Los hallazgos de la neurociencia, cada vez más presentes en nuestras vidas, nos recuerdan que en todas las edades siempre se puede aprender, y retroalimentar el cerebro para seguir generando y compartiendo. No hay barreras etarias para continuar contribuyendo al bienestar y desarrollo de la sociedad. Más aún, la inteligencia colectiva se puede sostener y evaluar en función de la apertura a diálogos que cruzan y comprometen a diferentes generaciones en torno a imaginarios y objetivos compartidos.
Edgar Morin, con sus 104 años recientemente cumplidos, no deja de pensar y producir, y crucialmente de compartir sus agudas y esclarecedoras miradas al mundo desde un férreo compromiso con el conocimiento y las ideas que nos incitan a entender la intrínseca y saludable complejidad de los temas. Su indeclinable afán por conectar con sentido los conocimientos de las ciencias experimentales y sociales, las humanidades, la ética, el arte, la literatura y el cine, entre otras sensibilidades, nos hace ver el mundo desde el compromiso social auténtico, desde la comprensión profunda de todo lo que es humano, y en vinculación con la naturaleza, y desde ocuparse de forjar un porvenir venturoso, democrático, justo y de encuentro entre los diferentes.
Su último libro “Y a-t-il des leçons de l’Histoire?”, publicado por la editorial Denoel en Francia en el 2025, constituye una pieza reflexiva sobre 16 lecciones de historia que dan cuenta, tal cual se asevera en la nota biográfica de Morin incluida en el libro, de su mirada atenta, perspicaz, frecuentemente prendida de alfileres y siempre humanista. Como bien dice la editorial Denoel, Morin es un pensador de civilizaciones que esclarece el pasado y nos ayuda a construir el porvenir.
Morin abriga una mirada historicista que busca establecer los denominadores comunes de tendencias e ideas que se dan en diferentes períodos de la historia. Su perspectiva de más de su siglo refleja un espíritu encomiable de vencer adversidades, resistir las barbaries, romper con las ortodoxias e ideologías cerradas, y mirar y actuar más allá de lo políticamente correcto, calculable y efímero.
Su perspectiva de la historia que nos comparte, ya desprendida de la profusa documentación requerida para fundamentar sus posiciones, selecciona hitos y acontecimientos históricos que entiende como esenciales para echar luz a los comportamientos de las personas y de las sociedades a lo largo del tiempo. Como señala el sociólogo, Jean-François Dortier, en la prestigiosa revista interdisciplinar francesa Sciences Humaines (número 380, julio-agosto del 2025), Morin ha atravesado diferentes sacudidas en la historia, incluyendo su condición de resistente en la segunda guerra mundial. Su reflexión se nutre de la peculiar combinación de su experiencia y de sus lecturas, y de su condición de auto didacta que él reivindica, ante todo.
Las 16 lecciones de historia que Morin esboza contribuyen a informar una visión de las sociedades y de las personas, que se nutre, como él mismo arguye, de la estrecha combinación antropológica de la razón y de la locura, de la técnica y del mito, que subyace a las diversas caras de la humanidad y a los diferentes comportamientos humanos. Siempre sobresale en Morin su búsqueda sabia e insaciable de integrar las piezas de los conocimientos para que justamente se entiendan las contradicciones, y las idas y vueltas, de los humanos y sus avatares en la vida. No se depuran los acontecimientos de sus irracionalidades para transformarlos en sagrados e intocables, o en instrumentos de adoctrinamiento y de aplacamiento del pensamiento autónomo.
Identificamos seis posibles hilos que emanan de la visión global de la historia esbozada por Morin que nos ayudarían a posicionarnos mejor como protagonistas del presente con miradas hacia los futuros.
Un primer hilo surgiría precisamente de reconocer que el resultado obtenido puede tener un efecto contrario al perseguido, dado que la ecología de la acción depende de las retroalimentaciones evolventes entre las acciones anheladas, el contexto y el ambiente en que se desarrolla. Se trata de hurgar en las retroacciones que se producen.
La distancia entre lo perseguido y logrado tiene que ver con que la historia no es siempre el decurso de lo que espera como probable, sino que muchas veces lo improbable puede emerger y hacer florecer civilizaciones y culturas que marcaron el desarrollo de la humanidad por siglos. Los grandes acontecimientos históricos se caracterizan por su ambivalencia y su impredecibilidad, y más aún, lo que es visto como destructivo y bárbaro puede ser el germen de una nueva civilización.
Un segundo hilo tendría que ver con ampliar la mirada de la historia que no implique solo adentrar en la racionalidad de los procesos históricos, y el conjunto de determinantes culturales, sociales y económicos asociados a los mismos, sino también en la irracionalidad de dichos procesos, y en el papel desempeñado por los grandes personajes que no sólo marcan su tiempo sino también el futuro en perspectiva de larga duración. En efecto, un solo individuo puede cambiar el curso de la historia mundial ya sea, por ejemplo, que se trate de héroes vinculados a la guerra y las revoluciones, o de santos que se manifiestan a través de acciones compasivas hacia los desposeídos y sufrientes.
Asimismo, la comprensión de la historia implica entender la multiplicidad de factores, en estado enredado y no puro, que informan los acontecimientos históricos, lejos de ser encasillables en explicaciones unívocas y en tendencias lineales. Existe la tentación y quizás comodidad, de racionalizar los acontecimientos ex post facto dejando de lado el componente de irracionalidad que puede subyacer a los mismos. Muchas veces lo que se entiende como racionalidad de la historia es racionalización a posteriori.
Un tercer hilo tendría que ver con jerarquizar la influencia de las creencias y la fe en la historia de los pueblos. En tal sentido, las religiones como actores protagonistas de la historia constatable en todas las sociedades interpelan visiones reducionistas del ser, sentir y obrar de personas y comunidades. El análisis comparado de las religiones nos permite ver hasta qué punto los imaginarios y los mitos pueden capitanear y hasta controlar la historia de los pueblos. La historia nos recuerda que los pueblos pueden cambiar su estatus de víctimas a victimarios, o del entusiasmo y la sujeción a sus líderes a la revuelta y belicosidad frente a los mismos.
Un cuarto hilo versaría sobre resignificar los productos del espíritu humano, ya sean vinculadas a las religiones, mitos, ideologías o ideas, que forman parte de la realidad humana y orientan el espíritu de las personas. En particular, las ideas pueden ser tan relevantes como los dioses, y en efecto, guiar transformaciones y actos históricos de envergadura. En gran medida es cuestión de valorizar la materialidad e incidencia de las ideas en la historia de los pueblos.
Un quinto hilo tendría que ver con cuestionar el progreso material que no se sustente y acompañe de progreso moral. El desacople entre la técnica y la moral lleva a usos amorales de técnicas – por ejemplo, en las guerras – que conllevan a la destrucción de las personas y de los pueblos.
Asimismo, la multiplicidad de conocimientos fragmentados por áreas del saber que, si bien dan cuenta de progresos materiales, no contribuyen a abordar las cuestiones fundamentales humanas. Paradojalmente el conocimiento puede devenir un factor obstaculizador en cuanto a abrigar una visión de conjunto sobre temas que hacen a la supervivencia, desarrollos y futuros de la especie humana.
Un sexto hilo tendría que ver con la condición misma del historiador o más genéricamente de todo pensador, en el sentido que la capacidad de observar requiere auto examinarse y auto situarse en su contexto de referencia. La toma de conciencia de uno mismo como ser histórico, sustentada en una mirada introspectiva, es condición sine qua non para que la observación tenga sentido y validez.
Morin menciona unas palabras de Víctor Hugo de la novela Los Miserables: “teniendo en cuenta que la verdadera historia se mete en todo, el verdadero historiador se mete en todo”. Nada le es ajeno e indiferente por más contrario que pueda ser a sus intereses e ideas.
En síntesis, Morin termina su pieza señalando que la humanidad ha sido y será siempre en lo que llegará a ser. Nada está predeterminado o es consecuencia inexorable de nuestro pasado y presente, o solo producto de las circunstancias en que estamos inmersos y que “eligen” por uno. Las personas y los pueblos hacen su propia historia bajo situaciones que les son impuestas y que a la vez forjan, y en esa dialéctica evolvente e impredecible entre los legados y lo que se crea, se reflejan las diferentes facetas de la naturaleza humana, desde las más sublimes a las más bárbaras. Así entendida, la historia puede ser un gran aliado en forjar un mejor porvenir ante un mundo que clama por brújulas.