierdas regionales y europeas, por lo pronto, a las que la represión policial en las calles, las decenas de jóvenes muertos en manos de los servicios de seguridad y mesnadas parapoliciales, presos políticos y refugiados no mueven un pelo del bigote: si lograron retratar a un asesino serial como Stalin bajo la paleta de un “padre de los pueblos”, ¿qué les puede tomar hacer lo propio con Maduro, o Diosdado Cabello?
La de las cancillerías mojigatas, hace horas incapaces de hacer un esfuerzo diplomático en beneficio de sus pueblos, pero dispuestas a jugar la pilatuna carta de la moderación y el sigilo a fin de mantener abiertos los “canales de diálogo” que no existen: en ese penoso rincón de tibios cómplices de la represión están fieras tan dispares como la cancillería de Francia, la del Vaticano o la de Uruguay.
Y, finalmente, la de los propios enemigos declarados del horrendo régimen venezolano, incapaces de actuar mientras Maduro y sus gangsters violaban la misma Constitución autoritaria que hiciera aprobar Chávez. Ayer contemplaron, pues, congelados cómo un tribunal de justicia que era todo menos independiente se arrogaba las potestades y cometidos del poder legislativo, luego que el dictador desconociera en los hechos a los representantes electos por el pueblo, y ahora cómo se ha montado el circo de una amañada “asamblea constituyente”.
La “constituyente” es otro pasmo: armada entre gallos y medianoches a fin de contar con una “representatividad” de corte fascista, elegida por una minoría regimentada que sabe tanto de constituciones como de física atómica, cultivada en el frasco de una elección fraudulenta, se ha instalado con plenos poderes por sobre la asamblea legislativa popularmente electa, y ahora se aboca a gobernar a Venezuela con arbitrariedad y violencia.
Los venezolanos han sido, pues, abandonados a su suerte.
Los retienen las mazmorras y las escuadras fascistas del chavismo, pero también la miseria y el reinado del crimen: la inflación destruye sus recursos, el Estado totalitario sus empresas, la escasez su sustento, la emigración forzada sus familias. Casi 80 mil venezolanos han cruzado a pie la frontera con Brasil entre 2015 y 2016, y lo siguen haciendo: más de 20 mil lo han hecho este año. Unos 150 mil venezolanos temporalmente residentes en Colombia procuran regularizar su permanencia en ese país, y se cuentan por centenares los que intentan construir una nueva vida en lugares tan lejanos como Chile, Perú, Argentina, o aún la no menos venezolanizada cenicienta austral, Uruguay.
Madrid, Nueva York, Miami, Roma están llenas de venezolanos empobrecidos y exilados, forzados a mascar la rabia de saber que su país está en manos de una claque militarizada y fanática, empeñada en depredar las arcas públicas y las privadas, engolosinadas en un latrocinio que consuman de la mano de asesores cubanos.
Ni aun el viejo espantajo del imperialismo estadounidense sirve ya de consuelo al pueblo venezolano: lo que oirán de Washington será ruidos y condenas, pero nada más. Venezuela bien podrá llegar a la condición de una nueva Cuba: a EEUU no le interesa ya inmiscuirse en el sur de su frontera, y le tiene sin cuidado que los venezolanos que votaran por Chávez años atrás se estén ahora hirviendo en el aceite que calentaran.
¿Pero no podría, al menos, Washington boicotear su comercio con Venezuela? Al fin y al cabo, este país es el tercer exportador de petróleo pesado a EEUU. Si el gigante no le compra a la dictadura chavista esos 700 mil barriles diarios de petróleo (de los 2 millones que produce), ni le vende los 100 mil de petróleo ligero que Venezuela precisa, la republiqueta de izquierda demoraría días en caer en cesación de pagos, y sus militares no tendrían un duro para cobrar, tal vez llevándolos a volar a Maduro y sus compinches por los aires.
Solo que nada de eso va a ocurrir. A Washington le importa mucho más que los costos de las refinerías de Chevron, Phillips o Valero se mantengan bajos y, con ellos, el precio del combustible en su mercado doméstico. Y, claro, que no haya que dar vida a los proveedores de Arabia Saudita o Kuwait. Como tampoco le interesa que el derrumbe venezolano arrastre consigo a esa otra cartulina económica, Cuba, los desesperados solo pensarían en huir a EEUU, donde no se quiere más de ellos, o de los venezolanos que se sumarían al éxodo.
Lo que recibirán, por lo tanto, del norte las pobres víctimas de la dictadura será sanciones migratorias para la oligarquía que, en lugar de comprar zapatillas en Miami, tendrá que hacerlo de ahora en más en Europa: hasta allí llega la solidaridad con su causa.
¿Guerra civil, entonces? Sí, ese es el destino. Pero, indefenso y abandonado, el pueblo venezolano tendrá que elegir el camino de una guerra larvada, callejera, prolongada y sucia. Jugada, en suma, a despertar una reacción en el seno de las mismas fuerzas armadas que hoy lo reprime. Un triste panorama: el de todos los que se dejan encandilar por la demagogia, creyendo que ella le dará aquello por lo que no vale la pena esforzarse. Venezuela ha aprendido, pues, que la libertad se extraña. Y cómo la va a seguir extrañando.