17 de junio de 2026 17:05 hs

El viernes 12 de junio, a las 5:21 de la tarde hora de Washington, el Departamento de Comercio de Estados Unidos le envió una carta a Dario Amodei, CEO de Anthropic. La orden era simple y sin precedentes. Desactivar el acceso a sus dos modelos de inteligencia artificial más avanzados, Fable 5 y Mythos 5, para cualquier persona que no sea ciudadana estadounidense. Cualquier persona. En cualquier parte del mundo. Incluyendo a los propios empleados extranjeros de Anthropic.

A las pocas horas, los modelos estaban apagados para todos. Cientos de millones de usuarios se quedaron sin acceso de un momento a otro. Sin aviso previo ni explicación detallada. El comunicado del gobierno citó "autoridades de seguridad nacional" y nada más.

Leí la noticia desde Buenos Aires. Yo soy un "foreign national". Vos que leés esto desde Montevideo también. Todos los que estamos de este lado del mapa somos, en la jerga del Departamento de Comercio, extranjeros. Y el viernes a la noche, un funcionario en Washington decidió que los extranjeros no pueden acceder a determinada inteligencia. Así, con una carta.

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Esto nunca había pasado. Estados Unidos venía usando controles de exportación para regular los chips, el hardware, las piezas físicas que hacen funcionar la IA. Nunca los había aplicado directamente sobre un modelo. Sobre el software. Sobre la inteligencia misma. El viernes cruzó esa línea. Ya no controlan lo que se fabrica. Controlan lo que se piensa. Hay una aduana nueva en el mundo y no revisa valijas. Revisa capacidades cognitivas.

Para entender por qué pasó hay que rebobinar unos meses. En febrero de este año, después de que Anthropic se negara a entregar su IA al Pentágono para uso militar sin supervisión humana, el gobierno de Trump los clasificó como "riesgo en la cadena de suministro". Los sacaron de todos los contratos federales. El Secretario de Defensa Pete Hegseth firmó la designación. Fue la primera vez que un gobierno trató a una empresa de IA como si fuera un proveedor hostil.

Anthropic demandó al gobierno. La semana pasada, el cofundador Christopher Olah estaba sentado al lado del Papa León XIV en el Vaticano presentando una encíclica sobre IA. Y el viernes, el gobierno le apagó los modelos. La secuencia es de película. Una empresa que le dice que no al Pentágono, se sienta con el Papa, y termina con el producto desactivado por orden ejecutiva.

El detonante inmediato, según Semafor, fue que un grupo vinculado a China habría logrado acceder a Fable 5. El gobierno también mencionó un método de "jailbreak" que vulneraba las barreras de seguridad del modelo. Anthropic respondió que el jailbreak era limitado, no universal, y que el mismo método podía usarse contra otros modelos como GPT-5.5 de OpenAI. Pero a OpenAI no le apagaron nada.

Y acá entra la geopolítica de fondo. Estados Unidos lleva meses en guerra con Irán. Las tensiones con China siguen escalando. Irán cerró el Estrecho de Ormuz. Trump firmó hace 10 días una orden ejecutiva para que el gobierno revise los riesgos de seguridad nacional de los modelos de IA más avanzados antes de que salgan al público. La IA dejó de ser un producto tecnológico. Se convirtió en un activo de seguridad nacional, al mismo nivel que un misil o un satélite espía. Y el acceso a ese activo ahora lo decide un funcionario del Departamento de Comercio con una carta a las 5 de la tarde de un viernes.

Lo que me preocupa, y lo digo desde alguien que trabaja con estas herramientas todos los días, que da clases sobre ellas, que escribe sobre ellas, es que nosotros no tenemos voz en esta decisión. Argentina no tiene voz. Uruguay no tiene voz. América Latina no tiene voz. Hace unas semanas escribí en esta columna que la región representa el 14% de las visitas globales a plataformas de IA pero recibe el 1,12% de la inversión. Usamos herramientas que otros construyen, con plata que no es nuestra, bajo reglas que no escribimos. Y el viernes quedó demostrado que esas herramientas se apagan con una carta.

Business Standard publicó hoy un análisis con un título que me quedó grabado. "No confundas acceso con propiedad, ni adopción con ventaja". Eso es exactamente lo que pasó. Millones de personas en el mundo adoptaron Fable 5 en una semana. Construyeron flujos de trabajo alrededor del modelo. Integraron la herramienta a sus empresas, a sus investigaciones, a sus clases. Y el viernes, sin aviso, el acceso desapareció. Porque acceso y propiedad son cosas completamente distintas. Y nosotros solo tenemos acceso. A préstamo. Revocable.

La palabra que me viene a la cabeza es "aduana cognitiva". Hasta ahora, las aduanas controlaban bienes físicos. Después empezaron a controlar datos. Ahora controlan inteligencia. Hay una frontera nueva que divide al mundo entre los que producen IA y los que la consumen. Los que la regulan y los que la reciben regulada. Los que deciden quién piensa con qué herramienta y los que se enteran después.

Anthropic dice que está trabajando para restaurar el acceso. Dice que cree que es un malentendido. Pero el precedente ya está puesto. Si el gobierno de Estados Unidos puede apagar un modelo de IA para todo el planeta con una carta de una carilla, puede hacerlo de nuevo. Con cualquier empresa. Con cualquier modelo. En cualquier momento. Y la próxima vez, la razón puede ser otra guerra, otro jailbreak, u otro desacuerdo entre una empresa y el Pentágono.

Para los que vivimos en el Sur Global y trabajamos con IA todos los días, la lección del viernes es incómoda pero clara. Dependemos de infraestructura que no controlamos, de decisiones que no tomamos, de permisos que pueden revocarse mientras dormimos. Y si no empezamos a tener una conversación seria sobre soberanía tecnológica en la región, la aduana cognitiva va a seguir funcionando en un solo sentido. De Norte a Sur. Con la llave del lado de ellos.

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