La honestidad no admite grises. No es una virtud para agitar en campaña electoral ni un recurso retórico para marcar diferencias. Cuando se asume como valor identitario, exige coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Esa coherencia se quiebra cuando dirigentes que se presentan como ejemplo moral terminan envueltos en conductas que contradicen su propio discurso.
El caso del presidente de ASSE, Álvaro Danza, es elocuente. Según reveló la prensa, marcaba asistencia en el Hospital Pasteur mientras participaba en actos públicos de ASSE y percibía el salario correspondiente en ambos lugares. A ello se suma su doble vínculo laboral, como funcionario público y como profesional dependiente de instituciones privadas que contratan con el organismo. La Constitución es clara al respecto y no se trata de un tecnicismo legal sino de una frontera ética que debería respetarse sin atajos.
Tampoco resulta menor lo ocurrido con la secretaria de Derechos Humanos de Presidencia, Collette Spinetti. Los cuestionamientos sobre viáticos excesivos, contrataciones cercanas y despidos con trasfondo partidario revelan un uso flexible del poder. Cuando lo institucional se confunde con lo político, el daño es siempre mayor. La función pública no puede convertirse en un ámbito de lealtades personales ni en refugio de conveniencias partidarias.
En el mismo plano se ubica la vicepresidenta del Puerto, Alejandra Koch, quien promovió y votó aumentos salariales que beneficiaron también a su cónyuge. Aunque se invoque el cumplimiento de las normas, el problema no es jurídico sino ético. La legalidad no reemplaza la ejemplaridad.
Más allá de las defensas circunstanciales, los tres episodios dejan al descubierto un patrón inquietante en el Gobierno del Frente Amplio. Hay una tendencia a relativizar los valores cuando se trata de los propios. Lo más grave no siempre es el hecho sino la reacción posterior. El silencio, la justificación o la minimización envían un mensaje devastador. La vara moral parece ajustarse al color político de quien está involucrado.
La ciudadanía puede aceptar el error humano pero no tolera la hipocresía. Cada excusa interesada erosiona un poco más el vínculo de confianza entre la política y la sociedad. El descrédito no nace de los tropiezos sino de la falta de coraje para asumirlos y corregirlos.
Si la honestidad es realmente una bandera, debe sostenerse incluso cuando incomoda. De lo contrario, se transforma en un adorno vacío, una palabra que se repite porque suena bien. La verdadera honestidad no se proclama ni se presume. Se ejerce, sobre todo, cuando afecta a los propios.